miércoles, 5 de agosto de 2026

Que hizo a San Fermín llorar

A pesar de la distancia, impuesta por el tiempo y las circunstancias, la noticia de la muerte de Paco me produjo una punzada de dolor y tristeza que me llevan a dejar por aquí unas pinceladas para sumarme al homenaje que estos días se extiende por las redes sociales o en reseñas de prensa de Pamplona y Castellón. No me perdonaría dejar de hacerlo teniendo en cuenta que, aunque fueran solo unos pocos años, me encuentro entre los privilegiados que tuvo la oportunidad de conocerle, de contar con su afecto y, de alguna manera, de compartir con él una parte del camino que me ha traído hasta aquí.

Paco Castelló (Tito) era -lo será siempre- mucho más de lo que yo pueda decir en unas pocas líneas, así que vaya por delante que me quedo solo con algunos detalles al vuelo de las cualidades que me impactaron entonces y también ahora al recordarlo. 
Era una rara avis de esas que exprimen la vida en toda su extensión, en todo momento, pero puedo decir -sin riesgo a exagerar- que nunca he conocido a nadie con su vitalidad, porque además lo suyo era sobre todo un ejercicio de generosidad natural y espontánea. Quiero decir que tenía una capacidad única para contagiar su entusiasmo vital y lo hacia con pasión, con muchas pasión de la buena. Rebosaba carisma y un magnetismo irresistible. 
Posiblemente sin pretenderlo y sin darse importancia -como si fuera cosa sencilla- Paco era un tipo capaz de tejer afinidades, disfrutaba ensanchando el círculo, expandiendo esa ilusión suya que no tenía límites. No tengo del todo claro si lo suyo era un exceso permanente o una explosión controlada. Es difícil explicarlo porque, más allá de la sagacidad, del ingenio o la inteligencia, lo que conseguía siempre era generar 'buen rollo' a su alrededor. Y no es poca cosa, ni siquiera en medio de la fiesta de las fiestas, teniendo en cuenta el terreno enfangado por el que transitamos la gente corriente. No es el caso de Paco, que fue sin duda especial, muy especial, tal vez único en nuestra especie. De hecho, lo sorprendente no es que todos quisieran tenerle cerca, sino que efectivamente él estaba con todos. Quiero decir que lo conseguía incluso cuando no estaba. Y tal vez sea ese el mejor legado que deja ahora a su gente. En medio del desconsuelo, cabe pensar que, aún sin estar, perdurarán sus andanzas, sus hazañas y hasta sus paellas para la Jarana. Y ese recuerdo siempre será un soplo de ilusión que generará sonrisas impregnadas en nostalgia.
En todo caso, por la parte que me toca me quedo con la imagen jovial que compartimos en las fotos de aquellos años y no puedo evitar unirla a la emoción que siempre me evocó la letra de esa jota navarra que reina cada año en las calles de Pamplona. En 2026, después de casi medio siglo de sanfermines, Paco Castelló (El Tito) que nació en Nules y no cantaba jotas, ejerció de navarro hasta el último aliento y se despidió de sus fiestas haciendo a 'San Fermín llorar'. 

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