viernes, 2 de enero de 2026

AP-26

En las últimas semanas he conseguido cierta regularidad en mi paso por el gimnasio, aunque no tengo claro si me estoy anticipando con los propósitos del nuevo año o tratando de compensar mi notable incumplimiento durante este 2025 que se nos va. 

Sirve el ejemplo para ilustrar el estado de confusión general con el que afronto este territorio temporal que discurre entre los balances, las reflexiones sobre el ser y el estar, los anhelos para lo que llega y otras cuitas que trato de gestionar con más voluntad que acierto. Tampoco será sencillo darle cierta coherencia a este relato breve porque no tengo nada claro el tono adecuado. Por exceso o por defecto, será imposible -espero que no improcedente- describir las sensaciones y emociones que se agolpan esta vez en ese tránsito que siempre fue especial entre el año que se viene y el que dejamos atrás. 
Digamos que hay una especie de ansiedad incontrolable por pasar la página del 2025, aún sabiendo que una parte importante de lo que soy se queda para siempre en ella. Quedan las lágrimas entre los escombros, pero también los cimientos firmes de su obra, de su legado, tan presente en el encuentro familiar de este primero de enero. Sobre ellos trataré de asentar algunos de los retos de este año que arranca. 
Ni pretendo ni puedo negarle el espacio que le corresponde a la tristeza que sobreviene por momentos, inevitable y hasta necesaria para poner las cosas en contexto y valorar aún más el contraste con tantas vivencias y tantos momentos hermosos que también ha dejado a su paso el 2025. 
En este vaivén anda uno, masticando despedidas y acumulando abrazos sanadores. Bajando despacio por la calle Melancolía, a punto de coger la salida para meterme en la AP-26 con tiempo despejado, trafico fluido, la baliza homologada en la guantera y, lo más importante, con la mejor compañía que uno podría imaginar para compartir el viaje. Allá vamos.