Cuando la vida era normal, llegados a estos primeros días del mes de abril ya teníamos bastante asumido que muchos de los retos que nos marcamos al comienzo de año empezaban a agolparse en el cajón de los asuntos pendientes.
A decir verdad, esta vez las cosas iban bastante encarriladas. Cuando retiras la candidatura al título de mejor padre del mundo, de hijo ideal, de vecino perfecto, marido más fiel o la de mejor amigo del hombre las cosas son más llevaderas. Disminuye la presión cuando los propósitos son más realistas, cuando renuncias expresamente a tratar de volver a tener 25 años, incluso en los días en los que te sientes insultantemente joven; cuando ya no aspiras a llegar a marte en una nave espacial y te conformas con seguir dando una vuelta por la luna de vez en cuando; cuando asumes que no vas a poder atacar al pelotón en plena escalada al Tourmalet, pero mantienes el pulso con la estática del salón para mejorar el tiempo de ayer.
Pero en tiempos de pandemia, los retos cambian y el cuarto domingo en estado de alarma te planteas, por ejemplo, encontrar la manera de volver a asomarte por esta ventana bloguera. Escribir siempre fue una terapia, pero en estas noches de insomnio y pesadilla todos los intentos terminaron estrellándose contra los muros de la tristeza y el miedo.
Seguramente porque resulta imposible transitar con cierto tino por la maraña de sentimientos, propios e inducidos, que nos inundan y nos desbordan. Nos arrastra una catarata de emociones -contenidas o incontenibles- que nos mantiene en estado de congoja permanente.
Y en ese estado, las ideas y las palabras con las que tratamos de contarlo deambulan por cada frase de la misma manera que nuestros cuerpos se mueven como sombras asustadas por las calles desiertas. El miedo lo impregna todo y no hay manera de explicar lo inexplicable, no podemos sofocar los efectos de este mal sueño por más que tratemos de alcanzar el siguiente punto y aparte pensando que doblaremos la esquina y nos toparemos con la algarabía de una plaza repleta de vida.
En estas condiciones tampoco parece probable armar un discurso medianamente coherente. Ni siquiera lo pretendo. Todos hemos tenido miedo y hemos estado tristes muchas veces, pero no habíamos experimentado este miedo colectivo, esta tristeza viral y vital que compartimos ahora. No sabíamos que no somos invencibles aunque estuviéramos convencidos de ello.
El reto dominical consiste en desbrozar esta enorme selva de rabia, incertidumbre e impotencia en la que nos sentimos atrapados para que se abran paso en este paisaje tenebroso la solidaridad y la esperanza.
Para lograrlo, además habrá que dejar a un lado la pandemia de estupidez y mezquindaz que se propaga por tierra, mar y redes, porque desgraciadamente contra ciertas miserias humanas no se me ocurre más vacuna que la indiferencia.
Incluso será necesario asumir un reto dentro del reto: el compromiso de asomarnos por esta ventana el próximo domingo, cuando tengamos más argumentos para aferrarnos a la ilusión y al optimismo. Tal vez entonces podamos proclamar que el aplauso tiene cada tarde más sentido y que uno solo de los abrazos que estamos almacenando estos días es razón suficiente para mantenernos firmes en la batalla contra el miedo y la tristeza.
domingo, 5 de abril de 2020
jueves, 13 de febrero de 2020
14-F, entre razones y excusas
El 14-F ya se dejó caer por aquí otros años. Como en ocasiones precedentes, intuyo que no es la causa sino la excusa. Un motivo tan adecuado o tan absurdo como cualquier otro para volver a un asunto del que en realidad nunca nos vamos.
El amor está en el origen que inspiró la carta a Julia y abrió las puertas de este espacio para el desahogo o la melancolía dosificada. Desde entonces ha sido el tema más recurrente, posiblemente el único permanente. Según el momento, podríamos ponerle a la elección un barniz de sensibilidad romántica o acudir a una explicación mucho más pragmática; el amor como recurso fácil, como maniobra de distracción frente a otros asuntos más mundanos y menos poéticos, de esos que te llevan por terrenos pantanosos en los que corres serio riesgo de ser engullido por las arenas movedizas del qué dirán.
Al fin y al cabo, la temática amorosa es tan explorada y tan extensa como desconocida y desconcertante, tan apasionada como incomprensible. El amor y la forma de expresarlo admite todos los aderezos, según los gustos y costumbres, según los caprichos propios y ajenos, según los dictados del destino o el desatino, según los paisajes interiores o exteriores, según los abismos o espejismos por los que deambulemos.
Tal vez por eso, tampoco hay normas ni recetas que garanticen el acierto con el menú que se sirve el Día de los Enamorados. Es bien sencillo errar, por exceso o por defecto, con la celebración de la jornada, suponiendo que hubiera algo que celebrar. El romanticismo impostado de unos es tan poco recomendable como el afán de otros por marcar distancias con el calendario, el empeño por no hacer la más mínima concesión a Cupido.
El 14 de febrero no debería ser, por si mismo, una razón para manifestar un sentimiento que se supone existe con la misma intensidad e idéntico valor el resto del año, pero tal vez sea un buen pretexto para hacerlo. Y en todo caso no parece muy adecuado que sea la excusa para dejar de hacerlo si acaso surgiera el impulso sincero de manifestar tal cosa, aunque sea un vano intento de compensar los silencios de todos los días que no se dedican -ni dedicamos- a los enamorados.
Tal vez por eso, sin que sirva de precedente ni que pueda tacharse de autoplagio, me permito rescatar una reflexión surgida en estos terrenos blogueros al calor de estas mismas fechas hace dos o tres años: "La cuestión amorosa es tan amplia como la tipología de las relaciones de pareja, sin que necesariamente coincidan ambas circunstancias. El amor, si acaso existiera, debería darnos las claves para manejarnos con cierta destreza, pero la guía práctica -pendiente de elaborar- para sobrevivir a San Valentín tendría que calibrar el tratamiento que a cada caso convenga".
En cualquier caso, y aún sabiendo que volveremos a equivocarnos, conviene perseverar en el intento para no privarnos de un vértigo emocional irresistible, de esas sensaciones que nos recuerdan que estamos vivos mientras transitamos por la finísima línea que separa el éxito del fracaso.
El amor está en el origen que inspiró la carta a Julia y abrió las puertas de este espacio para el desahogo o la melancolía dosificada. Desde entonces ha sido el tema más recurrente, posiblemente el único permanente. Según el momento, podríamos ponerle a la elección un barniz de sensibilidad romántica o acudir a una explicación mucho más pragmática; el amor como recurso fácil, como maniobra de distracción frente a otros asuntos más mundanos y menos poéticos, de esos que te llevan por terrenos pantanosos en los que corres serio riesgo de ser engullido por las arenas movedizas del qué dirán.
Al fin y al cabo, la temática amorosa es tan explorada y tan extensa como desconocida y desconcertante, tan apasionada como incomprensible. El amor y la forma de expresarlo admite todos los aderezos, según los gustos y costumbres, según los caprichos propios y ajenos, según los dictados del destino o el desatino, según los paisajes interiores o exteriores, según los abismos o espejismos por los que deambulemos.
Tal vez por eso, tampoco hay normas ni recetas que garanticen el acierto con el menú que se sirve el Día de los Enamorados. Es bien sencillo errar, por exceso o por defecto, con la celebración de la jornada, suponiendo que hubiera algo que celebrar. El romanticismo impostado de unos es tan poco recomendable como el afán de otros por marcar distancias con el calendario, el empeño por no hacer la más mínima concesión a Cupido.
El 14 de febrero no debería ser, por si mismo, una razón para manifestar un sentimiento que se supone existe con la misma intensidad e idéntico valor el resto del año, pero tal vez sea un buen pretexto para hacerlo. Y en todo caso no parece muy adecuado que sea la excusa para dejar de hacerlo si acaso surgiera el impulso sincero de manifestar tal cosa, aunque sea un vano intento de compensar los silencios de todos los días que no se dedican -ni dedicamos- a los enamorados.
Tal vez por eso, sin que sirva de precedente ni que pueda tacharse de autoplagio, me permito rescatar una reflexión surgida en estos terrenos blogueros al calor de estas mismas fechas hace dos o tres años: "La cuestión amorosa es tan amplia como la tipología de las relaciones de pareja, sin que necesariamente coincidan ambas circunstancias. El amor, si acaso existiera, debería darnos las claves para manejarnos con cierta destreza, pero la guía práctica -pendiente de elaborar- para sobrevivir a San Valentín tendría que calibrar el tratamiento que a cada caso convenga".
En cualquier caso, y aún sabiendo que volveremos a equivocarnos, conviene perseverar en el intento para no privarnos de un vértigo emocional irresistible, de esas sensaciones que nos recuerdan que estamos vivos mientras transitamos por la finísima línea que separa el éxito del fracaso.
lunes, 6 de enero de 2020
Años 20
Si no fuera porque uno es de letras, podría dejarme llevar por la inercia de los números para pensar que acabamos de estrenar un año redondo. Estamos, en efecto, ante una de esas cifras de las que imponen ciclos, de las que nos invitan a ir más allá del resultado que pudiera depararnos la disección de un 2019 al que tenemos aún sobre la mesa de autopsias.
Porque el balance del año recién terminado se adereza esta vez con un caldo que el tiempo va cociendo a fuego lento y, casi sin querer, nos adentramos por ese terreno pantanoso de la memoria selectiva o caprichosa. Pones el pie en 2020 y algún resorte invisible te desplaza hacia atrás en el tiempo para reparar, aunque sea por un momento, en lo diferente que era el mundo en general y nuestro mundo en particular hace 10 años.
Y aunque sea por un momento nos vemos recorriendo ese sendero sinuoso que discurre por acontecimientos que se quedaron marcados en la hoja de ruta, entre las cosas que hemos hecho y las que dejamos de hacer en este tiempo, las idas y venidas, los tropiezos, las remontadas, los fracasos, los sueños cumplidos y los que dejamos a medias; esa senda en la que conviven sombras y luces con los rescoldos de los amores y desamores que se fueron, los que aspiran a quedarse y los que nunca llegaron.
En fin, sin darnos cuenta, nos descubrimos ante el espejo con cara de panoli, hurgando en ese cajón en el que se han ido acumulando recuerdos y nostalgias, como tratando de desentrañar o desenterrar todas esas cosas que caben en una década, las que no caben en una vida entera y otras que apenas duran un segundo pero se quedan archivadas para siempre en algún lugar remoto que se esconde entre el alma y las vísceras.
No sé si me explico. Espero que no.
Los que consumimos una buena ración del siglo XX sabemos, o deberíamos saber, que ya no tenemos edad para andar preocupándonos por la edad que tenemos. Y menos aún para fijarnos en el debate sobre la fecha exacta en la que entramos oficialmente en la nueva década. Proclamo solemnemente inaugurados los años 20, que no es poca cosa teniendo en cuenta que hubo un tiempo en el que nos parecía un horizonte lejano cruzar la frontera del milenio.
El almanaque nos brinda un buen argumento, o al menos una excusa, para no detenernos demasiado esta vez en el catálogo de esos buenos propósitos que ligamos al año en curso recién inaugurado. Pero a la vista de los giros inesperados que el guión nos tenía reservados en estos dos últimos lustros tampoco parece que tenga mucho sentido empeñarnos en colocar un destino fijo en el navegador. Sobre todo, sabiendo como sabemos, de nuestra natural tendencia a salirnos de la ruta marcada, a perdernos de todas todas. En todo caso, si a pesar de todo hemos encontrado la manera de llegar hasta aquí, tal vez no sea un mal punto de partida perseverar en el empeño de seguir haciendo camino.
Porque el balance del año recién terminado se adereza esta vez con un caldo que el tiempo va cociendo a fuego lento y, casi sin querer, nos adentramos por ese terreno pantanoso de la memoria selectiva o caprichosa. Pones el pie en 2020 y algún resorte invisible te desplaza hacia atrás en el tiempo para reparar, aunque sea por un momento, en lo diferente que era el mundo en general y nuestro mundo en particular hace 10 años.
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En fin, sin darnos cuenta, nos descubrimos ante el espejo con cara de panoli, hurgando en ese cajón en el que se han ido acumulando recuerdos y nostalgias, como tratando de desentrañar o desenterrar todas esas cosas que caben en una década, las que no caben en una vida entera y otras que apenas duran un segundo pero se quedan archivadas para siempre en algún lugar remoto que se esconde entre el alma y las vísceras.
No sé si me explico. Espero que no.
Los que consumimos una buena ración del siglo XX sabemos, o deberíamos saber, que ya no tenemos edad para andar preocupándonos por la edad que tenemos. Y menos aún para fijarnos en el debate sobre la fecha exacta en la que entramos oficialmente en la nueva década. Proclamo solemnemente inaugurados los años 20, que no es poca cosa teniendo en cuenta que hubo un tiempo en el que nos parecía un horizonte lejano cruzar la frontera del milenio.
El almanaque nos brinda un buen argumento, o al menos una excusa, para no detenernos demasiado esta vez en el catálogo de esos buenos propósitos que ligamos al año en curso recién inaugurado. Pero a la vista de los giros inesperados que el guión nos tenía reservados en estos dos últimos lustros tampoco parece que tenga mucho sentido empeñarnos en colocar un destino fijo en el navegador. Sobre todo, sabiendo como sabemos, de nuestra natural tendencia a salirnos de la ruta marcada, a perdernos de todas todas. En todo caso, si a pesar de todo hemos encontrado la manera de llegar hasta aquí, tal vez no sea un mal punto de partida perseverar en el empeño de seguir haciendo camino.
martes, 24 de diciembre de 2019
FELIZ naVIDAd
Con precipitación y alevosía me dispongo a tirar de blog para desear a todos -a los habituales y a los ocasionales- que tengáis una muy buena Nochebuena y, en general, FELIZ naVIDAd.
Como en tantas otras cosas, en este capítulo de las felicitaciones y los buenos deseos, mi percepción ha ido cambiando y adaptándose, aunque sea a trompiciones, a los nuevos tiempos. Durante unos pocos años -muy pocos- nos aplicamos en el arte del mensaje corto y adquirimos cierta destreza para poner ese puntito emocionante que colocaba al receptor entre la sonrisa tontorrona y la lagrimilla incontenible. Tiempos lejanos ya los del SMS que han quedado aplastados por la potencia del whatsapp.
Desde hace días se acumulan en el teléfono vídeos, memes y animaciones más o menos sofisticadas, más o menos originales. No importa el motivo, ni siquiera le quito una pizca de mérito al reenvío masivo. En algún lugar de la agenda ocupábamos un espacio que hoy tiene un significado especial. Todos son bienvenidos, en todos hay una pincelada de cariño que, incluso si llegase de rebote, me apetece disfrutar y celebro como uno de esos gestos que forman parte del espíritu navideño. Tal vez por eso abro esta vía, para descargar la mala conciencia que inevitablemente dejamos con los mensajes que se quedan pendientes de respuesta y que terminan, en el mejor de los casos, aterrizando en la pista de la Nochevieja.
Pero sobre todo me lanzo a esta nueva modalidad de felicitación para acordarme de los que se acuerdan de uno para bien en un día come este o en cualquier otro momento; de los que reaparecen en fechas señaladas; de los que nunca se fueron aunque ni siquiera aparezcan; de los que siempre están llegando y de los que están por llegar; de los que se fueron demasiado pronto y los que llegaron para quedarse; de los que sentimos siempre cerca por más que nos alejemos de ellos; de los que ellos saben y de los que nunca lo sabrán; de los que me quieren mucho, de los que me quieren un poco y sobre todo de los que me quieren bien. Y muy especialmente de los que más me quieren cuando menos lo merezco.
A todos os deseo una pizca de ilusiones renovadas para meternos en el 2020 con una inercia positiva que nos permita disfrutar del camino. A todos os emplazo a no desistir en el empeño de ser felices, también en Navidad. Y no olvidéis brindar 'por nuestros sueños'.
Como en tantas otras cosas, en este capítulo de las felicitaciones y los buenos deseos, mi percepción ha ido cambiando y adaptándose, aunque sea a trompiciones, a los nuevos tiempos. Durante unos pocos años -muy pocos- nos aplicamos en el arte del mensaje corto y adquirimos cierta destreza para poner ese puntito emocionante que colocaba al receptor entre la sonrisa tontorrona y la lagrimilla incontenible. Tiempos lejanos ya los del SMS que han quedado aplastados por la potencia del whatsapp.
Desde hace días se acumulan en el teléfono vídeos, memes y animaciones más o menos sofisticadas, más o menos originales. No importa el motivo, ni siquiera le quito una pizca de mérito al reenvío masivo. En algún lugar de la agenda ocupábamos un espacio que hoy tiene un significado especial. Todos son bienvenidos, en todos hay una pincelada de cariño que, incluso si llegase de rebote, me apetece disfrutar y celebro como uno de esos gestos que forman parte del espíritu navideño. Tal vez por eso abro esta vía, para descargar la mala conciencia que inevitablemente dejamos con los mensajes que se quedan pendientes de respuesta y que terminan, en el mejor de los casos, aterrizando en la pista de la Nochevieja.
Pero sobre todo me lanzo a esta nueva modalidad de felicitación para acordarme de los que se acuerdan de uno para bien en un día come este o en cualquier otro momento; de los que reaparecen en fechas señaladas; de los que nunca se fueron aunque ni siquiera aparezcan; de los que siempre están llegando y de los que están por llegar; de los que se fueron demasiado pronto y los que llegaron para quedarse; de los que sentimos siempre cerca por más que nos alejemos de ellos; de los que ellos saben y de los que nunca lo sabrán; de los que me quieren mucho, de los que me quieren un poco y sobre todo de los que me quieren bien. Y muy especialmente de los que más me quieren cuando menos lo merezco.
A todos os deseo una pizca de ilusiones renovadas para meternos en el 2020 con una inercia positiva que nos permita disfrutar del camino. A todos os emplazo a no desistir en el empeño de ser felices, también en Navidad. Y no olvidéis brindar 'por nuestros sueños'.
sábado, 7 de diciembre de 2019
Recuperar el tiempo perdido
Dice un buen amigo que ahora le toca "recuperar el tiempo perdido". Comparte conmigo sus planes en busca de complicidad y me coloca ante una compleja disyuntiva, porque es bien sabido que a los amigos hay que decirles siempre la verdad por dolorosa que resulte, pero también hay momentos en los que la amistad nos obliga a aplicar un tratamiento de choque a base de mentiras piadosas, al menos hasta que baje la inflamación provocada por una crisis existencial aguda.
Por eso he preferido no decirle que no debería perder el tiempo tratando de recuperar el tiempo perdido. Tampoco le he contado que el intento de recuperar el tiempo perdido es una aspiración tan legítima como absurda. Un objetivo aparentemente lógico pero de imposible cumplimiento y, casi siempre, el camino directo hacia la melancolía.
Podemos recuperar el instinto goleador si alguna vez lo tuvimos o la pelota que se nos coló en el balcón del vecino mientras jugábamos en el patio. Podemos recuperar, con la ayuda de los bomberos, al gato que se encaramó en la rama más alta del árbol. Podemos recuperar el aliento cuando llegamos al descansillo del quinto y, con mucho sacrificio, tal vez podamos recuperar alguna vez nuestro peso ideal. Por poder, hasta se pueden recuperar -se han dado casos- las ganas de amar y de vivir después de haber tocado fondo. Pero el tiempo no. No podemos recuperar el tiempo perdido. El tiempo consumido ya no se puede reponer. El depósito de tiempo con el que emprendemos el viaje no es recargable, lo vamos gastando minuto a minuto. Y aunque se lo haya prometido a mi amigo, no es cierto que tenga aparcado en la puerta el DeLorean de Doc Brown.
El caso de mi amigo es un buen ejemplo de ello. Tratar de recuperar el tiempo perdido es, casi siempre, la respuesta al fracaso en el que nos adentramos por culpa de una mala decisión, o de unas cuantas. Un inútil intento por volver al punto exacto en el que decidimos subirnos a un tren que nos llevó a un destino equivocado. Pretendemos volver al mismo anden pero será otro el tren al que podremos subirnos o dejar pasar.
Podemos volver a la Universidad y descubrir ahora el placer de estudiar, sin más pretensión que descubrir nuevos mundos, sin agobios ni presiones por el futuro que depende de unas notas, pero no podemos volver a los 21 ni será la chica de ayer la que esté sentada en el pupitre de al lado. Podemos recorrer el mismo camino y hasta volver a tropezar en la misma piedra, pero las hojas de los árboles serán otras. Es posible que la vida se nos brinde en cueros y nos regale mil oportunidades más, pero serán otras oportunidades. Los besos que no dimos ya murieron en labios ajenos.
El tiempo que fuimos es la huella que dejamos al pasar, la historia que no podemos reescribir por más que adornemos el relato en el libro de memorias, el mejor aval para tratar de aprovechar -desde este mismo instante- el único tiempo que existe, el que tenemos por delante. Si encuentro la manera de hacerlo, le explicaré a mi amigo que deberíamos afrontar el reto sabiendo, como sabemos, que no tenemos ni idea de la fecha de caducidad que llevamos grabada en el cogote.
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Por eso he preferido no decirle que no debería perder el tiempo tratando de recuperar el tiempo perdido. Tampoco le he contado que el intento de recuperar el tiempo perdido es una aspiración tan legítima como absurda. Un objetivo aparentemente lógico pero de imposible cumplimiento y, casi siempre, el camino directo hacia la melancolía.
Podemos recuperar el instinto goleador si alguna vez lo tuvimos o la pelota que se nos coló en el balcón del vecino mientras jugábamos en el patio. Podemos recuperar, con la ayuda de los bomberos, al gato que se encaramó en la rama más alta del árbol. Podemos recuperar el aliento cuando llegamos al descansillo del quinto y, con mucho sacrificio, tal vez podamos recuperar alguna vez nuestro peso ideal. Por poder, hasta se pueden recuperar -se han dado casos- las ganas de amar y de vivir después de haber tocado fondo. Pero el tiempo no. No podemos recuperar el tiempo perdido. El tiempo consumido ya no se puede reponer. El depósito de tiempo con el que emprendemos el viaje no es recargable, lo vamos gastando minuto a minuto. Y aunque se lo haya prometido a mi amigo, no es cierto que tenga aparcado en la puerta el DeLorean de Doc Brown.
El caso de mi amigo es un buen ejemplo de ello. Tratar de recuperar el tiempo perdido es, casi siempre, la respuesta al fracaso en el que nos adentramos por culpa de una mala decisión, o de unas cuantas. Un inútil intento por volver al punto exacto en el que decidimos subirnos a un tren que nos llevó a un destino equivocado. Pretendemos volver al mismo anden pero será otro el tren al que podremos subirnos o dejar pasar.
Podemos volver a la Universidad y descubrir ahora el placer de estudiar, sin más pretensión que descubrir nuevos mundos, sin agobios ni presiones por el futuro que depende de unas notas, pero no podemos volver a los 21 ni será la chica de ayer la que esté sentada en el pupitre de al lado. Podemos recorrer el mismo camino y hasta volver a tropezar en la misma piedra, pero las hojas de los árboles serán otras. Es posible que la vida se nos brinde en cueros y nos regale mil oportunidades más, pero serán otras oportunidades. Los besos que no dimos ya murieron en labios ajenos.
El tiempo que fuimos es la huella que dejamos al pasar, la historia que no podemos reescribir por más que adornemos el relato en el libro de memorias, el mejor aval para tratar de aprovechar -desde este mismo instante- el único tiempo que existe, el que tenemos por delante. Si encuentro la manera de hacerlo, le explicaré a mi amigo que deberíamos afrontar el reto sabiendo, como sabemos, que no tenemos ni idea de la fecha de caducidad que llevamos grabada en el cogote.
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martes, 26 de noviembre de 2019
El dolor de Sacristán es puro teatro
"Mientras vayamos durando seguiremos en esto". La frase es de Fernando Fernán Gómez y la toma prestada José Sacristán cuando surge la inevitable cuestión que relaciona su condición de octogenario con la de actor en activo. Porque ambas cosas son ciertas, pero la grandeza con la que ejerce la segunda convierte la primera en detalle secundario. Si acaso, reparas en su edad justo antes de que se alce el telón mientras ojeas el programa de mano y cuando termina la función para añadir un mérito más al espectáculo que ofrece en solitario sobre un escenario durante casi hora y media.
Pepe Sacristán no ha necesitado llegar a los ochenta y tantos para deslumbrar con su capacidad interpretativa. Lo ha hecho muchas veces y en diferentes registros, pero me atrevo a pensar que esta 'Señora de rojo sobre fondo gris' es una de esas experiencias que dan sentido a toda una vida sobre las tablas. Seguramente hace falta una trayectoria como la suya para retratar el dolor como él lo hace. El dolor como sinónimo de amor perdido, de amor arrebatado por la vida.
Puedo imaginar a Sacristán con la ilusión de un principiante ante semejante desafío, empapándose de ese texto, metiéndose en la piel de Nicolás, moldeando a un personaje en el que intuimos la figura de Miguel Delibes escribiendo silencios y masticando la tinta para que las palabras contuvieran la rabia ante tan injusto destino. Nadie como Delibes podía trazar con tanta maestría un relato cuyo desenlace inevitable todos conocemos pero que avanza paso a paso para ir describiendo una majestuosa declaración de amor y de duelo, de ternura desconsolada y, sobre todo, de admiración infinita por la compañera que se queda a mitad de camino.
Nadie como Sacristán para ponerle voz y presencia profunda a la amargura incontenible, al dolor teñido de gris de un estudio y de un mundo en el que, sin ella, no caben los colores. Los pinceles del pintor quedan tan resecos como el tintero del escritor cuando la inspiración del artista es atrapada por la desolación.
Puedo imaginar al Actor -véase la intención de la mayúscula- poniendo los cimientos y construyendo palmo a palmo un personaje como el de Nicolás, perfilando cada frase, cada gesto y cada silencio para que participemos de su dolor, pero también para que podamos descubrir a través de su dolor a la verdadera protagonista de la historia. Para que podamos siquiera atisbar la dimensión de una mujer capaz de hacer bajar a los ángeles que se posaron en la paleta de Nicolás en otros tiempos.
Porque el retrato de Ana es el que la voz de Sacristán, al dictado de Delibes, nos pinta con maestría a base de pequeñas pinceladas de la vida en común que van quedando en el lienzo del teatro mientras va y viene por el escenario como si arrastrase su amargura sin necesidad de poner los pies en el suelo. Un retrato, contado con la entonación con la que se entonan las historias más hermosas aunque sean también las más tristes, en el que brillan los destellos de una existencia en la que ella era timón y faro sin necesidad de darse importancia, con la misma naturalidad con la que afloraba su belleza, con esa entereza ejemplar que mantuvo incluso para enfrentarse a una 'agonía' que iba mucho más allá de un poema de Ungeretti.
No importa que todos seamos conscientes de lo que va a suceder, por momentos quieres que Nicolás cierre el relato en uno de esos momentos en los que aún se aferraba al lado menos cruel del diagnóstico. Pero incluso en esas páginas finales ella acude al rescate con una frase que resume como pocas el talante de la señora de rojo: "al menos he sido feliz durante 48 años, otras personas no son felices ni 48 horas en toda la vida". Toda una lección vital en medio de la congoja ahogada que a esa hora incendia las emociones en el patio de butacas.
Puedo imaginar a Sacristán con la ilusión de un principiante ante semejante desafío, empapándose de ese texto, metiéndose en la piel de Nicolás, moldeando a un personaje en el que intuimos la figura de Miguel Delibes escribiendo silencios y masticando la tinta para que las palabras contuvieran la rabia ante tan injusto destino. Nadie como Delibes podía trazar con tanta maestría un relato cuyo desenlace inevitable todos conocemos pero que avanza paso a paso para ir describiendo una majestuosa declaración de amor y de duelo, de ternura desconsolada y, sobre todo, de admiración infinita por la compañera que se queda a mitad de camino.
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| Foto: pentacion.com |
Puedo imaginar al Actor -véase la intención de la mayúscula- poniendo los cimientos y construyendo palmo a palmo un personaje como el de Nicolás, perfilando cada frase, cada gesto y cada silencio para que participemos de su dolor, pero también para que podamos descubrir a través de su dolor a la verdadera protagonista de la historia. Para que podamos siquiera atisbar la dimensión de una mujer capaz de hacer bajar a los ángeles que se posaron en la paleta de Nicolás en otros tiempos.
Porque el retrato de Ana es el que la voz de Sacristán, al dictado de Delibes, nos pinta con maestría a base de pequeñas pinceladas de la vida en común que van quedando en el lienzo del teatro mientras va y viene por el escenario como si arrastrase su amargura sin necesidad de poner los pies en el suelo. Un retrato, contado con la entonación con la que se entonan las historias más hermosas aunque sean también las más tristes, en el que brillan los destellos de una existencia en la que ella era timón y faro sin necesidad de darse importancia, con la misma naturalidad con la que afloraba su belleza, con esa entereza ejemplar que mantuvo incluso para enfrentarse a una 'agonía' que iba mucho más allá de un poema de Ungeretti.
No importa que todos seamos conscientes de lo que va a suceder, por momentos quieres que Nicolás cierre el relato en uno de esos momentos en los que aún se aferraba al lado menos cruel del diagnóstico. Pero incluso en esas páginas finales ella acude al rescate con una frase que resume como pocas el talante de la señora de rojo: "al menos he sido feliz durante 48 años, otras personas no son felices ni 48 horas en toda la vida". Toda una lección vital en medio de la congoja ahogada que a esa hora incendia las emociones en el patio de butacas.
UN INHIBIDOR DE MÓVILES Y TOSES
La maestría de Sacristán, como los grandes de la escena, tiene que ver con su capacidad para meterse en un personaje y para meter en ese personaje al público. No era necesario añadir más dolor al dolor del personaje. Y eso era lo que provocaba cada golpe de tos que emergía una y otra vez desde el publico. Una y otra vez, como pinchazos que se clavaban en la piel del Actor y reflejaban en su rostro y en sus gestos el dolor. No se necesitan 80 años para conseguirlo, pero añado a los méritos de Sacristán su capacidad para diluir el dolor de cada golpe de tos en el dolor de Nicolás mientras revivía la tragedia provocada por la pérdida de la 'Señora de rojo'.
Sería deseable que antes de 80 años los teatros estuvieran dotados de inhibidores de móviles y de toses. Mientras tanto propongo exámenes médicos que acrediten la capacidad de los espectadores para soportar una hora y media sin toses, carrasperas o gargarismos ruidosos de cualquier tipo que distorsionen el magnífico trabajo del artista. Y si acaso eso no fuera posible sería deseable algo tan sencillo como llevar en el bolsillo media docena de caramelos balsámicos; aunque tal vez bastase con una pizca de consideración para abandonar la sala -por respeto a los demás pero sobre todo por respeto al artista- si la tos fuera incontenible.
jueves, 31 de octubre de 2019
Paulino en "su" estadio
El fútbol no es lo más importante de la vida, pero la vida no sería lo mismo sin fútbol. Desde luego no lo sería en el caso de Paulino Lorenzo Martín (Toledo, 22/06/1935) cuya vida está ligada a su pasión por este deporte.
Un grupo de ex futbolistas de la tierra, con Carlos de Paz al frente, han tenido la feliz idea de organizar un homenaje al que hace muchos años fue su entrenador. Fue un acto sencillo, pero también -pienso- un gesto de enorme grandeza si nos fijamos en el mensaje que querían transmitir.
El valor del evento no se puede medir sin tener en cuenta, por ejemplo, la mirada emocionada de Paulino desde que empezó a ser consciente de la sorpresa que le brindaban sus antiguos pupilos. Pero también en la no menos emocionante sensación compartida de ese grupo de 'veteranos' del Santa y del Toledo cuando recibieron al 'maestro' con una ovación en Venta de Aires y cuando formaron un pasillo sobre el césped de 'su' Salto de Caballo para que hiciera el saque de honor.
Los entrenadores saben muy bien que el fútbol es de los futbolistas. Y también saben -sobre todo los que fueron jugadores antes de llegar al banquillo- que los futbolistas no son precisamente generosos en el juicio que hacen de los entrenadores. Motivos tienen para ello porque de sus decisiones depende jugar o no jugar, hacerlo en una posición o en otra, quedarse en el banquillo, ser reemplazado o incluso ver el partido desde la grada.
En el fútbol español pocos entrenadores han sabido ganarse al vestuario como lo hizo Luis Aragonés. Muy pocos han acaparado como él los elogios de los jugadores. Y menos aún son los que han logrado además ganarse el respeto, la admiración y el cariño de los futbolistas que han tenido a sus órdenes. Paulino Lorenzo es, sin duda, uno de ellos.
Y cuando algo tan excepcional sucede no se debe únicamente a las cualidades deportivas del técnico, a sus dotes como estratega en la pizarra, a la planificación de los partidos y de los entrenamientos, a la capacidad para estudiar a los rivales o para reaccionar ante las situaciones adversas en un encuentro que se tuerce. Esa huella de respeto, admiración y cariño tiene que ver con valores que no se aprenden ni se enseñan en una escuela de entrenadores; tiene que ver con la capacidad de administrar justicia o con la firmeza en la defensa de la caseta en los momentos más complicados. Tiene que ver con los valores humanos, con una dimensión personal que trasciende al banquillo y que crece incluso con el paso del tiempo, cuando los ecos de lo vivido nos permiten comparar la dimensión de las personas que se cruzan por cualquier circunstancia -incluido el fútbol- en nuestro camino.
El tiempo también nos enseña -nunca es tarde- que muchas veces somos incapaces de transmitir los sentimientos a las personas que tenemos más cerca. Seguro que lo había percibido muchas veces, pero desde el domingo Paulino es un poco más consciente del afecto sincero que sienten por él esos jugadores y, de paso, comprobó también desde ahí abajo el cariño de la afición del CD Toledo.
A Paulino no hay que explicarle lo ingrato que puede ser el fútbol. Nunca será compensado como merece por todas las horas que le ha dedicado, por los desvelos, preocupaciones y sinsabores que sin duda le tocó sufrir como inquilino de los banquillos. Pero ese grupo de 'veteranos' del Santa y del Toledo acaban de regalarle uno de los momentos más felices que el fútbol le ha brindado en estos primeros 84 años de vida.
Es toledano, es historia viva del fútbol toledano y es también (datos de Valentín de la Fuente) el entrenador que más veces se ha sentado en el banquillo del CD Toledo. Pero además la sencillez y la grandeza del acto del domingo responden con fidelidad a la figura deportiva y humana del personaje. Tal vez por eso, mientras escribía estas pocas lineas como humilde contribución al homenaje, me preguntaba si los toledanos y toledanistas verían con orgullo que su nombre quedase ligado para siempre a "su" Salto del Caballo. Personalmente, lo del Estadio Paulino Lorenzo me suena muy bien sobre todo pensando en el día -que llegará- en el que volvamos a contar desde ese lugar nuevas gestas históricas del CD Toledo.
Un grupo de ex futbolistas de la tierra, con Carlos de Paz al frente, han tenido la feliz idea de organizar un homenaje al que hace muchos años fue su entrenador. Fue un acto sencillo, pero también -pienso- un gesto de enorme grandeza si nos fijamos en el mensaje que querían transmitir.
El valor del evento no se puede medir sin tener en cuenta, por ejemplo, la mirada emocionada de Paulino desde que empezó a ser consciente de la sorpresa que le brindaban sus antiguos pupilos. Pero también en la no menos emocionante sensación compartida de ese grupo de 'veteranos' del Santa y del Toledo cuando recibieron al 'maestro' con una ovación en Venta de Aires y cuando formaron un pasillo sobre el césped de 'su' Salto de Caballo para que hiciera el saque de honor.
Los entrenadores saben muy bien que el fútbol es de los futbolistas. Y también saben -sobre todo los que fueron jugadores antes de llegar al banquillo- que los futbolistas no son precisamente generosos en el juicio que hacen de los entrenadores. Motivos tienen para ello porque de sus decisiones depende jugar o no jugar, hacerlo en una posición o en otra, quedarse en el banquillo, ser reemplazado o incluso ver el partido desde la grada.
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| Foto. H.Fraile (ABC TOLEDO) |
En el fútbol español pocos entrenadores han sabido ganarse al vestuario como lo hizo Luis Aragonés. Muy pocos han acaparado como él los elogios de los jugadores. Y menos aún son los que han logrado además ganarse el respeto, la admiración y el cariño de los futbolistas que han tenido a sus órdenes. Paulino Lorenzo es, sin duda, uno de ellos.
Y cuando algo tan excepcional sucede no se debe únicamente a las cualidades deportivas del técnico, a sus dotes como estratega en la pizarra, a la planificación de los partidos y de los entrenamientos, a la capacidad para estudiar a los rivales o para reaccionar ante las situaciones adversas en un encuentro que se tuerce. Esa huella de respeto, admiración y cariño tiene que ver con valores que no se aprenden ni se enseñan en una escuela de entrenadores; tiene que ver con la capacidad de administrar justicia o con la firmeza en la defensa de la caseta en los momentos más complicados. Tiene que ver con los valores humanos, con una dimensión personal que trasciende al banquillo y que crece incluso con el paso del tiempo, cuando los ecos de lo vivido nos permiten comparar la dimensión de las personas que se cruzan por cualquier circunstancia -incluido el fútbol- en nuestro camino.
El tiempo también nos enseña -nunca es tarde- que muchas veces somos incapaces de transmitir los sentimientos a las personas que tenemos más cerca. Seguro que lo había percibido muchas veces, pero desde el domingo Paulino es un poco más consciente del afecto sincero que sienten por él esos jugadores y, de paso, comprobó también desde ahí abajo el cariño de la afición del CD Toledo.
A Paulino no hay que explicarle lo ingrato que puede ser el fútbol. Nunca será compensado como merece por todas las horas que le ha dedicado, por los desvelos, preocupaciones y sinsabores que sin duda le tocó sufrir como inquilino de los banquillos. Pero ese grupo de 'veteranos' del Santa y del Toledo acaban de regalarle uno de los momentos más felices que el fútbol le ha brindado en estos primeros 84 años de vida.
Es toledano, es historia viva del fútbol toledano y es también (datos de Valentín de la Fuente) el entrenador que más veces se ha sentado en el banquillo del CD Toledo. Pero además la sencillez y la grandeza del acto del domingo responden con fidelidad a la figura deportiva y humana del personaje. Tal vez por eso, mientras escribía estas pocas lineas como humilde contribución al homenaje, me preguntaba si los toledanos y toledanistas verían con orgullo que su nombre quedase ligado para siempre a "su" Salto del Caballo. Personalmente, lo del Estadio Paulino Lorenzo me suena muy bien sobre todo pensando en el día -que llegará- en el que volvamos a contar desde ese lugar nuevas gestas históricas del CD Toledo.
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