domingo, 30 de agosto de 2026

LX: Cosas de la (tercera) edad

Se me escapa agosto y acudo sin demasiada convicción a saldar la deuda que nadie me reclama con la reflexión bloguera vinculada a la sana costumbre de ir cumpliendo años. Llegar a los 60, no lo voy a negar, ha supuesto una pequeña convulsión, o no tan pequeña. Lo que tenía escrito el día 13 ha ido a parar a la papelera y me temo que ocurrirá lo mismo con cualquier texto que me detenga a releer. Supongo que es la primera consecuencia de la acumulación de sensaciones que acompañan a esta cifra tan redonda alcanzada, como si fuera inevitable echarme de lleno en los brazos del existencialismo de saldo y esquina que nunca he dejado de explorar. 

Llego a la cita a lomos del escepticismo y a medio camino entre la prisa y la pausa. Pareciera, por un lado, que me tengo que poner de inmediato a la tarea de controlar la situación, que toca entrenar duro para hacer las cosas que se hacen cuando llegas a los 60 o, más aún, emplearme a fondo para no hacer las cosas que no vienen a cuento a esta edad. Es decir, que debo tomar medidas para estar a la altura y convertirme en un señor mayor como Dios manda. Pero también cultivo una idea, más o menos definida, que me lleva a pensar que debo detenerme para seguir avanzando, que se impone una lectura sosegada de la situación, que puedo aprovechar el impulso con el que he llegado hasta aquí y dejar que la inercia haga el resto, sin cambios de rumbo ni volantazos bruscos. Digamos que es cuestión de estar preparado ante los efectos derivados de esta aceleración irresistible del calendario y procurar, al mismo tiempo, tocar lo menos posible las cosas de comer, seguir adelante arrastrando los pies lo menos posible y hacerlo sin alardes -desde luego- pero también sin fabricar barreras limitantes o excusas preventivas.

El debate interno discurre entre una especie de abatimiento -por momentos zozobra- por adentrarme en un territorio que parecía lejano e inhóspito y una ilusión contenida por llegar de esta guisa a un punto del camino que sin duda tiene un simbolismo especial. O dicho de otra manera, creo que habría firmado un estado de las cosas muy parecido al que tengo hoy para gestionar mi condición de nuevo miembro del grupo de población que la Organización Mundial de la Salud considera la 'Tercera Edad' pero tampoco tengo claro si procede una declaración solemne de aceptación de las reglas que la naturaleza impone a los que entramos en esta etapa vital o debo ponerme a silbar disimuladamente mirando al techo como si no pasara nada. 

Vamos, que no he salido de dudas, ni lo pretendo. Es más, creo que esta disposición natural a combatir las certezas ajenas y propias puede ser un buen punto de partida para afrontar lo que toque. De momento, mi corta experiencia en este lado de la frontera -la que se cruza cuando uno cumple 60 años- solo me invita a colocarme en posición de alerta por si acaso fuese útil a la hora de combatir algunos de los efectos secundarios que tiene el consumo prolongado de meses, años y décadas de vida. 

En todo caso, en medio de este reajuste anímico que discurre entre el balance de lo vivido y las pautas para ir tirando, aspiro a imponerme la versión más ilusionante del guion y sacar el máximo provecho a esta etapa que ni siquiera tiene que ser nueva. Empezaré tal vez por darle más valor a lo 'bailado' sin detenerme demasiado en las cosas que se quedaron por hacer. Si no me empeño en llevarme la contraria, trataré de hacerle caso al espíritu vitalista que me guía desde hace tiempo y que heredo de mi propia experiencia. 

Además, quiero pensar que cuando uno cumple 60 años tiene licencia para adueñarse de argumentos o excusas que puede utilizar -ya estoy en ello- siempre que la ocasión lo requiera para justificar el deterioro de cualidades que nunca tuve o la irrupción de taras y defectos hasta ahora inexistentes. Para explicar, por ejemplo, la pérdida de memoria o de paciencia, enmarcar los berrinches y manías, la menguante fuerza de voluntad o hasta la pereza. Incluso, llegado el caso, echaré mano de la edad si me asalta de repente la personalidad de un tipo testarudo

Pero espero sobre todo atender y entender como merece este influjo conservador que percibo porque uno de los grandes retos -tal vez el más importante- será 'conservar' y cuidar lo mucho y bueno que tengo, empezando por la salud y siguiendo por el cariño de la familia y el afecto de los amigos. Y el amor, por supuesto

No me importa confesarlo. Para bien o para mal la edad me hace más vulnerable a la nostalgia. O será que cada vez le doy más valor al legado de los que nos precedieron. A lo mejor es solo un ejercicio de egoísmo pensando que los que vienen detrás nos harán también un poco de caso, al menos de vez en cuando. De cualquier forma, lo de mirar atrás, más que una opción es una obligación, un ejercicio de justicia con los que me acompañaron y dieron aliento. Para hacer más provechoso lo que esté por llegar debo tener en cuenta de dónde vengo. Y también -supongo- para hacer caso a Machado en aquello de reparar en la senda que nunca se ha de volver a pisar.  


No hay comentarios:

Publicar un comentario