miércoles, 16 de junio de 2021

Del Brujo

Hace ya unos días que pasó por Toledo y yo tenía algunas notas que me permito compartir. Ya me pareció deslumbrante cuando fue Búfalo, un personaje al que ni siquiera Paco Rabal eclipsaba totalmente. Rafael Álvarez, el Brujo, daba vida a un limpiabotas que ejercía de ángel de la guarda del maestro 'Juncal' en una de esas series de culto (1984) a la que todos deberíamos volver alguna vez. 
Incluso con una memoria como la mía, aún hoy podría elaborar una breve reseña con el argumento de aquella historia entrañable. Sin embargo, sales del Auditorio El Greco y resulta mucho más complicado explicar lo que ocurre en la hora y media que El Brujo emplea para poner en escena 'Dos tablas y una pasión'
elbrujo.es
Ni siquiera parece procedente recurrir al tópico para hablar de teatro en estado puro, porque lo suyo es otra cosa. Y tampoco podemos dar por buena su propia definición, aunque en varios momentos de la obra proclame que ese espectáculo al que estamos asistiendo es 'teatro moderno'. Demasiado abstracto o demasiado sencillo para quedarnos sin más con la explicación aunque lo proponga el mismísimo protagonista. 
Lo bueno del caso es que tampoco se hace imprescindible clasificar o definir ese despliegue de ingenio. El Brujo es, sin duda, un personaje singular, seguramente único y hasta insólito. Y lo suyo -por decirlo de alguna manera- es una explosión de genialidad delirante, pero sobre todo de genialidad. Solo así se entiende que ese tipo -al que han confundido con Einstein o Punset- sea capaz de transitar entre  siglos cual ágil saltimbanqui, con piruetas dialécticas de ida y vuelta para propiciar el encuentro con Santa Teresa o Cospedal, para evocar o provocar a Cervantes, a don Quijote o García-Page, para recitar a Calderón, desenmascarar a Shakespeare o proclamar su simonitis una vez que Fernando Simón empezó a hacer algún paréntesis en su presencia permanente en pantalla. 
El Brujo puede deambular -sin darse importancia- entre el barroco y lo que ha sucedido esta misma mañana con la sabiduría pícara del Lazarillo, descarnadamente sutil en sus reflexiones, con la dosis justa de acidez y con un sentido del humor afinado y atinado. Sublime, sin más. 
Ni me veo capaz de hacerlo ni parece oportuno meterse en sesudas disquisiciones sobre una obra de teatro como esta. No difiere mucho, ni falta que hace, de otras que han surgido de su desbordante creatividad, barnizada por la convulsión -propia y ajena- que ha dejado en el mundo este tiempo de pandemia, miedos y confinamiento. Tampoco es relevante. El Brujo puede perder el hilo o inventarse uno nuevo sobre la marcha. Y no importa si la improvisación es cierta o está meticulosamente preparada, el relato mantiene todo el encanto más allá de una coherencia que solo se explica por el influjo de ese teatro que destila ese tipo de los pelos alborotados que se mueve por el escenario como si jamás hubiera pisado cualquier otro lugar del mundo que no estuviera detrás de un telón. 
El teatro del Brujo es Teatro, con mayúsculas. En el Siglo de Oro y durante mucho tiempo se acuñó y se aplicó asiduamente una especie de sello de calidad. 'Es de Lope' se decía para distinguir a las mejores obras teatrales, aunque con el tiempo terminó extendiéndose a otras manifestaciones artísticas o culturales; cualquier espectáculo brillante pasó a entrar el en catálogo de algo bien hecho, a la altura de Lope de Vega, aunque nada tuviera que ver su creación o ejecución. Tal vez, con el tiempo, cuando salgamos una noche del teatro con una sensación similar a la que nos dejó Dos tablas y una pasión, tendremos que decir que la obra 'es del Brujo', aunque solo sea para rememorar esa hora y media de delirante genialidad con la que un día del mes de mayo de 2021 nos deslumbró en un escenario de Toledo un tal Rafael Álvarez.

viernes, 30 de abril de 2021

Nada

Nada, de Carmen Laforet, fue una de aquellas primeras novelas de juventud a las que te acercas por obligación y acaba convirtiéndose en uno de los motivos que te llevan a leer por devoción. Volvió a mis manos por casualidad hace unos días y creo que volveré a leerla, aunque nunca sabes si el reencuentro removerá o enturbiará el poso que dejó aquella obra en mi yo adolescente. Habrá que asumir el riesgo. 
Salvo que la relectura dicte otra cosa, guardo el recuerdo de la sencillez narrativa de una escritora muy joven. Con el tiempo valoras más las cosas sencillas y también el talento de los que saben contarlas. 
El título también era un buen escaparate para el relato de una realidad en la que aparentemente no ocurría 'nada' relevante, aunque en el fondo la historia tenía una fuerza enorme y era también el retrato de la resignación con la que se asumía la vida cotidiana en aquella España sombría de posguerra.  
En todo caso, la cuestión no es esa. El título de la novela es solo una excusa para transitar hacia una idea, seguramente ingenua, basada en una especie de anhelo por los 'días en blanco'. O dicho de otra manera, por el vano intento de emprender una rebelión contra la dictadura del acontecimiento. La sucesión de tareas -las que tenemos de verdad y las otras- ocupan nuestro tiempo, invaden el territorio de los tiempos muertos y hasta se cuelan en los sueños. 

Asumo sin complejos que incumpliré cualquier propósito que me plantee al respecto, pero reconozcamos que no estaría tan mal un día para no hacer nada, en el buen sentido de la expresión. Estaría bien -supongo- un día en el que nos dediquemos solamente a pasar el día. Un día para aprender a disfrutar del aburrimiento, para bostezar a pulmón abierto, para sacar a la pereza de la lista de pecados capitales. Un día para destrozar el sofá sin compasión y, a ser posible, con la complicidad de esa persona con la que no solo te apetece hacer planes sino también borrarlos de la agenda.
Un día que no pase a la historia, que no nos deje motivos grandiosos para recordarlo toda la vida ni razones para tratar de olvidarlo. Un día sin nada que explicar y sin explicaciones que pedir. Un día sin decisiones vitales que tomar, en el que lo más importante sea elegir entre el blanco o el tinto.
Un día de esos que nunca se dan, salvo que un día se demuestre lo contrario. Sin actividades extraescolares ni una final de la Champions que nos ponga de los nervios. Un día del que no esperemos nada y en el que el mundo no espere nada de nosotros. Un día sin fuegos de artificio y en el que -incluso si el enemigo se pone a tiro- solo disparemos balas de fogueo. Un día sin una ínsula que gobernar, sin ejercer de héroe o de villano, sin una escoba que vender ni una cana que echar al aire. 
Un día sin nada que escribir en el blog ni paisajes bucólicos que exhibir en instagram.
Un día sin nada que decir, de esos que no nos dicen nada. 
Un día sin coronas ni cadenas
Un día para no tener envidia de los que nunca hacen nada. 
Un día de esos que pasan sin pena ni gloria y tampoco pasa nada.

  

viernes, 2 de abril de 2021

Contarlo para vivir

Punto y aparte. Pasamos al párrafo siguiente y nos adentramos en un nuevo capítulo de esta historia basada en hechos supuestamente reales. Se fue marzo con la estela de recuerdos que nos devuelven al punto de partida de este episodio vital que aún cuesta creer. Pero sí, parece que podemos dar por cierto que seguimos en ruta, que no es poca cosa teniendo en cuenta que la vida se empeña en recordarnos que corremos el riesgo de derrapar en cada curva sin que necesariamente sea consecuencia del exceso de velocidad o de una conducción temeraria. 
Vivimos para contarlo, mientras nos se demuestro lo contrario. Y no se me ocurre mejor motivo para hacerle caso a una amiga que me dice que tenemos que seguir escribiendo. Entiendo que para ella también ha tenido algo de terapéutico en un momento especialmente dramático. 
Amanecer, Olías del Rey
Nunca he tenido muy claro si escribimos por placer o por necesidad. Tanto da. Tampoco puedo afirmar que esto de escribir sea una búsqueda, al menos no podría explicar qué pretende uno encontrar en el proceso. Parece claro, en todo caso, que es una fórmula -imperfecta desde luego- para expresar emociones o para camuflarlas, según el caso, aunque eso implica ponerlas al alcance de cualquiera y dejarlas al albur de su entendimiento o sensibilidad que posiblemente poco tiene que ver con la que uno trataba transmitir. 
Es posible que sea solo un pasatiempo, un puzzle o un tetris en el que movemos y giramos las piezas para tratar de encajar unas con otras. Escribir es un juego, de palabras por supuesto, que nos reta a experimentar con ellas, a convertirlas en besos o en puñales, en caricias o arañazos, en destellos, sombras, blancos, grises... Buscamos acomodo para las palabras en un crucigrama, en la estrofa de una canción, en un verso suelto, en un pliego de descargo, en una carta de amor... 
Escribimos porque un día tropezamos con una frase y arrancamos con ella una sonrisa o una lágrima. Escribimos porque le hemos cogido el gusto a esto de retorcer renglones sin tener que dar cuenta de ello a nadie. Escribimos porque el blog nos llama de cuando en vez y es posible que algún día incluso se nos ocurra algo nuevo que aportar. Mientras tanto seguimos en la rotonda, dándole vueltas al mismo asunto sin que tenga mayor sentido encontrar la salida adecuada. 
Escribimos porque no queremos perder el hilo del relato o porque tal vez, si perseveramos en el intento, es posible que lo encontremos por fin algún día. Escribimos porque toca, porque siempre sale el sol y en Viernes Santo reina la pasión. Escribimos para contarlo. O tal vez sea -amiga Alicia- que lo contamos para vivir, para sentirnos vivos.

domingo, 14 de febrero de 2021

14-F, ese dilema

San Valentín se nos viene encima, ajeno a pandemias y dispuesto a desafiar a los temporales que el amor desencadena. Y aunque el origen de este blog fuera una carta de amor, surge una vez más el dilema. Nunca sabes si procede o no dejarse caer por un recurso temático que, en buena medida, puede devenir en campo de minas, a base de deambular entre palabras y expresiones capaces de hacer saltar por los aires el discurso más sentido. 
Es evidente, además, que poco o nada puede uno aportar a la cuestión amorosa, al menos desde el punto de vista teórico. O visto de otra manera, lo que uno pudiera decir sobre el amor ya está dicho y seguro que con más tino, 
Pero también dijo Aute que todas las canciones hablan del amor y parece inevitable dejarse arrastrar una vez más por ese influjo del 14 F que nos invita a celebrar o a ignorar -según el caso- tan simbólica fecha. Ni supimos ni queremos resistirnos -al menos no del todo- a dejar que aflore ese lado 'moña' que llevamos dentro, aún a riesgo de volver a lugares comunes, a evocaciones que ya surgieron por estas fechas y en estas tierras de presunta fertilidad creativa vinculada a los caprichos del tal Cupido. 
San Valentín no puede ser la excusa para volver a ocuparnos del amor, pero tampoco debiera convertirse en el pretexto para dejar de hacerlo. Al fin y al cabo estas licencias blogueras solo son una maniobra de distracción, un brindis al sol y a la luna llena, un postureo inocente para emociones confinadas, un marcapasos literario para corazones inquietos. 
Lo que cuenta -también en San Valentín- es lo que nunca diremos, lo que solo se entiende en ese lenguaje de la complicidad compartida, esa frase que queda escrita para siempre en un susurro. 







jueves, 28 de enero de 2021

Oxímetros y palas

El coronavirus nos dejó un oxímetro en el cajón y Filomena una pala en el garaje. Hay utensilios que no conocíamos y herramientas a las que no habríamos encontrado utilidad en condiciones normales. Es lo que tienen las pandemias mundiales y las nevadas históricas seguidas por temperaturas polares. 
Entramos en el nuevo año con ansías de cambio de ciclo, pero seguimos cabalgando a lomos de la convulsión y la incertidumbre. Aderezamos estos tiempos insólitos poniendo también nuestra propia dosis de sorpresa a la receta con la que desafiamos miedos pero también alimentamos sueños en el tránsito por este 2021 que nos mantiene en vilo. 
Salimos a navegar en medio de la tempestad agarrados con fuerza a la barandilla para soportar el vaivén del oleaje y tratamos de mantenernos firmes en cubierta, convencidos de que el horizonte -más pronto que tarde o más tarde que nunca- nos mostrará la silueta de una orilla propicia para naufragar. 
prensalibre.com
prensalibre.com
Avanza enero sin prisas pero con pausas. Le ponemos un toque de locura a la razón que nos aplasta, nos abonamos a la moderación apasionada y a la prudencia edulcorada. Disponemos el plan metódico ante la ofensiva que ha de llegar y desplegamos la artillería sobre el gran Muro de Poniente para hacer frente al inminente asalto de los caminantes blancos.
Con la pala podemos despejar el camino, aunque tiene escasa utilidad frente a los patinazos en las placas de hielo y poco puede hacer para combatir el peligro de los chuzos de punta que cuelgan de las cornisas.  El oxímetro mide la saturación de oxígeno en la sangre, aunque no dice gran cosa -seguramente nada relevante- sobre la pasión que recorre nuestras venas
Entre pandemias y temporales algo hemos aprendido en estos meses, aunque todavía no lo sepamos. Tal vez por eso, ni siquiera aspiramos a explicarlo, al menos por ahora. Ni el oxímetro nos puede librar de la Covid19 ni la pala de las tormentas feroces de nombre grotesco, pero a veces las pequeñas cosas se convierten en un enorme aliado frente a las más grandes adversidades. En algunas ocasiones los detalles minúsculos, los aparentemente más sencillos, son los que dan grandeza al relato, a esa parte de la historia que siempre está por escribir.

jueves, 31 de diciembre de 2020

De lo escrito y los epílogos imposibles

Por mucho que me empeñase -no es el caso- sería incapaz de poner un epílogo a la altura de un año como este. Lo que había que decir ya está escrito y los silencios se han quedado en su sitio porque no tendría sentido convertirlos en otra cosa. 
No hace falta decir que este 2020 ha sido un año especial y/o excepcional para saber que tardaremos en asumir plenamente la huella que ha dejado en el mundo y en nuestro mundo este tiempo que tratamos de desentrañar y del que tal vez seamos capaces de extraer algunas enseñanzas de provecho.
A falta de mejores argumentos, tal vez proceda rescatar algunas pinceladas blogueras, aunque pueda parecer feo lo de citarse a uno mismo; al fin y al cabo nos pasamos la vida reescribiendo y dándole vueltas a las mismas historias. Siguiendo el rastro de ese poso que dejó por este territorio el año que vivimos peligrosamente, caes en la cuenta de que hay motivos para sentirse feliz por haber llegado hasta aquí. Hasta te puedes sorprender cuando lees ciertas cosas y descubres que lo dicho en enero parece cobrar una dimensión que ni siquiera imaginabas pero que tal vez tenga ahora todo el sentido.

Noviembre:
Toca ponerse serio para ganarle una sonrisa al destino por debajo de la mascarilla; toca ponerse las pilas y vacunarse contra la melancolía.
Ahora, después del punto y aparte, toca adentrarse en el nuevo párrafo para seguir con el relato. Toca escribir para contarlo. 
Octubre: 
Es posible que sea la ocasión para dejarme arrastrar por esa inspiración a la que solo damos rienda suelta en forma de exaltación de la amistad cuando alcanzamos la dosis adecuada de alcohol y nocturnidad
Septiembre:
No vendría a cuento distraernos con la melancolía, ni dejar que el miedo o la resignación ganen la batalla más importante que nos queda por librar, la del día a día. Y al menos de momento, queda demasiado lejos el invierno como para empezar a planear ese tiempo en el que tal vez la vida nos regale la oportunidad de acurrucarnos frente a la chimenea junto al amor de verano que llegó para quedarse.
Agosto:
Estoy aprendiendo a decir adiós cada vez que llego a un lugar para no tener que despedirme cuando decido marcharme. 
Ya casi nunca escribo entre líneas pero estoy tratando de aprender a leer los silencios
Con pasión las cosas pueden salir mal, pero sin pasión nunca estarán bien. 
Cuando me pongo más moñas de la cuenta me tomo un par de cucharadas de Jarabe de palo. Mano de santo.
Julio:
El caso es que este mes de julio nos ha hecho aún más expertos en pandemias y nos ha cargado la mochila con viejos y nuevos temores. Pero también nos ha permitido fabricar recuerdos que forman ya parte de las provisiones de las que podremos echar mano para sobrellevar mejor el próximo confinamiento.
Junio:
Se han quedado muchas lágrimas congeladas en las mejillas y demasiados abrazos atrapados en los cajones como para exigirnos ahora coherencia en lo que pensamos o sentimos y no sería de extrañar que entremos en la 'nueva realidad' con el pie cambiado o, peor aún, que nos peguemos de morros contra ella.
Mayo:
Estamos en ese punto de las cosas -de la vida digo- en el que es demasiado pronto para hacer balance y muy tarde para empezar de cero....
Los domingos de pandemia tienen sus cosas. Hasta tratan de hacerte creer que convivir con nuestros miedos y fantasmas forma parte de una nueva rutina. Nos ponen a prueba con dilemas y desafíos para los que no tenemos respuesta y menos aún si pretendemos que sea la respuesta adecuada.
Abril:
Estos domingos de primavera confinada y pandemia se sirven templados y desprenden un aroma entre dramático y surrealista. Tal vez algún día tendremos que asomarnos por este desván en el que vamos acumulando ideas desordenadas y pensamientos desaliñados para asegurarnos de que hubo domingos como este.
...poco a poco, estamos asumiendo que podemos sentirnos tristes a ratos sin que necesariamente tengamos que sentirnos culpables por ello. Sin que tengamos la sensación de estar robando una porción de tristeza que, en justicia, le corresponde a esas otras tragedias y situaciones angustiosas que ya todos conocemos.
Marzo:
Y en ese estado, las ideas y las palabras con las que tratamos de contarlo deambulan por cada frase de la misma manera que nuestros cuerpos se mueven como sombras asustadas por las calles desiertas. El miedo lo impregna todo y no hay manera de explicar lo inexplicable, no podemos sofocar los efectos de este mal sueño por más que tratemos de alcanzar el siguiente punto y aparte pensando que doblaremos la esquina y nos toparemos con la algarabía de una plaza repleta de vida.
Febrero:
En cualquier caso, y aún sabiendo que volveremos a equivocarnos, conviene perseverar en el intento para no privarnos de un vértigo emocional irresistible, de esas sensaciones que nos recuerdan que estamos vivos mientras transitamos por la finísima línea que separa el éxito del fracaso
Enero:
El almanaque nos brinda un buen argumento, o al menos una excusa, para no detenernos demasiado esta vez en el catálogo de esos buenos propósitos que ligamos al año en curso recién inaugurado. Pero a la vista de los giros inesperados que el guión nos tenía reservados en estos dos últimos lustros tampoco parece que tenga mucho sentido empeñarnos en colocar un destino fijo en el navegador. Sobre todo, sabiendo como sabemos, de nuestra natural tendencia a salirnos de la ruta marcada, a perdernos de todas todas. En todo caso, si a pesar de todo hemos encontrado la manera de llegar hasta aquí, tal vez no sea un mal punto de partida perseverar en el empeño de seguir haciendo camino.
Sea. 
FELIZ 2021






domingo, 15 de noviembre de 2020

Reciclaje

Y ahora, cuando la noche ha caído y los sueños duermen, salgo en busca del amanecer. Toca regresar a clase, sentarse de nuevo en el pupitre, volver a la casilla de salida... Toca desafiar a las sombras para tratar de encontrar el camino. 
Toca sacar provecho a ese curso de vuelo que dura ya más de medio siglo para tomar los mandos y despegar, batir las alas y dejar que el viento haga el resto para planear hacia el horizonmte. 
Toca anudarse los zapatos y salir a la pista para bailar un vals tratando de no perder el compás: un, dos, tres, un, dos, tres.... 
Ahora, a estas alturas, toca salir del rincón de pensar. Toca envidar a chica y ver el órdago a pares. Toca lanzar los dados, desafiar al destino y echar el resto. Toca arriesgar y jugarse todo al rojo para recobrar la prudencia. 
Toca quererse más, querer mejor y dejarse querer; toca dejar que hable la piel sin necesidad de decir nada. Toca recolocar los armarios y las ideas, redecorar las paredes con el color del otoño en los árboles y zarpar al alba con viento de levante de 35 nudos. Toca abrir las ventanas y ventilar el alma.
Toca escapar de la resignación, aprender a poner la otra mejilla y partirse la cara con el lucero del alba. 
Toca reubicarse, ponerlo todo patas arriba para colocar cada cosa en su sitio y, si acaso tocara reciclarse, acabar en el contenedor verde, con el vidrio. 
Toca escuchar a todos con atención y darle la última palabra al corazón. Toca apilar la leña junto a la chimenea para acurrucarnos al calor de la hoguera cuando llegue el invierno. Toca apagar incendios, quemar las naves y avivar el fuego de la pasión. 
Toca ponerse serio para ganarle una sonrisa al destino por debajo de la mascarilla; toca ponerse las pilas y vacunarse contra la melancolía.
Ahora, después del punto y aparte, toca adentrarse en el nuevo párrafo para seguir con el relato. Toca escribir para contarlo. 
Toca vivir o, por lo menos, morir en el intento.