miércoles, 10 de abril de 2019

Un final para la historia

Se acaba Juego de Tronos y andan alterados sus incondicionales. Se debaten entre el entusiasmo por la nueva entrega y el desasosiego porque se trata -dicen- de la última. Deambulan por ese terreno que separa la expectación por conocer el desenlace de la serie y la sensación de vacío que ven venir cuando todo acabe, cuando ya no haya espacio para esperar lo que vendrá después. Algo así como eso que sucede cuando al punto final de los finales -que dijo Sabina- no le siguen dos puntos suspensivos.
Pero temen además los más fervientes juegotronistas que el final no podrá estar a la altura de la historia. Y seguramente tienen razón. Los finales son siempre -digamos que casi siempre- tarea complicada. Terreno abonado para decepciones, lamentos y fracasos.
No diría que misión imposible, pero acertar en tiempo y forma con el final puede convertirse en un ejercicio más que complicado de funambulismo existencial. Muchas veces, y por los motivos más dispares, los finales -incluidos los de ficción- no encajan con la historia que les precede.
En el caso que nos ocupa es muy posible que estemos ante uno de esos finales que difícilmente podrán estropear la historia hasta aquí contada. Pero esta es más bien una excepción.
Hay historias a las que no salva el más feliz de los finales.
Hay finales a los que no salva la más feliz de las historias.
Hay finales que siempre llegan muy tarde porque la historia nunca debió empezar.
Hay finales que llegan muy pronto porque la historia merece empezar cada día.
Hay finales que se repiten una y otra vez en la misma historia. Son historias con las que no hay final capaz de terminar.
Hay historias que empiezan por el final y otras que solo merecen la pena por su final.
Hay finales que merecen la pena.
Hay finales para la historia y finales sin historia. Y podríamos decir que no hay historia sin final, pero el proces y las campañas electorales desmienten esta teoría.
Luego está el final de Juego de Tronos, que no quiero desvelar ahora porque Víctor no me perdonaría el 'spoiler'. Eso sí, un día de estos pienso compartir el final perfecto que se me acaba de ocurrir para el cuento de nunca acabar.


domingo, 10 de marzo de 2019

Menteplanistas

Todo es mentira y no hacia falta que viniera Risto a demostrarlo en la tele. Todo falso, salvo alguna cosa, que diría el famoso registrador de frases memorables. Todo es mentira o lo fue alguna vez o debería serlo en el futuro. Es mentira lo que nos cuentan, lo que no dicen, lo que contamos, lo que nunca diremos...
Habrá que asumirlo así aunque no sea cierto para afrontar con cierta naturalidad la realidad que nos rodea, para tratar de descifrar los mensajes que llegan y se van o los que llegan para quedarse. Habrá que colocarse en esa atalaya para intentar que resulte un poco menos inquietante lo que desde aquí se atisba, lo que podría estar ocurriendo allende las redes, en montañas remotas, en desiertos lejanos o a la vuelta de la esquina.
Imagen: El País
Todo es mentira, incluso que la tierra sea redonda como se empeñan en hacernos creer desde hace siglos. Los terraplanistas lo están demostrando científicamente y su teoría  (El País, 2 de marzo) gana adeptos impulsados desde YouTube.
Todo es mentira, aunque ese es también un detalle menor frente al fin último de una fórmula que, como vemos, funciona.
En los nuevos tiempos para la propaganda y la agitación de las masas podríamos estar llegando a una fase en la que ya no es tan necesario 'barnizar' la mentira para darle una apariencia real. Es más, si pones por delante una gran falacia tampoco hace falta ser exquisito ni sofisticado en los argumentos para demostrar que tal cosa es así. El estandarte más estrafalario podría llegar a ser también el motor más potente para un adoctrinamiento eficaz.
Seguro que se nos ocurren algunos ejemplos, y no menos descabellados que el terraplanismo, aunque sus efectos son mucho más nocivos, perversos y peligrosos. El escepticismo radical -sospecho- nos conduce a un mundo en blanco y negro, sin grises ni matices, en el que la moderación es sinónimo de debilidad o, peor aún, de mediocridad.
Mucho me temo que la cuestión va más allá de excéntricas teorías. Que la tierra sea plana es un problema menor comparado con el que provocan las mentes planas. Un día de estos montamos un canal de YouTube para promover y ensalzar el papel de los menteplanistas. El éxito del movimiento parece asegurado a la vista de la facilidad con la que convertimos los muros en paredones o esa destreza creciente en el empleo de la munición que otorgan los 140 caracteres para ejecutar a todo aquel que se cruce en el camino.
Los menteplanistas tienen mucho terreno ganado, aunque seguramente no son conscientes de ello. Y ese es también uno de sus mejores avales, una de sus bazas para seguir creciendo. Un ejército silente o estruendoso, según convenga, que conquista territorios en los que otrora todavía cabía la menor duda.
La mente plana provoca un efecto rebote que no distingue entre la cordura y la sinrazón, en el que todo mensaje es susceptible de convertirse en un reflejo distorsionado de su significado real. Mejor será ponernos detrás de ese escudo para aceptar y asumir, por norma, que todo es mentira.
Aunque ni siquiera eso sea cierto. Es más, que Todo es mentira también es mentira pero la verdad tampoco importa mucho.




lunes, 21 de enero de 2019

Por las ramas

Avanza enero. Transitamos por ese territorio que discurre entre los polvorones y la dieta de la alcachofa y empieza a empinarse la cuesta por la que pensábamos adentrarnos para cumplir con ese catálogo de buenos propósitos anuales que nos planteamos con las uvas y que ni siquiera hemos terminado de confeccionar.
De hecho, deberíamos empezar por distinguir entre propósitos y desafíos para añadir un plus de competitividad -aunque sea con uno mismo- a esas cuestiones que terminan por hacer importantes las cosas que realmente importan.
Estaría bien empezar por distinguir unas y otras y, a ser posible, por separar las urgentes de las trascendentes. Pero a día de hoy y dejando de lado asuntos tan poco poéticos como el gimnasio, los idiomas o el tabaco, podemos ir esbozando un primer listado de tareas -provisional por supuesto- para ponernos a la faena.

-Este año, por ejemplo, deberíamos dedicarle un minuto más a ese amigo para el que nunca tenemos un minuto.
-Tendríamos que ahuyentar los fantasmas del futuro ahora que ya sabemos convivir con los del pasado.
-Conocida nuestra natural tendencia a tropezar en la misma piedra y acreditada la capacidad para levantarnos cada vez que sucede, no estaría demás estudiar el modo de aprender a caer con estilo.
-Deberíamos insistir en esta extraña inercia que nos lleva a plantar árboles en otros jardines, cobijarnos bajo su sombra y trepar a sus copas de vez en cuando para andar un ratito por las ramas.
-Envidaremos a chica, pasaremos a pares y, si procede, nos jugaremos todo al rojo.
-Levaremos anclas, soltaremos amarras y saldremos a navegar a mar abierto con rumbo firme y destino incierto.
-Nos dejaremos seducir por los cantos de sirena, cuidaremos del amor que nos espera en cada puerto y naufragaremos únicamente en defensa propia.
-Y si aún nos queda algo de tiempo, volveremos a retar al mar y escribiremos en la arena las palabras mágicas, esas que siempre resistieron el embate de las olas.
-Este año, si nos lo proponemos, vamos a poner las íes bajo los puntos. 
-Y en algún momento decidiremos si debemos incorporar al listado de tareas, propósitos o desafíos la búsqueda de una fórmula con la que combatir la inactividad bloguera; aunque posiblemente lo más sensato sea seguir acumulando ausencias y proyectos inacabados en la carpeta 'borrador'. Al fin y al cabo, salvo excepciones, el silencio es el ruido menos molesto.




viernes, 12 de octubre de 2018

De los otoños y las hojas

Pasamos demasiado tiempo buscando respuestas a preguntas que nunca deberíamos hacernos. Sobre todo porque corremos el riesgo de descubrir las respuestas correctas que, como sabemos, no siempre son las más convenientes.
La teoría no es mía y puede no venir a cuento, pero me acordé de ella mientras me preguntaba qué quedará del amor que un día dejó su huella grabada a punta de navaja en la corteza de uno de esos árboles que, de un tiempo a esta parte y sin motivo aparente, han ido creciendo a los lados del camino.
Seguramente los árboles estaban ahí desde hace tiempo y simplemente no reparaba en ellos. No está claro que sea su influjo el que provoca una sensibilidad otoñal especial. Ni que sea ese el motivo por el que algunas veces, sin necesidad de detenernos en la estación, nos llevemos el otoño puesto en la piel, aunque nos empeñemos en ocultarlo bajo el traje gris.
Por lo que sea -que no es la cuestión esencial- hay épocas del año, o de la vida, en las que las hojas se nos desprenden entre los dedos y en ellas las notas que fuimos tomando con esos momentos y vivencias aparentemente menores que no queremos olvidar, de esas que terminan por hacer importantes las cosas importantes.
Pero por alguna razón -que tampoco viene al caso- tras el otoñamiento de esos días llegará el momento en el que volveremos a andar por las ramas para ponerle pinceladas verdes a nuestros árboles. Sin que necesariamente podamos achacarlo al efecto primaveral, tomaremos apuntes de nuevo por si mañana, en un momento imperdonable de debilidad, caemos en la tentación de ponernos manos a la obra con el libro de memorias que nunca deberíamos escribir.

martes, 14 de agosto de 2018

LII.... A estas alturas

Por razones de la edad a la que me refería en la entrada original me he cargado el texto y, por tanto, las reflexiones provocadas por ese segundo 'palito' que le acabo de colocar a la 'ele' mayúscula. Supongo que esto también tiene que ver con los efectos de esta etapa vital que un amigo define como la 'edad consolidada'. Aunque a falta de otras excusas o argumentos razonables para asomarme a esta ventana voy a tratar de recuperar al menos la esencia de estas reflexiones que hacíamos coincidir por tercera vez con esta sana costumbre de ir cumpliendo años. Era más o menos esto:
Decíamos ayer que, a estas alturas del partido corremos el riesgo de dejarnos llevar por la idea de que el empate podría no ser un mal resultado. El campo no está para florituras y el equipo tampoco anda para muchos trotes después de tener que reponerse a los errores de la pizarra y de la alineación, pero aún tenemos un par de cambios y una pizca de ambición para tratar de culminar la remontada.
A estas alturas de la película parece pronto -sería lo deseable- para pararnos a pensar si esta historia tendrá final feliz. Lo que esperamos del guión es que nos exija al menos un par de escenas de cama más.
A estas alturas del curso sabemos que incluso las lecciones que mejor aprendimos merecen un repaso de vez en cuando. Asumimos que hay asignaturas que volveremos a dejar para septiembre y de vez en cuando la nostalgia nos recuerda que una vez el amor vino a sentarse al pupitre de al lado.
A estas alturas del combate tenemos claro lo mucho que cuesta volver a ponerse en pie cuando besas la lona, pero arrojar la toalla ha dejado de ser una opción. Más bien pensamos que el objetivo es mantenernos en pie este asalto y confiar en ese crochet definitivo que alguna vez me permitió ganar por K.O.
A estas alturas de la faena, cuando los pitos del siete apenas se perciben ya desde el ruedo, habrá que echarse la muleta a la izquierda y jugársela al natural para abrir la puerta grande, aunque sabemos que pisando ciertos terrenos también podemos acabar en la enfermería.
A estas alturas del trayecto sabemos que no hemos llegado hasta aquí para quedarnos, aunque no siempre acertamos a entender que el camino es tan importante como el destino. Apenas empezamos a darle el valor que merece al cobijo que encontramos bajo la sombra de los árboles que fuimos sembrando a los lados del sendero. Pero aún nos queda energía para subirnos a las ramas y mirar el horizonte de lo más alto de la copa.
A estas alturas de la travesía hemos aprendido a tomar con firmeza el timón, pero también sabemos dejarnos llevar por el vaivén del oleaje en las noches de tormenta. Navegamos con rumbo fijo hacia un lugar indeterminado, hacia ninguna parte. Y puesto que asumimos que el próximo naufragio será inevitable queremos creer que las mareas nos llevaran a parar en esta ocasión a una isla desierta con vistas al mar.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Volver a escribir

Un día de estos tengo que volver a a escribir. Sin un motivo concreto para hacerlo, ni siquiera por un motivo especial. Escribir sin mayores pretensiones, aunque solo sea por una necesidad vital irreprimible. Escribir sin explicaciones añadidas, aunque sea solo por placer, por capricho o por alguna razón que seguramente no viene a cuento. Escribir sin más, sin un soneto al que agarrarme, sin versos, besos o árboles en los que cobijarme, sin lágrimas que hagan resbalar la tinta por el papel.
Un día de estos, cuando vuelva a escribir, me dejaré llevar sin rumbo fijo ni destino. Sin más ataduras que la gramática elemental y la dosis justa de equilibrio -si la hubiera- para transitar por esa frontera que separa el miedo de la prudencia. Escribir sin otra guía de viaje que no sea la inspiración o, en todo caso, la desesperación.
Volver a escribir. Sin ambiciones ni pasiones. O con ellas. Asumiendo el riesgo de adentrarme en un párrafo en el que podría tropezar con aquella primera carta de amor que nunca llegué a escribir a la chica del pupitre de al lado. Escribir sin necesidad de añadir nada nuevo a lo ya dicho tantas veces. Escribir para contarlo todo, para sacar del armario los fantasmas del pasado y hacerle hueco a los del futuro.
Escribir sin más. Por si mañana recobrase la razón y aún a riesgo de que se deslice entre las líneas un secreto inconfesable o esa canción que tengo prometida. Tengo que volver a escribir aunque solo sea para pedir perdón por todos los pecados, salvo por los que cometí por amor. Escribir porque si. Aunque solo sea para decirle cuatro cosas (cuatro nada más) al lucero del alba. Aunque solo sea para dictar testamento. Aunque solo sea por evitar que alguien (o yo mismo) pudiera caer en la tentación de interpretar todo lo que quiero decir con mis silencios.
Debería volver a escribir ahora que todavía me esperan unos pocos renglones en blanco, ahora que aún puedo llegar a un punto y aparte en el que detenerme antes de seguir con el resto de una historia que a nadie le interesa.
Tendría que escribir algo ahora que aún estoy a tiempo de volver a llegar tarde.  Escribir para acallar al poeta que nunca he llevado conmigo.
Un día de estos tengo que volver a escribir, aunque solo sea para no olvidar lo que se siente al escribir.



domingo, 18 de febrero de 2018

Amor (del bueno)

Venía escrito así, entre paréntesis, en uno de esos mensajes que mandamos y recibimos, con más o menos tino, el último día del año. Estos días he acudido a la fuente tratando de resolver la dudas razonables que suscita el concepto en cuestión, pero tampoco en el origen del mensaje he podido encontrar una definición precisa que nos permita acreditar si el deseo expresado se ha hecho realidad o tenemos que seguir a la espera.
En el fondo, supongo, que es solo una excusa para adentrarme de nuevo en un territorio en el que resulta sencillo perderse, por más que sigamos en permanente exploración. En mi caso, es posible que sea el efecto del 14-F lo que me lleve de nuevo por estos caminos. Creo recordar -aunque no sea elegante citarse a uno mismo- que hace poco más de un año ya me metí en estos jardines tan frondosos y tan frecuentados por San Valentín.

Parece lógico pensar que si alguien nos desea amor (del bueno) es con toda la intención de distinguirlo de otro, digamos que un amor (del malo) que no es precisamente deseable para uno mismo ni para esas personas de las que nos acordamos cuando está a punto de empezar un nuevo año.
En contra del criterio de algunos expertos o de románticos empedernidos, deberíamos admitir que el amor (del malo) es tan cierto como el colesterol bueno por más que los términos nos sugieran conceptos contradictorios. Y asumido como cierto el riesgo de caer en manos de ese otro amor, aún tiene más sentido intentar atraer al que de verdad merece la pena, al amor (del bueno).
Seguramente sería más sencillo si pudiéramos identificarlo, pero está por escribir una teoría del todo fiable y, por tanto, nada científica sobre sus características. Aunque también es cierto que esta indefinición conceptual tiene algunas ventajas.
Sin ir más lejos, de esta manera podemos evitar el mal trago de entender que era amor (del bueno) aquel que un día  dejamos escapar. O que el amor (del bueno) lo tenemos al lado pero seguimos haciendo méritos para que haga las maletas en cualquier momento. 
Si se escribiera un Tratado sobre la materia podríamos llegar a descubrir que el amor (del bueno) sigue ahí afuera esperando que le abramos la puerta. O simplemente que el amor (del bueno) era aquello que sentimos por la chica del pupitre de al lado en el Instituto, aunque ni siquiera lográsemos robarle un beso.
Si tuviéramos las cosas claras podríamos llegar a entender que el amor (del bueno) está por llegar a nuestra vida, sin que necesariamente sea uno distinto a los anteriormente descritos.
Parece evidente que son más las dudas que las certezas, aunque uno intuye que al amor (del bueno) y a la inspiración, como a la vida en general, le viene bien un buen vino. Es verdad que en este capítulo hay menos dudas; el vino (del bueno) tiene que ver, entre otras cosas, con el origen y el tipo de la uva, con las cepas y las barricas, con la elaboración o con la añada de la cosecha, pero la condición esencial es acertar con la compañía de la gente con la que lo compartimos.
Pensándolo bien, en el caso del amor (del bueno) esa también debe ser la cuestión esencial para llegar a distinguirlo.