jueves, 8 de diciembre de 2022

Esteban Pérez, 30 años en el recuerdo

No seré original, ni en el mensaje ni en la imagen que lo acompaña. Un 8 de diciembre de 1992 se nos fue Esteban Pérez. 30 años después pervive este impulso por recordar la fecha y evocar en unas pocas líneas al periodista y al amigo, al compañero de profesión y de piso, al compañero del alma. 
Su ausencia nos ha acompañado en este recorrido de seis lustros. En los episodios más relevantes que la vida nos ha deparado en este tiempo hemos echado de menos al periodista y al amigo. En ambas facetas su aportación siempre fue valiosa, tanto que tres décadas después le seguimos teniendo presente, muy presente. Y eso explica, supongo, este impulso que me lleva a rendirle un pequeño homenaje y hacerlo por escrito me permite comprobar que las palabras siguen tan vigentes como hace cinco años: 

Cada 8 de diciembre se hace inevitable rememorar la tristeza de aquel momento y vuelve este impulso que me lleva a dejar constancia de un sentimiento que comparto con toda esa gente en la que dejaste una huella que no han podido borrar los 25 años que han pasado desde entonces.
Al escribirlo adivino la emoción de los que aquel día de la Inmaculada del 92 ya intuían, como yo, que el tiempo nunca podría cerrar completamente la herida y que, desde luego, nada podría ocupar del todo ese espacio que dejabas. Ellos fueron testigos y receptores de esa vitalidad tuya, de esa capacidad para contagiar alegría, para generar buen rollo alrededor. Saben de lo que hablo cuando te recuerdo como un tipo que hizo de la sencillez su mejor virtud, que se entregaba con pasión a su profesión, a la radio, a su gente, a su pueblo...Hablo del periodista cabal, del hombre honesto, del amigo leal.

El mensaje no es diferente al que ya quedó plasmado en otra carta escrita en 2012 cuando se cumplieron 20 años de ausencia y nos reunimos aquellas gentes de la Antena 3 de la calle Comercio que compartimos micrófono y muchas más cosas con Esteban Pérez.

Querido Esteban:

Conociendo tu alma de periodista, te supongo al tanto de todo lo que ha ocurrido en estos 20 años que han pasado desde que te marchaste. Lo que a lo mejor no sabes es que estos días hemos estado en contacto los que compartimos micrófono contigo en aquellos estudios de Antena 3 Toledo de la calle Comercio; estamos preparando un reencuentro para refrescar juntos los recuerdos de aquella época. Y no creo que te sorprenda la reacción unánime cuando hablamos de ti. Todos seguimos los caminos que la vida nos marcó desde aquél 8 de diciembre de 1992;  pero todos compartimos, sin duda, la huella imborrable de tu amistad, de esa ilusión contagiosa por lo que hacíamos, de tu alegría vital...
Por eso, por aquélla vitalidad y alegría tuya, no me perdonaría que esta fuese una carta triste, ni tampoco será triste esa cita de los que te conocimos. Aunque deberás perdonarnos si en algún momento la melancolía o la añoranza de tu ausencia se cuela en esa reunión o en estas pocas líneas. Tú eres el mejor ejemplo de que nadie muere del todo mientras alguien mantenga vivo su recuerdo. En tu caso, es evidente, que se trata de un recuerdo cargado de cariño. “No te imaginas las veces que me acuerdo de Esteban”, me decía un amigo común hace un momento.
No es cierto –si acaso una verdad a medias- que ‘20 años no es nada’. Caben muchas cosas en cuatro lustros; pero al evocar aquéllos días de trabajo y amistad, al ver las viejas fotos y escuchar alguno de aquellos momentos que compartimos en antena, es inevitable pensar que la vida habría sido diferente –mejor desde luego- si hubieras seguido por aquí.
Recibe el abrazo enorme de los que te queremos.
Jesús Espada

Esteban Pérez, periodista de Valmojado (Toledo) y jefe de deportes de Antena 3 en Toledo, murió el 8 de diciembre de 1992 a los 31 años de edad. La foto es un enorme regalo que me hizo Ángel García y corresponde a un partido de fútbol sala en el pabellón Salto del Caballo. 

domingo, 4 de diciembre de 2022

De las raíces y las redes

La foto es de agosto del 81 y en ella me he reencontrado por sorpresa con el adolescente que fui en la plaza del pueblo, en San Pedro Palmiches (Cuenca). La hizo Manuel Crespo cuando todavía conjugábamos el verbo veranear y la ha compartido en Facebook 40 años después. Confieso que, además de la sorpresa, ha sido inevitable cierta emoción al contemplarla. Me explico.
Aunque ahora pueda parecerlo, no es una imagen frecuente de la época porque en aquellos años había que dosificar los carretes y normalmente  se reservaban para las celebraciones; la mayoría de las fotos del verano en el pueblo se hacían en la Fiesta, sobre todo en la procesión, con las mejores galas, subiendo a los niños en las andas de la Virgen. No es el caso.
En agosto del 81 había una sola línea de teléfono en el pueblo, nadie imaginaba entonces que un día todos llevaríamos un móvil en el bolsillo con cámara digital incorporada. Cualquier día de agosto de 2021 se habrán hecho cientos o miles de fotos en la plaza, pero la fotografía de Manuel debió ser un pequeño acontecimiento; aunque no recuerdo el momento exacto ni los comentarios que provocó la iniciativa, imagino que reunió a los que estaban por allí en ese momento y posaron de manera improvisada para la ocasión sin que hubiera un motivo especial para hacerlo.
Estos días he observando la foto y he seguido con interés el debate en las redes que se ha suscitado a cuenta de la identidad de los que que aparecen en ella. Por la parte que me toca, ha sido imposible no dejarse llevar por el vértigo que los años provocan al mirar a ese joven imberbe que tenía todo por hacer. Y en cuanto al grupo, aunque es bien sabido que cualquier tiempo pasado fue distinto, tampoco ha sido posible abstraerse del efecto nostálgico que provoca la estampa al hacer repaso de los que posaban aquella mañana de verano y comprobar que muchos de los que estaban -la mayoría- ya se fueron
Ser el más joven del grupo fue solo una circunstancia casual del momento, pero me concede hoy el privilegio de seguir por aquí para contarlo y me permite también entender que hay cosas que aprecias de otra manera con el paso de los años. Me refiero, por ejemplo, a esos lazos imperceptibles a simple vista pero que, sin duda, existen y le otorgan unidad a ese grupo desordenado de hombres de varias generaciones que aquella mañana se colocaba ante la cámara de Manuel. 
Supongo que esos lazos explican en parte la emoción que la foto ha provocado estos días cuando ha ido circulando por los grupos de familiares y amigos del pueblo. Tiene que ver precisamente con la huella que dejaron en esa plaza y en nosotros los que nos precedieron, un legado que no se puede medir, pero que tiene relación directa con ese sentimiento que percibimos cada vez que volvemos a ese lugar y pisamos de nuevo las calles o las eras, cuando volvemos a bañarnos en el río o entonamos la Salve. Somos lo que somos porque elegimos cada día -con mejor o peor criterio- el camino por el que avanzamos, pero también por la herencia recibida y por esas raíces que ahora incluso se extienden por las redes. 
Será porque 40 años me acercan a ese papel o porque tengo la suerte de seguir contando con ellos, pero esta foto me parece una buena razón para reivindicar a nuestros mayores, para valorar su aportación a la causa. Aunque aún no lo sepan, los nietos y biznietos de los que en ella aparecen, algún día también sentirán el orgullo de pertenencia a esa tierra y a esos paisajes, el apego a esas gentes con las que compartimos una impronta que quedó inmortalizada en la foto que hizo Manuel un día cualquiera del mes de agosto del 81. 




domingo, 14 de agosto de 2022

LVI: Cumpleaños feliz

Pues sí, llegamos al siguiente peldaño, que no es poca cosa. Nos apuntamos a esta sana costumbre de ir acumulando treces de agosto. Y aunque sea a costa de abrir un paréntesis en el silencio bloguero de los últimos meses, no me resisto a prolongar la tradición inaugurada en ese momento tan simbólico en el que cruzábamos la frontera del medio siglo. 
La cita en el calendario es una buena razón o una mala excusa para dejarnos caer por este paisaje pantanoso de las reflexiones vitales desordenadas y de difusas declaraciones de intenciones. Un ligero repaso por los seis capítulos anteriores de este serial sirve para constatar que nunca estuvo claro el objetivo, suponiendo que lo hubiera. 
Decíamos ayer:

L: "...Que solo falla el que que lanza el penaltiQue mereció la pena. Que pedimos la última y nos vamos".
LI: "...Uno de estos días, en cuanto haya renunciado definitivamente a los sueños utópicos, me centraré en los sueños imposibles.... Un día de estos, en cuanto encuentre el modelo adecuado, tengo que dejar de ser yo mismo para convertirme en el hombre que debería haber sido alguna vez.
LII: "... A estas alturas del trayecto sabemos que no hemos llegado hasta aquí para quedarnos, aunque no siempre acertamos a entender que el camino es tan importante como el destino. Apenas empezamos a darle el valor que merece al cobijo que encontramos bajo la sombra de los árboles que fuimos sembrando a los lados del sendero"
LIII:  "...Si algo podría habernos enseñado esta acumulación de hojas arrancadas al almanaque es que podemos convivir con las dudas y con las certezas, que los achaques y las arrugas son compatibles con pequeños y grandes placeres, que podemos esperar un poco más antes de confesar los pecados inconfesables, que cualquier tiempo pasado fue distinto, que darle valor a lo que tenemos no implica que todo esté bien y que instalarnos en el lamento o la resignación solo nos conduce a la melancolía y, desde luego, no nos ayudará a cambiar las cosas que no nos gustan".
LIV: "... Casi todo es diferente en 2020, pero ninguna pandemia logró jamás detener al calendario...No se trata solo de aquéllas pequeñas cosas que Serrat hizo grandes, también podemos convertir la convulsión de los últimos meses en el mejor bálsamo contra la resignación".
LV: "...En todo caso, si para algo nos vale esta notable cantidad de experiencia acumulada es para saber que tenemos que aplicarnos en la tarea de sacarle todo el partido que podamos al tiempo que estemos por aquí.  El reto es vivir o, por lo menos, intentarlo. En ello estamos". 

Echar la vista atrás no deja de ser un ejercicio de cierto riesgo. Entre otras cosas porque -como le sucedía a un 'ilustre' político- a veces me cuesta entender mi propia letra. Y no es precisamente cuestión de caligrafía. Pero ni el tiempo ni los pudores de antaño han logrado que deje de caer en la tentación de escribir. Quiero pensar que la huella de esta tradición bloguera también le da cierto sentido al espíritu que un día inspiró a este blog. "Por si mañana" fue y es una consigna de muy recomendable cumplimiento para afrontar ese reto -vivir- con el que finalizaba el episodio anterior. 
La fórmula es válida para todos los días que no son el 13 de agosto, pero hay fechas especiales en las que conviene aplicarla también para reparar en las muchas razones que tenemos para celebrar como merece el acontecimiento. No sólo porque seguimos por aquí, que podemos contarlo y, en ocasiones, hasta queremos contarlo. Y aunque podría parecer presuntuoso dejarlo por escrito, cuando avancemos siete episodios más en este relato me gustará releer que el padre, el hijo, el hermano o el amigo que soy se sentía muy afortunado, un privilegiado. 
Pero hay otro ingrediente esencial que explica la dimensión especial del cumpleaños feliz de este año. Esa parte de la historia la escribirá de manera más discreta y mucho más apasionada el esposo que ahora soy porque, en efecto, Serrat tenía razón y es cierto que 'de vez en cuando la vida te besa en la boca'. Doy fe. 


miércoles, 2 de febrero de 2022

De propósitos y buenas intenciones

Hubo un tiempo lejano en el que nos poníamos a la tarea en cuanto nos comíamos el roscón de Reyes, pero los propósitos del año nuevo ya  no son lo que eran. Tal vez sea producto de la edad, que le hace a uno más partidario de la declaración de intenciones que de los compromisos ineludibles. También porque con tantas cuestas de enero a cuestas ya vamos bien servidos de propósitos que se quedaron en la mochila y muchos de ellos sin estrenar.
Cierto es que la intención no parece precisamente el mejor estandarte al que agarrarse. Más bien al contrario, que de buenas intenciones -dicen- está empedrado el infierno. Pero aquí seguimos agarrándonos a ellas -a las buenas intenciones- cuando nos quedamos lejos de las expectativas que nos pusimos o nos imponen y tampoco es extraño echar mano de ellas para justificar un fracaso en toda regla.  
No nos engañemos, en general y sin entrar en detalles, no es cierto que 'lo que cuenta es la intención', aunque pueda valorarse en alguna circunstancia. Se imponen las obras a las buenas razones porque lo del juego bonito está muy bien, pero para ganar el partido hay que marcar más goles que el rival. Si es posible partido a partido, pero este es otro tema.
En todo caso, por no dejar en blanco el capítulo de los propósitos confesables de 2022, me dispongo a recargar la batería del marcapasos que mantiene con pulso este blog antes de que se nos vaya el mes de enero y empecemos ya incumpliendo el reto de la periodicidad mensual. 
O dicho de otra forma, con alguna intención -presumiblemente buena- me planteo cultivar de vez en cuando esta afición/desahogo que no tengo muy claro si consiste en ponerle palabras a las emociones o algo de emoción a las palabras. Empezando por asumir que también en esto de escribir acumulamos ejemplos en los que hay más voluntad que acierto en lo que hacemosDe hecho, hace tiempo renuncié a la relectura de lo dicho en capítulos anteriores. No solo por el riesgo cierto de constatar una dosis importante de autoplagio, sino también para evitar cierto cargo de conciencia por las cosas que ya no diría de la misma manera, las que no venían a cuento o, sencillamente, porque no tengo ni idea de lo que quería decir en ese momento
Pero también puede ocurrir que, cuando menos lo esperas y aunque no fuera esa la intención, una carta sin remitente acabe convirtiéndose en una declaración de amor que llega a millones de personas. Además, nadie te garantiza cuántos episodios te quedan por contar, con quién te vas a tropezar en el siguiente párrafo o qué sorpresa se esconde a vuelta de página. Y por supuesto, por bueno que nos parezca el guion de las próximas temporadas de la serie, nunca sabes cómo y cuándo nos tocará ponerle el punto y final a la historia.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Cinco minutos antes de la cuenta atrás

Se le ha puesto 'caravinagre' al 2021 cuando nos disponíamos a decirle adiós. Durante unos meses nos mostró un rostro casi amable y hasta hace nada  nos invitaba a disfrutar de la Navidad como si tal cosa. Pero el año en curso se salió de la ruta que teníamos marcada y cogió esta otra variante que nos lleva de vuelta al territorio de la zozobra y la incertidumbre que impuso la pandemia hace ya demasiado tiempo.
Estábamos con una idea aproximada de lo que íbamos a escribir en el balance anual propio de las fechas cuando se nos ha desparramado un goterón de tinta en medio del folio. Y es que ocurre lo que ocurre cuando el nivel de hartazgo acumulado nos pone más cuesta arriba la tarea de reinventar nuevas fórmulas motivadoras. 
Pero no, pensándolo bien, después de tanto nadar y ahora que estamos tan cerca de la orilla, tampoco vamos a dejarnos arrastrar por esta ola de pesimismo y mal rollo que se nos ha venido encima. Me niego. Al fin y al cabo, ahora que estamos llegando a esos cinco minutos previos en la cuenta atrás, prefiero quedarme con ese puñado de momentos, de acontecimientos y decisiones que nos permiten llegar a las uvas con una sonrisa y con ganas de alzar la copa para brindar. Por lo que viene y por lo vivido, que no es poco. Ponemos el punto y aparte con ganas de seguir la historia porque este capítulo ha sido interesante, entretenido e incluso ha conseguido sorprendernos en ocasiones. 
No podemos ni debemos abstraernos de este contexto gris oscuro en el que toca hacer balance, pero precisamente esa circunstancia aún le pone más brillo y color a ese puñado de vivencias que le dan sentido al recorrido por este 2021. Hemos superado la prueba esencial, la de llegar hasta aquí, que no es poca cosa. Pero además no lo hemos hecho de cualquier manera ni a cualquier precio. Hemos aplicado algunas de las enseñanzas que nos ha traído esta pandemia, sobre todo la de ventilar, abrir las ventanas y dejar que se airee la casa y la mente. Y también nos hemos aplicado en esa tarea de detenernos un instante en las cosas pequeñas, para tratar de vivir hoy, 'por si mañana'..
Me rebelo contra la melancolía reinante. Me quedo con los puentes cruzados, con los ríos surcados, los atardeceres frente al mar o entre los olivos. Me quedo con el reencuentro inesperado, con el paisaje de girasoles, con la escalada al cerro de la Cruz, con el sonido del agua en el patio de los Leones, con esa llamada de cada noche que nos recuerda que ellos siguen ahí. 
Me quedo con la libertad tutelada de los que se van en busca de su propio destino. Me quedo con la amistad que resiste con firmeza cuando los envites son más fuertes. Me quedo con lo sueños, las ilusiones, los proyectos y los armarios compartidos. Me quedo con el compromiso, con esta serenidad apasionada, con este alboroto controlado, con estas ganas de hacer camino y descubrir nuevas rutas y nuevos retos. Podría decir que de este 2021 me quedo, por encima de todo, con el amor, pero tal vez si lo hago me deje arrastrar por ese lado 'moñas' que a veces me asalta y no siempre acierto a controlar. 
A pesar de su nombre y del gesto tan elocuente de su rostro, los pamploneses dicen que 'Caravinagre' es el favorito entre los kilikis (uno de los componentes de la comparsa de gigantes y cabezudos) que recorren las calles durante los sanfermines. Cuando pensemos en este 2021, al menos en mi caso, le valoraremos por ese lado amable y cercano que nos dejó y hasta le evocaremos con una sonrisa. 
En todo caso, a todos los que habéis llegado hasta esta línea os deseo que 2022 sea mucho mejor. Y que no nos falte el amor. 




domingo, 19 de diciembre de 2021

La canción del verano más largo

Al 'tío' Manolillo le hablabas de la catedral de Toledo o la de Burgos y te decía que ninguna Iglesia se  puede comparar a la de San Pedro Palmiches. Me he acordado de él, de mi abuelo, al leer 'El Verano más largo', un libro que ha escrito el mayor de sus biznietos durante ese tiempo de pandemia y abrazos confinados que nunca sospechamos que nos tocaría vivir. 
Tres generaciones después, Alberto exhibe de otra manera el orgullo por su pueblo que antes tuvieron otros. A base de apuntes breves, poemas y futuras canciones se ha hecho un 'selfie' con el cerro de La Cruz y el Guadiela de fondo, un  autorretrato a base de pinceladas y emociones aparentemente ligeras pero que encierran esa grandeza que aquel bisabuelo de los seis dedos le daba a la pequeña iglesia de su pueblo. 
Alberto se montó en el coche con Lene, los gemelos, el carné de padre primerizo y su guitarra y se plantó en ese escenario que había pisado muchas veces pero en el que ahora tenía que interpretar una canción, la de la zozobra, que nunca había estado en el repertorio. Llegó con su banda a ese lugar en el que transcurrieron otros muchos veranos, cuando no había carritos aparcados en la puerta de la Peña, cuando la única pandemia era la resaca de la procesión el día de la Fiesta y no tenía ni idea de lo que costaba una pala de tractor colmada de leña. 
No se entiende 'El verano más largo' sin esos otros veranos, ni se entiende de la misma manera lo que cuenta Alberto sin un contexto que tiene que ver con esas raíces que también son las mías y hacen especialmente emotivo el reencuentro con paisajes, personajes y momentos que me resultan tan 'familiares'. 
A Alberto le ha quedado un libro muy chulo, muy personal, muy suyo. No soy objetivo, ni lo pretendo. Me siento muy identificado con ese afán por fijarse en las cosas sencillas y también con ese impulso por ponerle palabras a las emociones y compartirlo. Y admiro ese valor de alguien que se subió a las tablas siendo casi un crío y que ha hecho de su pasión por la música una forma de vida y, en todo caso, una manera de entenderla. Perseguir un sueño es la primera condición indispensable para llegar a alcanzarlo sin olvidar que en el trayecto hacia ese destino hay muchas cosas que merecen ser vividas y contadas.
Me gusta esa mirada que se detiene en la incertidumbre del momento y en la que resulta inevitable una dosis de amargura y hasta de tristeza, pero en la que subyace por todas partes el amor. 
A alguien que se maneja bien en la pecera de una radio tampoco es extraño que le haya salido, sin pretenderlo, la crónica de un descubrimiento. Es la consecuencia de una nueva manera de observar un entorno conocido pero en el que nunca había reparado de esta forma; las campanas, los higos, el frontón, los corrales con sus puertas, la plaza y, por supuesto, el río. Esa inquietud  nunca antes presente que te lleva a preguntarte por alguien que mucho antes que nosotros pensó que sería una buena idea plantar una gran Cruz en lo más alto del cerro. Porque también me quedo con ese papel que asume con naturalidad, el de quien se sitúa en el papel de eslabón de una cadena que enlaza las generaciones que pasaron y las que vienen. 
Me pregunto cómo será ese legado en el caso de esas dos 'obritas de arte' que escuchan cuentos en alemán y la salve a la Virgen de la Cabeza en brazos del yayo Vicente. Es posible que ellos transmitan esa nueva tradición familiar del rotulador y hasta puede que lleguen a entender que su bisabuelo José, 'el Bigotes', aunque hace ya años que se nos fue, sigue poniéndole unos cartuchos a la escopeta para disparar al cielo cuando la procesión pasa por esos barrios de abajo en los que 'reina' la Paz.
Aunque no está uno muy puesto en lo de las reseñas literarias, me permito recomendar el libro de Alberto. Incluso sin haber pasado unos pocos veranos en San Pedro se puede apreciar la sensibilidad que le pone a lo que cuenta, como hace en ese relato delicioso de una boda -la suya- en la que sobra todo el aderezo, incluido el propio matrimonio, pero que acaba siendo toda una declaración de amor. Una vez habló en una canción de los días que 'se ponen raros' aunque nunca sospechó que hasta este punto. Y sin embargo, en estas circunstancias, es capaz de atrapar esos momentos que nos recuerdan que 'nunca sabe uno cuando puede estar viviendo los días más felices de su vida'. 
Celebro que haya ocurrido en ese pueblo, que es el mío, donde Alberto encontró la paz sobre su vieja bicicleta al recorrer ese solitario trozo del planeta en el que la vida no se detenía cuando el mundo se quedó parado. 




martes, 7 de diciembre de 2021

Este tiempo de otoño

Hubo un tiempo en el que no existía Spotify. Y hubo un 'Tiempo de Otoño' en formato cinta de casette que forma parte de esa banda sonora vital que uno lleva puesta. Bien está reconocerlo ahora que, con los años, vamos desprendiéndonos de complejos de antaño y ya no hay motivos para ponerle sordina a la admiración por un tal José Luis Perales. Aunque uno ya era consciente de ello, quedó plenamente refrendado en uno de esos conciertos con los que anda despidiéndose de los escenarios el de Castejón. Con los años, valoras aún más esa aparente facilidad para ponerle las palabras justas a una melodía, para hacer sencillo lo que en realidad es tan complejo como provocar emociones o evocar un sentimiento con el que alguna vez te has sentido identificado. 
Andamos ahora apurando este otro tiempo de otoño, el de la estación en la que aún nos encontramos, por más que tenga uno la sensación de que tratan de arrebatárnosla por la vía rápida, casi a empujones. Que vas aún con chanclas por el pasillo del super y te topas con un estante de turrones y polvorones; nos ajustamos al horario de invierno antes de echar el cierre al mes de octubre y, cuando queremos darnos cuenta, se iluminan las calles y escaparates. 
No hace tanto tiempo que ese momento, como el de poner el árbol y el belén en casa, estaba reservado para este Puente de la Inmaculada. Y eso ya nos parecía un exceso a los que fuimos niños cuando la Navidad empezaba al compás del soniquete de los niños de San Ildefonso, cuando aún no había un 'calvo' de la lotería ni comprábamos décimos para el sorteo extraordinario del 22 de diciembre en pleno mes de julio. 
Llegados a este punto se diría que no queremos dar ni un respiro a las hojas para que luzcan sus ocres y rojos antes de dejarse caer, como si fuere urgente echar la leña al fuego, como si tuviéramos que quemar etapas a ritmo vertiginoso. Pareciera que no hay tiempo para detenernos un instante a capturar esa estampa otoñal que tiñe los días y los atardeceres de una quietud serena, de una cierta calma que precede a la ´tempestad' invernal. 
Incluso para los que mantenemos intacto el gusto por sumergirnos en el espíritu navideño, nos parece que no es bueno esta manera un tanto atropellada de llegar a la cita. Que empiezas diciembre y andas estresado pensando que ya vas tarde para comprar los regalos, para colocar los adornos y, en definitiva, para ajustar la agenda a tanto evento. Un amigo me dice que ya está preparando las felicitaciones animadas para redes sociales, que también hay que estar a la altura en originalidad, aunque luego muchos vivan de las rentas y los reenvíos. 
Supongo que no viene a cuento dejarse llevar por una cierta nostalgia, pero algo debe haber cuando uno recuerda que aquel 'Tiempo de Otoño' del 79, como otros discos de aquella época, se saboreaban de principio a fin, canción a canción. Algunos de aquellos elepés fueron acontecimientos en la época y hoy son historia de la música. Estoy muy lejos de los que defienden que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero al menos deberíamos reconocer que aquella liturgia del vinilo o el radiocasette tenía cierto encanto y también deparaba una manera más respetuosa de acceder a la obra de arte, de acceder a ella tal como la diseñó su autor; el orden de las canciones en un álbum forma parte también del proceso creativo. Prefiero esta facilidad de ahora para escuchar lo que quieras en cualquier momento, pero a veces no estaría mal saber apearnos de este modo playlist con el que consumimos las canciones, los días y los otoños.