viernes, 31 de diciembre de 2021

Cinco minutos antes de la cuenta atrás

Se le ha puesto 'caravinagre' al 2021 cuando nos disponíamos a decirle adiós. Durante unos meses nos mostró un rostro casi amable y hasta hace nada  nos invitaba a disfrutar de la Navidad como si tal cosa. Pero el año en curso se salió de la ruta que teníamos marcada y cogió esta otra variante que nos lleva de vuelta al territorio de la zozobra y la incertidumbre que impuso la pandemia hace ya demasiado tiempo.
Estábamos con una idea aproximada de lo que íbamos a escribir en el balance anual propio de las fechas cuando se nos ha desparramado un goterón de tinta en medio del folio. Y es que ocurre lo que ocurre cuando el nivel de hartazgo acumulado nos pone más cuesta arriba la tarea de reinventar nuevas fórmulas motivadoras. 
Pero no, pensándolo bien, después de tanto nadar y ahora que estamos tan cerca de la orilla, tampoco vamos a dejarnos arrastrar por esta ola de pesimismo y mal rollo que se nos ha venido encima. Me niego. Al fin y al cabo, ahora que estamos llegando a esos cinco minutos previos en la cuenta atrás, prefiero quedarme con ese puñado de momentos, de acontecimientos y decisiones que nos permiten llegar a las uvas con una sonrisa y con ganas de alzar la copa para brindar. Por lo que viene y por lo vivido, que no es poco. Ponemos el punto y aparte con ganas de seguir la historia porque este capítulo ha sido interesante, entretenido e incluso ha conseguido sorprendernos en ocasiones. 
No podemos ni debemos abstraernos de este contexto gris oscuro en el que toca hacer balance, pero precisamente esa circunstancia aún le pone más brillo y color a ese puñado de vivencias que le dan sentido al recorrido por este 2021. Hemos superado la prueba esencial, la de llegar hasta aquí, que no es poca cosa. Pero además no lo hemos hecho de cualquier manera ni a cualquier precio. Hemos aplicado algunas de las enseñanzas que nos ha traído esta pandemia, sobre todo la de ventilar, abrir las ventanas y dejar que se airee la casa y la mente. Y también nos hemos aplicado en esa tarea de detenernos un instante en las cosas pequeñas, para tratar de vivir hoy, 'por si mañana'..
Me rebelo contra la melancolía reinante. Me quedo con los puentes cruzados, con los ríos surcados, los atardeceres frente al mar o entre los olivos. Me quedo con el reencuentro inesperado, con el paisaje de girasoles, con la escalada al cerro de la Cruz, con el sonido del agua en el patio de los Leones, con esa llamada de cada noche que nos recuerda que ellos siguen ahí. 
Me quedo con la libertad tutelada de los que se van en busca de su propio destino. Me quedo con la amistad que resiste con firmeza cuando los envites son más fuertes. Me quedo con lo sueños, las ilusiones, los proyectos y los armarios compartidos. Me quedo con el compromiso, con esta serenidad apasionada, con este alboroto controlado, con estas ganas de hacer camino y descubrir nuevas rutas y nuevos retos. Podría decir que de este 2021 me quedo, por encima de todo, con el amor, pero tal vez si lo hago me deje arrastrar por ese lado 'moñas' que a veces me asalta y no siempre acierto a controlar. 
A pesar de su nombre y del gesto tan elocuente de su rostro, los pamploneses dicen que 'Caravinagre' es el favorito entre los kilikis (uno de los componentes de la comparsa de gigantes y cabezudos) que recorren las calles durante los sanfermines. Cuando pensemos en este 2021, al menos en mi caso, le valoraremos por ese lado amable y cercano que nos dejó y hasta le evocaremos con una sonrisa. 
En todo caso, a todos los que habéis llegado hasta esta línea os deseo que 2022 sea mucho mejor. Y que no nos falte el amor. 




domingo, 19 de diciembre de 2021

La canción del verano más largo

Al 'tío' Manolillo le hablabas de la catedral de Toledo o la de Burgos y te decía que ninguna Iglesia se  puede comparar a la de San Pedro Palmiches. Me he acordado de él, de mi abuelo, al leer 'El Verano más largo', un libro que ha escrito el mayor de sus biznietos durante ese tiempo de pandemia y abrazos confinados que nunca sospechamos que nos tocaría vivir. 
Tres generaciones después, Alberto exhibe de otra manera el orgullo por su pueblo que antes tuvieron otros. A base de apuntes breves, poemas y futuras canciones se ha hecho un 'selfie' con el cerro de La Cruz y el Guadiela de fondo, un  autorretrato a base de pinceladas y emociones aparentemente ligeras pero que encierran esa grandeza que aquel bisabuelo de los seis dedos le daba a la pequeña iglesia de su pueblo. 
Alberto se montó en el coche con Lene, los gemelos, el carné de padre primerizo y su guitarra y se plantó en ese escenario que había pisado muchas veces pero en el que ahora tenía que interpretar una canción, la de la zozobra, que nunca había estado en el repertorio. Llegó con su banda a ese lugar en el que transcurrieron otros muchos veranos, cuando no había carritos aparcados en la puerta de la Peña, cuando la única pandemia era la resaca de la procesión el día de la Fiesta y no tenía ni idea de lo que costaba una pala de tractor colmada de leña. 
No se entiende 'El verano más largo' sin esos otros veranos, ni se entiende de la misma manera lo que cuenta Alberto sin un contexto que tiene que ver con esas raíces que también son las mías y hacen especialmente emotivo el reencuentro con paisajes, personajes y momentos que me resultan tan 'familiares'. 
A Alberto le ha quedado un libro muy chulo, muy personal, muy suyo. No soy objetivo, ni lo pretendo. Me siento muy identificado con ese afán por fijarse en las cosas sencillas y también con ese impulso por ponerle palabras a las emociones y compartirlo. Y admiro ese valor de alguien que se subió a las tablas siendo casi un crío y que ha hecho de su pasión por la música una forma de vida y, en todo caso, una manera de entenderla. Perseguir un sueño es la primera condición indispensable para llegar a alcanzarlo sin olvidar que en el trayecto hacia ese destino hay muchas cosas que merecen ser vividas y contadas.
Me gusta esa mirada que se detiene en la incertidumbre del momento y en la que resulta inevitable una dosis de amargura y hasta de tristeza, pero en la que subyace por todas partes el amor. 
A alguien que se maneja bien en la pecera de una radio tampoco es extraño que le haya salido, sin pretenderlo, la crónica de un descubrimiento. Es la consecuencia de una nueva manera de observar un entorno conocido pero en el que nunca había reparado de esta forma; las campanas, los higos, el frontón, los corrales con sus puertas, la plaza y, por supuesto, el río. Esa inquietud  nunca antes presente que te lleva a preguntarte por alguien que mucho antes que nosotros pensó que sería una buena idea plantar una gran Cruz en lo más alto del cerro. Porque también me quedo con ese papel que asume con naturalidad, el de quien se sitúa en el papel de eslabón de una cadena que enlaza las generaciones que pasaron y las que vienen. 
Me pregunto cómo será ese legado en el caso de esas dos 'obritas de arte' que escuchan cuentos en alemán y la salve a la Virgen de la Cabeza en brazos del yayo Vicente. Es posible que ellos transmitan esa nueva tradición familiar del rotulador y hasta puede que lleguen a entender que su bisabuelo José, 'el Bigotes', aunque hace ya años que se nos fue, sigue poniéndole unos cartuchos a la escopeta para disparar al cielo cuando la procesión pasa por esos barrios de abajo en los que 'reina' la Paz.
Aunque no está uno muy puesto en lo de las reseñas literarias, me permito recomendar el libro de Alberto. Incluso sin haber pasado unos pocos veranos en San Pedro se puede apreciar la sensibilidad que le pone a lo que cuenta, como hace en ese relato delicioso de una boda -la suya- en la que sobra todo el aderezo, incluido el propio matrimonio, pero que acaba siendo toda una declaración de amor. Una vez habló en una canción de los días que 'se ponen raros' aunque nunca sospechó que hasta este punto. Y sin embargo, en estas circunstancias, es capaz de atrapar esos momentos que nos recuerdan que 'nunca sabe uno cuando puede estar viviendo los días más felices de su vida'. 
Celebro que haya ocurrido en ese pueblo, que es el mío, donde Alberto encontró la paz sobre su vieja bicicleta al recorrer ese solitario trozo del planeta en el que la vida no se detenía cuando el mundo se quedó parado. 




martes, 7 de diciembre de 2021

Este tiempo de otoño

Hubo un tiempo en el que no existía Spotify. Y hubo un 'Tiempo de Otoño' en formato cinta de casette que forma parte de esa banda sonora vital que uno lleva puesta. Bien está reconocerlo ahora que, con los años, vamos desprendiéndonos de complejos de antaño y ya no hay motivos para ponerle sordina a la admiración por un tal José Luis Perales. Aunque uno ya era consciente de ello, quedó plenamente refrendado en uno de esos conciertos con los que anda despidiéndose de los escenarios el de Castejón. Con los años, valoras aún más esa aparente facilidad para ponerle las palabras justas a una melodía, para hacer sencillo lo que en realidad es tan complejo como provocar emociones o evocar un sentimiento con el que alguna vez te has sentido identificado. 
Andamos ahora apurando este otro tiempo de otoño, el de la estación en la que aún nos encontramos, por más que tenga uno la sensación de que tratan de arrebatárnosla por la vía rápida, casi a empujones. Que vas aún con chanclas por el pasillo del super y te topas con un estante de turrones y polvorones; nos ajustamos al horario de invierno antes de echar el cierre al mes de octubre y, cuando queremos darnos cuenta, se iluminan las calles y escaparates. 
No hace tanto tiempo que ese momento, como el de poner el árbol y el belén en casa, estaba reservado para este Puente de la Inmaculada. Y eso ya nos parecía un exceso a los que fuimos niños cuando la Navidad empezaba al compás del soniquete de los niños de San Ildefonso, cuando aún no había un 'calvo' de la lotería ni comprábamos décimos para el sorteo extraordinario del 22 de diciembre en pleno mes de julio. 
Llegados a este punto se diría que no queremos dar ni un respiro a las hojas para que luzcan sus ocres y rojos antes de dejarse caer, como si fuere urgente echar la leña al fuego, como si tuviéramos que quemar etapas a ritmo vertiginoso. Pareciera que no hay tiempo para detenernos un instante a capturar esa estampa otoñal que tiñe los días y los atardeceres de una quietud serena, de una cierta calma que precede a la ´tempestad' invernal. 
Incluso para los que mantenemos intacto el gusto por sumergirnos en el espíritu navideño, nos parece que no es bueno esta manera un tanto atropellada de llegar a la cita. Que empiezas diciembre y andas estresado pensando que ya vas tarde para comprar los regalos, para colocar los adornos y, en definitiva, para ajustar la agenda a tanto evento. Un amigo me dice que ya está preparando las felicitaciones animadas para redes sociales, que también hay que estar a la altura en originalidad, aunque luego muchos vivan de las rentas y los reenvíos. 
Supongo que no viene a cuento dejarse llevar por una cierta nostalgia, pero algo debe haber cuando uno recuerda que aquel 'Tiempo de Otoño' del 79, como otros discos de aquella época, se saboreaban de principio a fin, canción a canción. Algunos de aquellos elepés fueron acontecimientos en la época y hoy son historia de la música. Estoy muy lejos de los que defienden que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero al menos deberíamos reconocer que aquella liturgia del vinilo o el radiocasette tenía cierto encanto y también deparaba una manera más respetuosa de acceder a la obra de arte, de acceder a ella tal como la diseñó su autor; el orden de las canciones en un álbum forma parte también del proceso creativo. Prefiero esta facilidad de ahora para escuchar lo que quieras en cualquier momento, pero a veces no estaría mal saber apearnos de este modo playlist con el que consumimos las canciones, los días y los otoños. 















domingo, 3 de octubre de 2021

Mi bandera

Escribo estas líneas desde la emoción que me provoca haber recibido en la Delegación de Defensa de Toledo, de manos del coronel Vizuete, una bandera de mochila que lleva impreso mi apellido. Aunque tuve la ocasión de decírselo personalmente, proclamo también a través de este blog personal mi sincero agradecimiento y el orgullo por tan inesperada y valiosa distinción. 
Orgullo enorme porque la bandera de España es mi bandera y así la siento desde siempre. Pero me parece un buen momento para proclamarlo, para exhibir ese sentimiento, sin alardes y sin complejos. 
Entiendo mi bandera como un símbolo de unidad, de pertenencia a un grupo y a un territorio. Me siento cerca de los que comparten conmigo el sentimiento de ser español y muy lejos de los que enarbolan mi bandera para dividir, para alentar confrontaciones o, peor aún, para camuflar conductas discriminatorias y xenófobas. Me duelen los ataques a mi bandera, me duele que se use para azuzar la división o el odio y me duele que se retuerza la historia de manera torticera para buscarle el significado que nunca tuvo. 
La bandera de España es mi bandera y eso no me hace mejor ni peor español. Y mucho menos me convierte en mejor o peor persona. No se imponen los sentimientos y, de hecho, estoy mucho más cerca de los que saben respetarla aunque no la sientan como yo que de aquellos que se envuelven en ella con el afán de marcar distancias, de ensanchar diferencias, de establecer categorías entre buenos y malos patriotas.
Siendo para mí un símbolo de unidad, entiendo mi bandera como elemento de cohesión y no me gustan, por tanto, los que se empeñan -desde un lado o desde el otro- en ponerle aderezos ideológicos
Me apetece exhibir mi bandera de mochila con orgullo, sin mayores pretensiones, sin que eso implique que me pongan medallas que no merezco ni etiquetas que tampoco me corresponden.
En todo caso y como es inevitable que cualquiera se lance a juzgar esta reflexión personal, quiero proclamar sin ambages mi admiración por los que están dispuestos a dar su vida por su bandera, que es la mía, los que reclaman que se les cubra con ella si caen en combate. 
Viniendo de ellos esta distinción se entenderá mejor la emoción a la que me refería y el valor que le otorgo. Es posible que algunos entiendan que aunque siempre fue así, hoy me sienta aún más honrado y orgulloso mi bandera, de esta bandera de España, de  mochila y de Espada.

sábado, 25 de septiembre de 2021

YA NO: un soneto para ir tirando

Dos cuartetos y dos tercetos. Versos endecasílabos, rima asonante... Al poeta que nunca fui siempre le cautivó el soneto, más aún cuando te sumerges en los que escribieron ilustres de la talla de Lope, Lorca o Sabina.
Hace un mes y pico dejé en el cajón esto que surgió a la sombra de esa fecha del calendario en la que la acumulación de cumpleaños nos lanza hacia las reflexiones sobre el tiempo vivido y el que está por llegar. 
A veces ocurre, sin que necesariamente haya motivos especiales que lo justifiquen. Cosas de la edad, supongo. Esa edad que te permite ir desbrozando las malas hierbas, que le dan otro valor a los árboles y que poco a poco nos va liberando de complejos y pudores. Incluso para publicar en el blog las frivolidades y/o arrebatos que pudieran surgir. 
Con permiso.


YA  NO

Ya no soy el que fui ni lo pretendo,
ya no seré lo que no puede ser,
ya no quiero entender lo que no entiendo.
ya no tengo un minuto que perder.
 
Ya no escatimo el precio de un buen vino,
ya no me esconderé tras la ventana,
Ya no cambio destino por camino,
ya no dejo lo de hoy para mañana.
 
Ya no aspiro a cargarme de razón,
ya no acepto lecciones de cualquiera,
ya no pongo barrera al corazón.
 
Ya no compito en ninguna carrera,
ya no concibo vida sin pasión,
ya no soy yo si no es a mi manera.

jueves, 16 de septiembre de 2021

20 años de radio y algunos más

20 segundos de radio pueden ser una eternidad. 20 años de radio pueden pasar en un suspiro. Todo es relativo, incluso el tiempo, por más que sea uno de esos valores que podemos medir con absoluta precisión. Tal vez porque una cosa es medirlo y otra muy diferente controlarlo.  
En mi caso, la radio ha ocupado todos los tiempos que recuerdo. Desde la niñez hasta en el momento que escribo esto. Estaba en el desayuno con 'Los Porretas' y en las meriendas con doña Elena Francis. Mi abuelo me enseñó a guardar silencio para escuchar el 'parte' y antes incluso de asumir que nunca sería futbolista ya empuñaba el boli a modo de micro para cantar los goles al estilo de Héctor del Mar. Dormí con García, desperté con Iñaki y cuando no sabía que existía algo llamado zapping ya iba de un lado a otro del dial en busca de los Herrera, los Herrero o el maestro Luis del Olmo, que fue el gran innovador de los programas matinales y que habría inventado la radio en color de no haberse adelantado el tío de Gila
Mucho antes de intuir que un día podría contar yo mismo lo que pasaba en un Parlamento ya había descubierto que el verdadero Estado de la Nación era un espacio en el que los escaños los ocupaban genios de la altura de Tip y Coll, Mingote o Chumy Chumez;  disfruté con la sabiduría aguda de Doña María, con el seny del Señor Casamajor y con aquel vendaval de humor fresco e inteligente que trajeron los Gomaespuma. La radio es humor, información, fútbol, música, compañía y tantas otras cosas que nos conectan al mundo. Hemos caminado a su lado y nos hemos subido al carro de su capacidad de evolución. Ahora le pedimos a Alexa que nos cambie de emisora y asistimos a la revolución del podcast, pero algunos podemos rememorar otra revolución, la de la FM, que ocurrió hace ya un montón de años.
No se entienda el preámbulo como un canto a la nostalgia de los que estuvieron. Los nombres de ahora ocupan su espacio y mantienen vivo el vínculo. Compartí pupitre con un tal Alsina, mi añorado Esteban Pérez me abrió las puertas de Antena 3 en la calle Comercio y el gran Teo Díaz las de Radio Nacional en el Plaza de San Cristóbal. La radio formaba parte de mi vida mucho antes de imaginar que un día sería una forma de vida. Y desde luego ya estaba en la familia hace 20 años cuando no imaginaba que en Radio Castilla-La Mancha (CMM Radio) encontraría un espacio profesional extraordinario pero también una familia. Estamos de aniversario y procede celebrarlo. 
Hay deudas que no se pueden pagar -ni lo pretendo- con unas pocas líneas en el blog, pero también hay ocasiones que merecen una breve reflexión, un tributo sencillo aunque solo sea para dejar constancia de esas emociones que nos asaltan de vez en cuando y que le dan sentido a casi todo lo demás. 
Algo de eso debe haber -prohibido recurrir a la magia- para entender el efecto que me deja el aniversario de Radio Castilla-La Mancha (CMM) que ahora celebramos. 20 años de radio desde la radio. Inevitable rememorar el vértigo y la emoción de aquellos días de mayo de 2001 en los que apenas intuíamos que éramos partícipes de un acontecimiento histórico. 
Cuatro lustros después sabemos que, en efecto, la radio pública tenía mucho que decir, muchas cosas que contar, que tenía y tiene mucho que aportar. No seré yo el que aproveche el contexto olímpico para otorgar medallas y mucho menos para subirme a un podio que no me pertenece, pero es de justicia proclamar que una parte de lo que es esta Región lo es también por su Radio. Lo es -al menos en parte- porque esta Radio ha contado todos esos episodios de la historia regional que se iba construyendo desde la cercanía, desde el sentimiento de apego a las raíces y a sus gentes. No solo para que las conocieran sino para que las percibieran como propias. 
Pero como este es un blog personal no me resisto a dejarme llevar por esa otra dimensión que esta Radio ha tenido y tiene para este sempiterno aspirante a periodista. Haber hecho de todo en la Radio me lleva a pensar que -con aciertos y errores- seguramente algunas de esas cosas estuvieron bien hechas. Y en todo caso me queda el regusto de lo cotidiano, que en el caso de la radio nunca lo es, de la cita diaria con alguien que siempre está al otro lado.
Pero como no quiero apartarme de ese lado personal, debo aprovechar la ocasión para decir que en estos 20 años algo aprendí de todos los profesionales con los que he coincidido. Si, de todos, sin excepción; incluidos los que me ayudaron a entender lo que no quiero para la Radio. Pero las lecciones más valiosas han sido, sin duda, las que cada día me aportan los que nunca espiran a dar lecciones pero son un ejemplo en la manera de entender y practicar su profesión. Lecciones de radio y vida de los que no precisan ser citados para darse por aludidos por lo que digo.
Alguien me preguntó estos días con qué me quedaba de todo lo contado en estos 20 años. Y entre tantos informativos editados, crónicas, programas especiales, entrevistas y tantas horas de antena, posiblemente el momento más gratificante ocurrió un día cualquiera y a una hora cualquiera cuando en pleno boletín tuve la ocasión de contar una noticia de última hora. Eso es la radio, el momento, justo ese momento en el que tienes la oportunidad de contar algo que está ocurriendo.
20 años no es nada si la canta Gardel, pero no se puede 'volver' al lugar del que nunca te has ido.

viernes, 20 de agosto de 2021

LV: La Vida bajo el influjo del 5

Los del 66 andamos cumpliendo 55 y la cifra me parece una buena excusa para agarrarme a la tradición que me trae por el blog en estas fechas, básicamente con la intención de celebrar que seguimos sumando. Imagino que siempre hay un motivo, o unos cuantos, para tener un número favorito. El fútbol, como en tantas otras cosas, ha tenido una notable influencia en mi elección. Aunque primero sin pretenderlo, porque con el 5 a la espalda jugábamos los centrales de la época. La posición en el campo iba ligada al dorsal con el que saltabas al campo y, por supuesto, del 1 al 11. El 4 era para el ´libre', el 2 era lateral derecho, el 3 lateral izquierdo... El central marcaba al delantero centro, que siempre era el 9, los extremos iban con el 7 y el 11.... En fin, creo que los que vivimos desde dentro aquel fútbol de la regional madrileña de los 80, hemos conservado un cierto respeto por esa disciplina no escrita pero mayoritariamente asumida ligada a los números. 
Eran otros tiempos y otro fútbol. Los centrales no tenían que sacar el balón jugado sino mandarlo lo más lejos posible del área propia. El fútbol del que hablo no admitía demasiadas florituras y desde luego no se esperaban de los centrales, tipos tan duros como los Mikasa con los que se jugaba en los campos de tierra del Cotorruelo, del García de la Mata, Tajamar o El Pozo. Tipos rocosos llamados a hacer el trabajo sucio, dispuestos siempre al cuerpo a cuerpo, capaces de hacerse respetar y hasta de intimidar si llegaba el caso. Los centrales de los que hablo eran esos jugadores que tenían interiorizada una premisa básica: si pasa el balón no pasa el delantero. Pero quiero pensar que aquellos centrales que fuimos compartimos también una idea de sacrificio en favor del beneficio colectivo, del triunfo del equipo por encima del lucimiento personal. Aunque en el fondo todos soñábamos con ese instante de gloria que pocas veces correspondía al central; a todos nos habría gustado hacer el gol de Maceda en la Euro del 84 o el de Pujol en el Mundial de Sudáfrica. Por no citar -que no quiere uno herir sensibilidades- el de Sergio Ramos en el minuto 93 de Lisboa.
Es verdad que luego aparecieron centrales como Sanchís e incorporaron otros matices a la tarea, aunque tuvieron que pasar unos cuantos años para que un tal Zidane le diera una dimensión galáctica a ese dorsal. Y luego está el 5 argentino, que fue Redondo y que ahora es Busquets. Pero me refiero al otro, al genuino, al 5 de Goyo Benito. GoikoArteche o Super López.
El 5 nos eligió porque era el número que le tocaba al central, pero su influjo permaneció. Hace ya unos cuantos años -cuando aún teníamos edad para jugar en la Liga de Veteranos de Fútbol Sala- fue el elegido -sin dudarlo- para defender los colores del mejor equipo en el que uno podría haber soñado jugar, el de Radio Castilla-La Mancha. Un equipazo. 
No debería contarlo y sin embargo -que dijo el maestro Sabina- la otra circunstancia que me unió afectivamente al 5 fueron las notas, el expediente académico, . El 5 es el número que delimita la frontera entre el suspenso y el aprobado. Al igual que en el fútbol, en el terreno de juego de las aulas, el estudiante que fui tampoco daba para muchas florituras y el 5 (incluido el raspado) marcaba la diferencia entre el fracaso y el alivio, entre el verano de vacaciones o el verano de sacrificio. 
A estas alturas supongo que ya se pueden hacer ciertas confesiones, incluida esta que no deja precisamente en buen lugar el afán de superación o cualquier cualidad que pudiera acercarme a la excelencia estudiantil. Festejar el 5 en un examen no es precisamente una actitud ejemplar, pero de alguna manera te permite disfrutar mucho más cualquier nota que esté por encima del aprobado. Llevado a otro terreno, estaríamos en la eterna pugna entre el conformismo y la ambición; difíciles de medir e imposible administrar en su justa medida.
En fin, que lo dicho no es más que un adorno, un envoltorio que no le da más ni menos valor a lo que realmente importa, que seguimos cumpliendo y los 55 (LV) nos traerán, como cualquier otra edad, caricias y arañazos. Tampoco para esta etapa tenemos libro de instrucciones que nos garantice un buen manejo de este maravilloso regalo que es la vida (LV) entre otras cosas porque ya nos ha demostrado con creces su capacidad para sorprendernos, para escribir un giro inesperado en el guion y colocarnos en otro escenario. 
A estas alturas ya sabemos que no se ganan los partidos si nos dedicamos únicamente a dar patadas, pero que hay que saber defender el resultado para no perderlos. Y que en el amor no podemos conformarnos con el aprobado, hay que echar el resto para alcanzar el sobresaliente.
En todo caso, si para algo nos vale esta notable cantidad de experiencia acumulada es para saber que tenemos que aplicarnos en la tarea de sacarle todo el partido que podamos al tiempo que estemos por aquí.  El reto es vivir o, por lo menos, intentarlo. En ello estamos.