No me veo capaz. Lo del balance del año que termina requiere en ocasiones -es el caso- una perspectiva más amplia. Supongo que el tiempo dejará el poso de lo que fue, de lo que pudo ser y no fue, de lo que deja, de lo que se lleva o de lo que nunca llegó. Había pensado, por tanto, centrarme en ese otro ejercicio tan habitual de estos días que consiste en fijarnos los propósitos que pretendemos afrontar durante el año que llega. De entrada 2015 suena bien, que ya es algo; aunque reconozco que no termino de contagiarme de ese espíritu tan navideño que consiste en sumergirnos en el mar de buenos deseos que bañan declaraciones de exaltaciones de amor y/o de amistad.
Me había planteado cosas tan sencillas como recuperar las horas que le robé al mar en 2014, dejar de creer en personas que han dejado de creer en el amor, desnudarme solo cuando el guión lo exija, recordar de dónde vengo mientras la vida decide a dónde voy, volver a la cárcel sin pasar por la casilla de salida, contar hasta 140 antes de 'enviar' un tuit, seguir el consejo de alguien que me dijo hace poco "no dejes de describir la vida", salir en procesión, acompañar algún rato a Penélope en la estación, ver otra vez 'Qué bello es vivir', tocar la campana de la ermita del Valle, cantar, correr, nadar contra corriente, votar, escribir otra carta de amor, volver a empezar de cero...
Pero del listado primero, elaborado a partir de la declaración de intenciones, he ido suprimiendo las pretensiones imposibles, luego las complicadas, las improbables, las absurdas, las ñoñas, las inconvenientes, las que tengo que hacer si o si, las que no vienen a cuento, las que no dependen de mi...
La relación de tareas y/o propósitos se quedaba tan raquítica que amenazaba seriamente la que pretendía que fuera la última 'entrada' del año en el blog. Por algún motivo he recordado entonces algunos discursos grandilocuentes de estos días y me ha parecido oportuno imponerme una tarea ineludible: evitar a toda costa que nos distraigan haciéndonos creer en bosques frondosos para que dejemos de ver los árboles.
Y puestos a pedir un deseo para el año que comienza podemos plantearnos uno ambicioso: por ejemplo, un mundo maravilloso. Feliz 2015.
Empiezo por reconocer que escribo esto sin someterme a un más que recomendable proceso de reflexión. Supongo que tiene que ver con este atuendo negro que aún no me he quitado. Seguramente tiene relación directa con esa mezcla de rabia compartida con cientos de compañeros durante el tercer 'viernes a negro' en la Radio Televisión pública de Castilla-La Mancha. Pero también debe influir en este impulso de escribir ese otro sentimiento también muy extendido: el de rebeldía, el que no nos deja caer en la resignación.
Dicho queda que este gesto es un intento de reivindicar la dignidad de los medios públicos y la de sus profesionales, pero esta es también la llamada de atención a quienes consienten y/o alientan el uso sectario de unos Medios convertidos hoy en instrumentos de agitación y propaganda.
Quede constancia del significado de estos ropajes negros que lucimos. Conste que vas más allá de la clamorosa y obscena manipulación de la realidad que a diario cualquiera puede comprobar con una simple observación de los informativos de la Tele y de la Radio. Decía mi compañera Esther Bogónez en un tuit desde Guadalajara que "la verdad no es solo cuestión de ética, en periodismo es una obligación", pero el mensaje que lanzamos tiene que ver también con la dignidad profesional y con el derecho a manifestar públicamente distancias con quienes creen que vale todo.
A mi compañera Loli Ríos, en Albacete, le impidieron hacer su trabajo para que no saliera en pantalla vestida de negro. Pero además en las redacciones hay profesionales a los que se discrimina a diario y, en algún caso, se le aparta físicamente de la redacción de informativos.
Sorprende -aunque cada vez menos- la naturalidad con la que algunos aceptan ese maltrato a los que, en muchos casos, han sido compañeros durante años. Sorprende la naturalidad con la que algunos ejecutan órdenes a sabiendas de que mienten. Sorprende la naturalidad con la que algunos asumen el papel de censores que se les ha encomendando. Sorprende la naturalidad con la que unos cuantos han decidido convertirse en cómplices necesarios de un plan que nos lleva por el camino que condujo al abismo a Canal 9 o que mandó a la calle a cientos de trabajadores de Telemadrid. Sorprende la naturalidad con la que -los que hoy han optado por colores distintos al negro- asumen que el Medio para el que trabajan se haya pervertido hasta el punto de convertirse por méritos propios en una autentica 'vergüenza nacional'. Sorprende la naturalidad con la que -por ejemplo-en la Radio se asume que el EGM que refleja una pérdida de audiencia de un 40% se 'venda' al público como un enorme logro.
Este viernes -sigo escribiendo a borbotones- mientras un grupo de profesionales vestidos de negro tratábamos de expresar estas cosas a las puertas del edificio de RTVCM en Toledo ha pasado entre nosotros la Directora de Informativos, Victoria Vigón. Lo ha hecho entre aparentes sonrisas, como si algo de lo que aquí se cuenta tuviera gracia; como hace en sus entradillas en ese ejercicio de simulacro de Informativo que perpetra cada día para vergüenza de nuestra profesión. Esa misma directora de Informativos que dijo en sede judicial ante una de las muchas denuncias que acumula que su trabajo consiste en el "envolver" las noticias para que la gente las entienda mejor. Una declaración que tiene, en mi opinión, un trasfondo que explica en buena medida lo que está ocurriendo. Toman por idiota a la gente y lo hacen con una doble maldad; por un lado el menosprecio a los ciudadanos a los que consideran incapaces de percibir tan burdo engaño permanente y, segundo, lo hacen utilizando también los recursos económicos de las víctimas del engaño.
Reconozco que por momentos es inevitable cierta sensación de derrota a la vista de la impunidad con la que se manejan los que coartan la libertad de expresión y manifestación de los trabajadores. Reconozco igualmente su éxito en la misión de inocular el miedo en algunos compañeros que, estando negros por dentro, no se atreven a exteriorizarlo con una camiseta.
Pero antes de despojarme de estas ropas negras, quiero dejar constancia del orgullo que me produce compartir con profesionales como Loli y Esther la necesidad de seguir adelante con la denuncia de este atropello en sesión continua. Ellas, y otros como ellas, dan sentido a jornadas como las que hemos vivido en RTVCM este viernes.
No fue la razón de ser de este blog pero tampoco veo motivos para que deje de serlo, aunque sea de manera puntual. Es el caso. Acabo de leer 'El patio inglés' (ediciones Alrevés) y me ha parecido una novela interesante, recomendable. Reconozco que el tema me cautiva, incluso en alguna ocasión me adentré por esos terrenos literarios, los del joven que tiene todo por vivir pero no acierta a ver la manera de hacerlo y solo encuentra una manera eficaz de rebelarse contra un destino que considera una condena. Imagino que el interés se acentúa cuando has sido -como Pablo- un joven de los 80 y lees ahora la historia de este desencuentro con la perspectiva de padre de un chaval de esa edad.
Una historia dramática contada sin dramatismos superfluos, sin morbo, sin florituras o adornos innecesarios. Gonzalo Garrido apuesta por una fórmula que permite al lector participar activamente de la imparcialidad con la que él mismo se aplica a la tarea de contarla, aunque en ocasiones sea imposible no tomar partido. Se sirve para ello de dos monólogos interiores y compone con ellos el diálogo imposible entre un padre y un hijo, la conversación que no existió, la crónica de una distancia que no tiene culpables ni remedio.
La novela se lee del tirón, posiblemente porque impacta desde el primer instante, con la misma fuerza que el cuerpo de Pablo choca contra el suelo de 'El patio inglés' tras su caída libre desde el tercer piso. El lector se sumerge en el relato con el corazón encogido desde que imagina la angustia de esos padres que ven como su único hijo, de 18 años, abre la ventana del salón y se lanza por ella. Se deja arrastrar por los pensamientos que emergen a borbotones del tipo desesperado que espera respuestas imposibles a las puertas de un quirófano ante un "castigo" que considera inmerecido, aunque le resulte inevitable caer en un sentimiento de culpa.
Cada reflexión se intercala con retazos del diario de Pablo; el relato previo a la huida en forma de vuelo de un chico normal, que se enamora, que sufre y hace sufrir por amor, que se emborracha con los amigos y que se implica por unos ideales que no son precisamente los más llevaderos en el Bilbao de los años de ETA. Un universitario con una inteligencia -he aquí otro dato inquietante- por encima de la media y que, desde luego, no quiere ser "un fracasado" como su padre.
Es de agradecer que el autor no tire de infancias tormentosas o familias desestructuradas para envolver el relato. Cualquier casa, de cualquier vecindario -en todos los pueblos y ciudades- puede tener un patio inglés por el que alguien puede tratar de escapar.
El Muro de Berlín cayó un 9 de noviembre del año 1989. Si ese acontecimiento histórico hubiera ocurrido el 9 de noviembre de 2014, la Radio Televisión pública de Castilla-La Mancha no lo habría contado en sus Informativos.
Las noticias de alcance nacional e internacional han desaparecido de las escaletas y de los boletines horarios de la radio. Alguien ha decidido -y los demás ejecutan sin rechistar- que a un ciudadano de Huete, de Oropesa, de Manzanares o de Yeste no le interesa -pongo por caso- que la Guardia Civil esté llevando a cabo una macro-operación contra la corrupción con decenas de detenidos en varias provincias de España, o que comparezca el presidente del Gobierno por primera vez desde el 9N para explicar su posición -si es que la tuviera- sobre lo ocurrido el domingo en Cataluña.
Si hoy volviesen a caer las Torres gemelas los boletines de RCM contarían a sus oyentes uno de los muchos logros del gobierno regional o las previsiones de la próxima cosecha. Y la directora de Informativos de la Tele se dedicaría a 'envolver' convenientemente cacas de perros, baches, cardos y demás plagas que se propagan por municipios donde los ciudadanos cometieron el terrible error de no elegir convenientemente con sus votos.
Es evidente que esta manera de proceder, desde el punto de vista periodístico, no resiste el más mínimo y elemental análisis profesional. Y no cabe por tanto más opción que concluir que son otros los motivos e intereses que explican semejante desatino. Los que aún pudiera tener alguna duda al respecto o sintieran curiosidad por conocer esos motivos e intereses no tienen mas que sintonizar un par de veces los Informativos de la Televisión y de la Radio autonómica.
Sin entrar en comparaciones, aprovecho ese evento ocurrido hace 25 años para lamentar que ahora, metidos de lleno en el siglo XXI, haya quién se empeñe en levantar otros muros, aunque estos de los que hablo sirven para cerrar el paso a la libre circulación de una información veraz. Un derecho fundamental que debería ser la primera razón de ser de un Medio público y que aquí queda desterrado por alguien que enarbola la bandera del maniqueísmo y utiliza el muro para dividir, para colocar a un lado y al otro a los buenos y a los malos ciudadanos de esta tierra.
Esta que puede parecer -y lo es- una visión parcial de las cosas, incluye también la sensación amarga que me provocan parte de los peones que participan de manera activa en este proceso. Ante semejante panorama caben dos opciones: colaborar activamente colocando ladrillos para elevar un palmo más cada día la altura del muro, o -segunda opción- tratar de echarlo abajo aunque para ello no exista más herramienta que la fuerza de la razón y del sentido común. Hay argumentos, excusas y miedos para explicar el lado escogido. Podría ocurrir incluso que haya quien se crea necesariamente abocado a participar en una de las dos opciones, sin posibilidad de elegir. Lo que no procede es la indiferencia y por eso sorprende comprobar cada día la naturalidad con la que algunos asumen una situación que debería escandalizar a cualquiera, pero más aún a quien pudiera conservar alguna pequeña noción de los motivos por los que un día decidió ser periodista.
Y desde luego a estas alturas debería haber quedado muy claro que no tiene ningún sentido actuar como si esto que tenemos delante fuese el Muro de las lamentaciones.
Por encima de los méritos que hizo en los banquillos, a Vujadin Boskov se le recuerda por una frase: "fútbol es fútbol". Me he acordado de esa reflexión del entrenador yugoslavo cuando he escuchado algunas perogrulladas sobre la encuesta que este domingo ha publicado El País. Parece obligado que el político de turno recuerde que las encuestas son una"foto fija de un momento concreto" y desde luego es importante dejar claro que "marcan una tendencia, pero la verdadera encuesta es la de la urnas". Con lo fácil sería que decir que "las encuestas son encuestas". O dicho de manera mucho más científica, las encuestas tienen la importancia que tienen, ni más ni menos.
Dicho lo cual, me parece que se ha destacado muy poco un dato de ese estudio de Metroscopia que tantos atragantamientos provocó en los desayunos dominicales. Me refiero a la valoración que los ciudadanos otorgan a los Reyes.
Puede parecer una cuestión menor comparada con el vuelco del panorama político que refleja la encuesta, pero es posible que -al menos en parte- explique el mensaje de los ciudadanos.
Resulta chocante ahora recordar ese tiempo tan reciente en el que uno de los grandes debates en este país era el de Monarquía-República. El Rey Felipe no ha necesitado un 23-F para regenerar la imagen de la Corona que su padre dejó en el momento más bajo de popularidad.
A Felipe VI le ha bastado con una dosis adecuada de seriedad amable, con transmitir la imagen de tipo bien formado y cabal que no se marcha a cazar elefantes a África y que no se rompe la cadera esquiando.
El Rey Juan Carlos hizo su mejor servicio a la Corona al abdicar. Entendió que la única fórmula para recuperar el prestigio perdido era echarse a un lado; esa era misión imposible en manos de la misma persona que había dilapidado la enorme dosis de confianza que los españoles habían depositado en él a lo largo de su reinado.
Los políticos no quieren entender que el problema no es de casta, sino de castidad política. Es una cuestión de ejemplaridad y el Rey saliente les mostró el camino cuando comprendió que pedir perdón ya no es suficiente.
Recibo con tristeza la noticia. Ha dimitido el presidente de la Asociación de la Prensa de Ciudad Real, Wenceslao Monterroso, y con él su junta directiva. Se marcha para evitar la expulsión de esa Asociación de la FAPE (Federación de Asociaciones de Periodistas de España) tal como ha anunciado su presidenta, Elsa González.
Facultad de Periodismo en Cuenca. cuencaon.com
Monterroso ha tenido la osadía de discrepar de la posición oficial de FAPE y ha conseguido que los periodistas de la región entraran en un debate tan antiguo como rancio. Cientos de compañeros respaldaron con sus firmas su reivindicación: que el Colegio Profesional, llegado el momento culminante de su tramitación parlamentaria, no admitiera a los 'no titulados'.
Más allá de una cuestión que debería estar superada hace décadas, resulta inadmisible el episodio. Son muchos los periodistas de la región discriminados, despedidos o ninguneados sin razón profesional alguna; son muchos los periodistas que soportan el 'rodillo' político, las listas negras, los caprichos empresariales.... La debilidad del colectivo ha quedado sobradamente probada con los efectos demoledores de la crisis económica.
Pero este episodio, esta dimisión surgida de una amenaza de expulsión, demuestra también que los males que aquejan a esta profesión no se deben solo a la crisis, ni a la voracidad política por controlar los medios. El problema, y no menos grave que los demás, es también endógeno. La organización más representativa de la prensa en España no consiente la discrepancia. Periodistas que silencian a periodistas porque se atreven a opinar de manera diferente y a plantearlo abiertamente. Extraña manera de entender los valores que defiende una profesión como la nuestra.
No obstante, si esa es la posición por la que apuesta Elsa González, debe proceder -por medio de las Asociaciones provinciales- a abrir expediente de expulsión a todos aquéllos que, siendo miembros de FAPE, en su día estamparon su firma junto a la de Wenceslao Monterroso, Aquí tiene a uno,
La empresa para la que trabajo emitió ayer un comunicado en el que asegura que "se está informando con rigor sobre el ébola y ha defendido el trabajo de la auxiliar de enfermería Teresa Romero". Dice muchas más cosas, habla de profesionalidad y de rigor, que están atónitos por la vileza con la que se ataca a los profesionales... Argumentos ante los que solo cabe contestar con el vídeo que da origen a la polémica. Yolanda Guirado y su originalidadextrema para dar entrada a su 'No nos moverán'.
Ambas cosas definen a los que gestionan este empresa pública. El vídeo lo dice todo, pero la nota justificándolo y en tono amenazante (pedimos y exigimos) reafirma que lo ocurrido no es un desliz. Son así; ese es su sentido de la responsabilidad al frente de un Medio público, ese el rigor que imprimen a su trabajo, esa su sensibilidad en el tratamiento de una persona -trabajadora- que está luchando por salvar su vida.
El problema no es que no se haya entendido bien a Yolanda Guirado, el problema es que se les ha entendido todo. Significa, en su lenguaje mezquino, que los protocolos del Gobierno son impecables y que podemos estar todos muy tranquilos y que la auxiliar de enfermería, pobrecita ella, como es tontita, se toca la cara con los guantes y se infecta con el ébola. Está muy bien explicado.
Lo del comunicado es otra demostración evidente de lo que venimos denunciando. Nos toman por idiotas. Lo hacen a diario en informativos convertidos, sin pudor alguno, en instrumentos de agitación y propaganda. No importa que el lunes por la tarde la tele no dijese ni palabra del ébola o que aún el martes por la mañana se ordenase en la radio eliminar la noticia en el boletín de las nueve. No importa que todo esté grabado. "¿A quién va a creer usted a mi o a sus propios ojos?". La cita de Groucho Marx es perfecta para ilustrar este despropósito. Me preguntaba César del Río en la entrevista de 'encastillalamancha' por la mayor aberración periodística y mencioné precisamente el episodio de la picadora de carne par informar sobre el crimen machista de Cifuentes. Si algún día me vuelven a preguntar citaré también esta 'entradilla' de la subdirectora de Informativos de RTVCM y añadiré la nota oficial de la empresa que siguió al revuelo mediático. Cabe recordar que entonces -con la picadora del carnicero- el Director general dijo en sede parlamentaria que aquéllo fue un ejercicio de periodismo "impecable".
Por buscar algo positivo en este panorama desolador y deprimente, me quedo con la dimensión que estos episodios le dan a nuestras denuncias o a gestos tan elocuentes como el de los 'viernes a negro'. Está a la vista de todos y son muchos los que están colaborando para semejante atropello. Unos ejecutando órdenes descabelladas; otros consintiendo y alentando lo que se hace con la Radio Televisión pública. Todos ellos son responsables.