No aprenderemos, no es verdad. Hay asignaturas que siempre dejamos para septiembre y exámenes en los que nunca pasaremos del cinco raspado aunque creamos conocer al dedillo la lección. Siempre son otros los que resultan asaltados a traición por un golpe del destino. En algunos casos, la conmoción es más cercana y nos recuerda hasta que punto son intrascendentes tantos desvelos cotidianos, hasta que punto son sustanciales todos esos detalles -también cotidianos- que relegamos a la categoría de secundarios.
Por momentos, entendemos la fragilidad de los cimientos sobre los que se asientan las más firmes convicciones, reparamos por un instante en la finísima línea que separa el todo de la nada y constatamos que no hay nada más permanente e inamovible que la provisionalidad de las cosas.
Luego llega la noche, nos acurrucamos con nuestras miserias y abrazamos los miedos que nunca sacamos de la mochila. Por la mañana, la inercia nos lleva a lanzarnos por ese sendero que nos permite sobrevivir; el camino que discurre paralelo -aunque a imprudente distancia- de ese otro, el de la vida misma, que aspiramos a recorrer algún día.
Este blog brotó a la sombra de una carta de amor. Asunto recurrente para volver a adentrarme en terrenos pantanosos en estos días en los que San Valentín nos asalta por tierra, mar y aire.
No hay estadísticas que avalen la teoría, pero hay quien sostiene que el día de los enamorados desata más conflictos de pareja que pasiones de alcoba. Desde luego, la avalancha publicitaria descarta el recurso al despiste para incumplir con el compromiso ligado a la fecha. Aunque tengo un amigo que ya le ha encontrado la ventaja al asunto y asegura que aprovechó el último 14-F para dar la puntilla a una de esas relaciones que no sabes como rematar.
La sobreactuación suele desembocar en el mismo territorio del fracaso que la apatía. El almíbar es un ingrediente que requiere cierta destreza y rara vez aciertan con la dosis los reposteros ocasionales. El romanticismo impostado parece tan poco aconsejable como el fanatismo anti-cupido, capaz de alzar banderas contra cualquier atisbo de cariño que pudiera confundirse -horror- con la cursilería. La casuística amorosa es tan amplia como la tipología de las relaciones de pareja, sin que necesariamente coincidan ambas circunstancias. El amor, si es que existiera, debería darnos las claves para manejarnos con cierta destreza, pero la guía práctica -pendiente de elaborar- para sobrevivir a San Valentín tendría que calibrar el tratamiento que a cada caso convenga.
Hay amores imposibles, irresistibles, impensables, irresponsables...
Hay amores que nunca debieron ser y otros que nunca llegan, hay amores de ida y vuelta, amores a los que siempre estamos volviendo, amores escondidos a la vista de todos...
Hay amores dormidos entre las páginas de un libro, amores que se resbalan entre los dedos, hay amores idílicos, amores carnales, amores de carne y hueso...
Hay amores a los que un día dijimos adiós desde el andén, amores que nunca quisimos ver aunque estuvieran delante, hay amores que nunca existieron y que jamás podremos olvidar.
Hay quien ha llegado a asegurar que hay amores reales, amores de verdad, indestructibles, eternos, amores de toda la vida y más allá. Dicen que se han dado casos, pero ni siquiera ellos tuvieron garantizado superar el trance de San Valentín sin morir en el intento.
Mi amigo Jorge, que sabe de esto, se preocupa por la 'sequía' en estas tierras del blog. Tiene razón. Dos meses largos en blanco, según compruebo ahora. Será que no ha caído ni gota de inspiración. Será que había poca cosa que decir, será que había muy poco que aportar, será que hay cosas que no se pueden decir, cosas que no sabría contar y cosas que no vienen a cuento. Será que hay cosas que me interesan muy poco y otras que no interesan a nadie.
Mañana de niebla en Jorquera, Albacete
Seguramente tampoco interese a casi nadie esta reflexión insustancial en pleno tránsito entre el año que se va y el que ya tenemos aquí, pero es lo que tengo más a mano. Al fin y al cabo es algo que todos hacemos, supongo, en estos días de balances y de buenos propósitos.
2016 nos ha curtido en esa destreza natural que a algunos -es el caso- nos lleva a tropezar una y mil veces en el mismo canto. Hemos despejado incógnitas, hemos sembrado dudas, hemos amado por encima de nuestras posibilidades, hemos abrazado menos de la cuenta y nos hemos dejado querer, incluso sin querer. Hemos caído en las garras de la procastinación yhemos abierto la puerta a la soledad cada vez que se pasó por casa a visitarnos. Hemos nadado en los mares de la torpeza hasta morir en la orilla y seguimos buscando el antídoto contra la picadura de la cobra. También aprendimos a volar sin levantar los pies del suelo y ellos -los que siempre están- han seguido al lado. Menos mal. Hemos puesto las ies sobre los puntos y hemos comprobado de nuevo que, con la edad, la paciencia es una virtud en retirada. Será por eso que cada vez somos más intransigentes con los que nunca se comprometen, con los que siempre te comprometen, con los que nunca dicen lo que piensan, con los que nunca piensan lo que dicen, con los que lo saben todo, con los que no quieren saber nada. Hemos alimentado sueños imposibles y hemos renunciado a otros que una vez creímos rozar con la punta de los dedos.
Nada especial, como ves, amigo Jorge. Lo habitual para recibir a este 2017 que se nos viene encima sin tregua y sin remedio, pero con vino y rosas por compartir, con paisajes que descubrir y con besos que esperan ser rescatados. Empezamos el año instalados definitivamente en la provisionalidad, que visto lo visto habrá que asumir como el estado natural de las cosas.
En general leo y percibo estos días más sombras que luces en los balances de lo vivido y en las perspectivas de lo que nos espera. Pero conviene recordar que el sol casi siempre acaba por abrirse paso entre la niebla. Sin dejar de lado otra cuestión que tal vez no valoramos lo suficiente: seguimos aquí para contarlo. Que no es poca cosa.
Aún quedan en algún rincón del trastero unas pocas carpetas que lograron sobrevivir a tempestades y naufragios. Guardan apuntes de un tiempo en el que casi todo estaba por escribir. Y con ellos, aquellos sueños que también nos sirvieron para afrontar los exámenes más complicados.
En la Facultad de entonces, como ahora, no aprendes a ser periodista; en realidad eso no se aprende nunca aunque cada día sea una nueva lección. Tal como lo recuerdo, la experiencia universitaria servía fundamentalmente para alimentar vocaciones o, según el caso, para sofocarlas.
Han pasado 25 años y Marisa, la misma que tiraba del grupo entonces, se ha subido de nuevo a las tablas para poner en escena 'El reencuentro'.
Fuimos universitarios sin móviles, sin internet, sin correos, sin redes sociales... Pero teníamos los apuntes y ya se habían inventado las fotocopiadoras. Cinco lustros después, si nos fijamos un instante, podemos leer entre líneas que era mucho más lo que compartíamos en esos folios. Incluso los borrones más negros de algunas de aquellas páginas han dejado lecciones vitales. 'El reencuentro' me ha recordado que seguramente no le di todo el valor que tenían entonces los apuntes. Supongo que eso no se compensa con unas pocas líneas en un blog, pero dejo aquí constancia de una gratitud sincera por esta huella que ha quedado; aunque no puedo evitar la sensación de que también hay algo de lamento por tantos momentos no compartidos en estos años.
25 años, así, de golpe, de repente, sin avisar, sin anestesia...En todo caso, las arrugas y las canas son un buen antídoto contra el pudor y hasta apetece confesar que hay emociones que no puedes ni quieres contener; ocurre con personas a las que seguramente quieres mas de lo que tu mismo pensabas. Escrito quedó en los apuntes.
No son muchos ni pocos. Los justos para llegar hasta aquí.
El tiempo exacto para haber aprendido unas pocas cosas e ignorar muchas más.
Lo necesario para entender que sabemos muy poco de casi todo y de lo demás no sabemos nada.
Que aquí estamos, mientras no se demuestre lo contrario. Que lo que no puede ser no puede ser y además casi siempre es posible.
Que lo imposible cuesta un poco más.
Que la luna está ahí por algo.
Que la experiencia nos enseña a perfeccionar el estilo para tropezar en la misma piedra.
Que las circunstancias son las que son y lo demás son excusas.
Que sin pasión puede ser, pero no será lo mismo.
Que la felicidad no se gana partido a partido.
Que el mejor vino no sabe a nada si no lo compartes.
Que ellas siempre tienen razón.
Que los abrazos no curan, pero calientan.
Que solo falla el que que lanza el penalti.
Que mereció la pena. Que pedimos la última y nos vamos.
Hagamos un paréntesis en la apasionante cacería del pokemon para adentrarnos en el mundo de las reflexiones intrascendentes.
Seguramente no se ha abordado lo suficiente el valor del 'paréntesis', como concepto general. Tratemos de poner algo de luz en la cuestión. Es lo que tiene el paréntesis vacacional; nos empeñamos tanto en desconectar que a veces nos vemos transitando por terrenos escarpados a los que no sabemos como hemos ido a parar y en serio riesgo de despeñarnos.
Hay paréntesis -aplíquese a la escritura o a la vida en general- que lo explican todo, otros que no aportan nada y unos cuantos que no vienen a cuento.
Si nos fijamos bien, nos pasamos la vida deambulando entre paréntesis: aquél amor de verano, la mili, la Universidad, el matrimonio...
En muchos casos son inevitables y no cabe más opción que tratar de sacar el máximo provecho de ellos o minimizar los daños que nos causan. Podría decirse que la felicidad está condicionada en gran medida por la capacidad de estirar o achicar, según el caso, ese espacio/tiempo.
Otros los decidimos de manera más o menos voluntaria; siempre las circunstancias deciden con nosotros y no siempre acertamos en el porcentaje de influencia que dejamos en sus manos.
Con carácter general, se podría decir que el abuso del paréntesis provoca una sensación inevitable de atropello permanente, de avanzar a trompiciones. En el otro lado hay que situar a los que administran con racanería el uso y disfrute del paréntesis. Anteponen la experiencia a la esperanza y, aunque a veces no lo sepan, dejan de lado esa oportunidad que nunca dejan de soñar. O peor aún, caen en la cuenta de ello y quedan instalados en la duda, en ese regusto amargo de lo que pudo haber sido.
Es importante evitar atascos. Sucede cuando nos empeñamos en abrir paréntesis dentro de los paréntesis, es decir sin cerrar el anterior. Tratamos de contar o de vivir una historia dentro de otra historia, mezclamos la principal con la subordinada y en vez de enriquecerel relato lo hacemos confuso, por momentos ininteligible; finalmentehabrá que volver atrás cuando caigamos en la cuenta de que incluso nosotros, que supuestamente sabemos lo que queremos contar o vivir, hemos perdido el hilo.
Si reparamos en ello, veremos que algunos de los momentos más hermosos de la vida ocurren entre paréntesis. Bueno sería, por tanto, echar mano de fórmulas que nos permitieran encontrar el momento y el tiempo adecuado, sin forzar la apertura ni renunciar -llegado el caso- al cierre, mimando como merece la experiencia vital que acontece. Lo siento, es evidente que no conozco esas fórmulas; si acaso, cabe recordar que hay reglas gramaticales a las que estamos sometidos en el uso de los signos de puntuación y hay normas no escritas que intervienen en ese otro uso del concepto que nos ocupa. No está admitido ni tiene sentido colocarlos entre sílabas o letras de una misma palabra; de la misma manera que nos pueden hacer paréntesis -pongamos por caso- en el am ( ) or. A la vista está.
Los paréntesis sirven en muchas ocasiones para aportar información complementaria o una aclaración. No es el caso, lo sé, pero el mundo blog te permite estas licencias.
Volvamos a la tarea, que Pikachu no entiende de incisos.
PD. Estas cosas de la vida pueden ser tan complicadas o sencillas como bailar un vals. El Kanka lo explica con mucho estilo.
Mi borracho de cabecera está sembrado últimamente; desde que descubrí los chupitos de jägermeister la terapia me sale mucho más barata comparada con la noche de copas.
Admiro la capacidad de este tipo para destilar el alcohol en el cerebro; la única resaca que recuerdo provocada por ese brebaje maldito aún me taladra alguna neurona que logró sobrevivir a una noche de San Valentín en la que salí de casa con aspiraciones de príncipe azul y regresé convertido en repugnante sapo verde; sospecho que los besos que nunca dimos nos persiguen ya para siempre.
Pero mi psicoanalista de barra, experto catador de venenos, se viene arriba con el castigo; su lucidez es tanto mayor cuanto más se aproxima a lo que para cualquiera sería un coma etílico. En esos momentos desborda una extraordinaria capacidad de persuasión y puede conseguir, por ejemplo, que te vayas a casa con la certeza de que estás en perfectas condiciones para conducir o incluso convencido de que no hay sueños imposibles ni motivos para dejar de luchar por ellos.
Anoche incluso consiguió que me comprometiera a dejar constancia por escrito de las bondades del tratamiento por si pudiera ampliar, dice, su cartera de clientes. No seré yo el que afirme la eficacia de sus reflexiones, pero al menos la ocasión me permite seguir estirando el repertorio de este espacio que, como tengo dicho, no es más que un ejercicio mental para el desahogo con un toque de provocación.
O dicho de otra forma, todo lo anterior no es más que una excusa para acercarme a la temática de una de esas canciones que se aparecen por algún motivo y que me apetecía compartir; he elegido esta versión en la que queda bien reflejado aquello que dijo de ella Sabina: Quien pudiera reír como llora Chavela.