jueves, 31 de diciembre de 2020

De lo escrito y los epílogos imposibles

Por mucho que me empeñase -no es el caso- sería incapaz de poner un epílogo a la altura de un año como este. Lo que había que decir ya está escrito y los silencios se han quedado en su sitio porque no tendría sentido convertirlos en otra cosa. 
No hace falta decir que este 2020 ha sido un año especial y/o excepcional para saber que tardaremos en asumir plenamente la huella que ha dejado en el mundo y en nuestro mundo este tiempo que tratamos de desentrañar y del que tal vez seamos capaces de extraer algunas enseñanzas de provecho.
A falta de mejores argumentos, tal vez proceda rescatar algunas pinceladas blogueras, aunque pueda parecer feo lo de citarse a uno mismo; al fin y al cabo nos pasamos la vida reescribiendo y dándole vueltas a las mismas historias. Siguiendo el rastro de ese poso que dejó por este territorio el año que vivimos peligrosamente, caes en la cuenta de que hay motivos para sentirse feliz por haber llegado hasta aquí. Hasta te puedes sorprender cuando lees ciertas cosas y descubres que lo dicho en enero parece cobrar una dimensión que ni siquiera imaginabas pero que tal vez tenga ahora todo el sentido.

Noviembre:
Toca ponerse serio para ganarle una sonrisa al destino por debajo de la mascarilla; toca ponerse las pilas y vacunarse contra la melancolía.
Ahora, después del punto y aparte, toca adentrarse en el nuevo párrafo para seguir con el relato. Toca escribir para contarlo. 
Octubre: 
Es posible que sea la ocasión para dejarme arrastrar por esa inspiración a la que solo damos rienda suelta en forma de exaltación de la amistad cuando alcanzamos la dosis adecuada de alcohol y nocturnidad
Septiembre:
No vendría a cuento distraernos con la melancolía, ni dejar que el miedo o la resignación ganen la batalla más importante que nos queda por librar, la del día a día. Y al menos de momento, queda demasiado lejos el invierno como para empezar a planear ese tiempo en el que tal vez la vida nos regale la oportunidad de acurrucarnos frente a la chimenea junto al amor de verano que llegó para quedarse.
Agosto:
Estoy aprendiendo a decir adiós cada vez que llego a un lugar para no tener que despedirme cuando decido marcharme. 
Ya casi nunca escribo entre líneas pero estoy tratando de aprender a leer los silencios
Con pasión las cosas pueden salir mal, pero sin pasión nunca estarán bien. 
Cuando me pongo más moñas de la cuenta me tomo un par de cucharadas de Jarabe de palo. Mano de santo.
Julio:
El caso es que este mes de julio nos ha hecho aún más expertos en pandemias y nos ha cargado la mochila con viejos y nuevos temores. Pero también nos ha permitido fabricar recuerdos que forman ya parte de las provisiones de las que podremos echar mano para sobrellevar mejor el próximo confinamiento.
Junio:
Se han quedado muchas lágrimas congeladas en las mejillas y demasiados abrazos atrapados en los cajones como para exigirnos ahora coherencia en lo que pensamos o sentimos y no sería de extrañar que entremos en la 'nueva realidad' con el pie cambiado o, peor aún, que nos peguemos de morros contra ella.
Mayo:
Estamos en ese punto de las cosas -de la vida digo- en el que es demasiado pronto para hacer balance y muy tarde para empezar de cero....
Los domingos de pandemia tienen sus cosas. Hasta tratan de hacerte creer que convivir con nuestros miedos y fantasmas forma parte de una nueva rutina. Nos ponen a prueba con dilemas y desafíos para los que no tenemos respuesta y menos aún si pretendemos que sea la respuesta adecuada.
Abril:
Estos domingos de primavera confinada y pandemia se sirven templados y desprenden un aroma entre dramático y surrealista. Tal vez algún día tendremos que asomarnos por este desván en el que vamos acumulando ideas desordenadas y pensamientos desaliñados para asegurarnos de que hubo domingos como este.
...poco a poco, estamos asumiendo que podemos sentirnos tristes a ratos sin que necesariamente tengamos que sentirnos culpables por ello. Sin que tengamos la sensación de estar robando una porción de tristeza que, en justicia, le corresponde a esas otras tragedias y situaciones angustiosas que ya todos conocemos.
Marzo:
Y en ese estado, las ideas y las palabras con las que tratamos de contarlo deambulan por cada frase de la misma manera que nuestros cuerpos se mueven como sombras asustadas por las calles desiertas. El miedo lo impregna todo y no hay manera de explicar lo inexplicable, no podemos sofocar los efectos de este mal sueño por más que tratemos de alcanzar el siguiente punto y aparte pensando que doblaremos la esquina y nos toparemos con la algarabía de una plaza repleta de vida.
Febrero:
En cualquier caso, y aún sabiendo que volveremos a equivocarnos, conviene perseverar en el intento para no privarnos de un vértigo emocional irresistible, de esas sensaciones que nos recuerdan que estamos vivos mientras transitamos por la finísima línea que separa el éxito del fracaso
Enero:
El almanaque nos brinda un buen argumento, o al menos una excusa, para no detenernos demasiado esta vez en el catálogo de esos buenos propósitos que ligamos al año en curso recién inaugurado. Pero a la vista de los giros inesperados que el guión nos tenía reservados en estos dos últimos lustros tampoco parece que tenga mucho sentido empeñarnos en colocar un destino fijo en el navegador. Sobre todo, sabiendo como sabemos, de nuestra natural tendencia a salirnos de la ruta marcada, a perdernos de todas todas. En todo caso, si a pesar de todo hemos encontrado la manera de llegar hasta aquí, tal vez no sea un mal punto de partida perseverar en el empeño de seguir haciendo camino.
Sea. 
FELIZ 2021






domingo, 15 de noviembre de 2020

Reciclaje

Y ahora, cuando la noche ha caído y los sueños duermen, salgo en busca del amanecer. Toca regresar a clase, sentarse de nuevo en el pupitre, volver a la casilla de salida... Toca desafiar a las sombras para tratar de encontrar el camino. 
Toca sacar provecho a ese curso de vuelo que dura ya más de medio siglo para tomar los mandos y despegar, batir las alas y dejar que el viento haga el resto para planear hacia el horizonmte. 
Toca anudarse los zapatos y salir a la pista para bailar un vals tratando de no perder el compás: un, dos, tres, un, dos, tres.... 
Ahora, a estas alturas, toca salir del rincón de pensar. Toca envidar a chica y ver el órdago a pares. Toca lanzar los dados, desafiar al destino y echar el resto. Toca arriesgar y jugarse todo al rojo para recobrar la prudencia. 
Toca quererse más, querer mejor y dejarse querer; toca dejar que hable la piel sin necesidad de decir nada. Toca recolocar los armarios y las ideas, redecorar las paredes con el color del otoño en los árboles y zarpar al alba con viento de levante de 35 nudos. Toca abrir las ventanas y ventilar el alma.
Toca escapar de la resignación, aprender a poner la otra mejilla y partirse la cara con el lucero del alba. 
Toca reubicarse, ponerlo todo patas arriba para colocar cada cosa en su sitio y, si acaso tocara reciclarse, acabar en el contenedor verde, con el vidrio. 
Toca escuchar a todos con atención y darle la última palabra al corazón. Toca apilar la leña junto a la chimenea para acurrucarnos al calor de la hoguera cuando llegue el invierno. Toca apagar incendios, quemar las naves y avivar el fuego de la pasión. 
Toca ponerse serio para ganarle una sonrisa al destino por debajo de la mascarilla; toca ponerse las pilas y vacunarse contra la melancolía.
Ahora, después del punto y aparte, toca adentrarse en el nuevo párrafo para seguir con el relato. Toca escribir para contarlo. 
Toca vivir o, por lo menos, morir en el intento.

miércoles, 21 de octubre de 2020

De la inspiración, la amistad y otras emociones

El mismísimo Serrat se quedó colgado en las alturas cuando la buscaba mirando al techo. La inspiración es -por naturaleza- caprichosa y escurridiza. No parece una buena idea salir a su encuentro, ni sentarse a esperarla para dejar en sus manos el siguiente capítulo de la historia. Ni siquiera podemos comprarla en Amazon.
La inspiración mal entendida ha dejado al descubierto grandes bodrios y ha provocado notables descalabros; véase el caso de las cartas de amor que acaban en el buzón equivocado o las que desvelan pasiones inconfesables, irreverentes y/o inverosímiles. 
Es bien conocida su tendencia a camuflarse entre los destellos que provoca el enamoramiento en su fase inicial, y no siempre para bien. Seguramente, porque el amor, como fuente de inspiración, es capaz de 'liberar' al poeta, al pintor o al compositor que crees llevar dentro; es decir, a ese presunto artista al que nunca deberías dejar suelto. 
Pero quiero creer que la inspiración también ha tenido relación -directa o indirecta- con historias de amor que nunca habrían llegado a serlo sin su retoque emocional y artístico. 

Por si mañana, una canción
Nunca sabré -ni falta que hace- si la inspiración tuvo poca, mucha o ninguna influencia en aquella carta que solo pretendía ser un texto literario, que luego fue mucho más que eso y que le da nombre a este blog. Tampoco me importa confesar que esas pocas líneas que escribí en 2014 han provocado algunas de las experiencias más sorprendentes y emocionantes de mi vida. 
Seis años después, tengo que dejar constancia de otra, una más, pero muy especial. 'Por si mañana' ha  inspirado ahora a mmi amigo Fernando Bernácer, que ha cogido su guitarra y ha convertido mi carta en canción. Y aunque ya lo he hecho personalmente, un detalle como este merece un agradecimiento también especialEs posible que sea la ocasión para dejarme arrastrar por esa inspiración a la que solo damos rienda suelta en forma de exaltación de la amistad cuando alcanzamos la dosis adecuada de alcohol y nocturnidad. 
Supongo que llegas a una edad en la que puedes dejar a un lado ese pudor mal entendido con el que hemos convivido desde siempre. Y no pasa nada por dejar constancia de la admiración y afecto que sientes por alguien que es -en el mejor sentido que podamos imaginar de la expresión- un tipo duro, por carácter innato y porque la vida le ha llevado a serlo. De no ser porque podría caer en un tópico de libro, le definiría como un luchador excepcional, aunque por deformación profesional me apetece más destacar que Bernácer es uno de los mejores periodistas de radio que he conocido
A Fernando le pasabas una sandía en la pista de fútbol sala y la convertía en un pase de gol, aguantaba tres tarascadas y la clavaba por la escuadra con un zurdazo impresionante. Si le dejas una noche solo en la redacción, te hilvana una escaleta como nadie y se marca un informativo matinal de lujo. 
Hubo un tiempo en el que éramos tan jóvenes que aún jugábamos la Liga de veteranos. Fernando es de los que no da un balón por perdido en la cancha y, en la radio, de los que cree que el último minuto del informativo es tan importante como el primero; marcaba cuatro goles, pero se iba cabreado a casa porque tuvo una ocasión clara que y la estrelló en el poste. 
Salvo a la carrera diplomática, podría haberse dedicado a lo que hubiera querido, pero los que disfrutamos de este oficio celebramos que eligiera el periodismo. Es un corredor de fondo al que se le queda corto un maratón y exhibe sus dotes de velocista para esprintar en el pasillo y llegar al estudio sobre los pitos con la noticia recién parida bajo el brazo. 
Es uno de esos jugadores que no entiende de partidos amistosos, que saca de quicio a los rivales, al árbitro y a sus compañeros. De los que compiten siempre, con el adversario o contra uno mismo, pero siempre se implica en el interés colectivo. Fernando es uno de esos tipos a los que siempre quieres en tu equipo
La dimensión personal de la que pudiera hablar se enmarca en la que se le supone a un amigo. Poco que añadir. Pero cualquier elogio que de él pudiera hacer se queda en nada cuando se compara con otros que seguro recibe a diario como padre sin necesidad de palabras que lo expliquen. 

La cosa ha quedado así. 
Gracias amigo.

https://www.youtube.com/watch?v=QF9xCR-iWq8




viernes, 4 de septiembre de 2020

30 'de momento'

Verano del 90. En la redacción de La Voz del Tajo de Talavera de la Reina la música de fondo es una sinfonía interpretada por cientos de dedos que aporrean sin compasión las teclas; un estruendo sosegado y rítmico que fluye al compás del tintineo de los timbres que acompañan el ir y venir de los carros de las viejas Olivetti.
Seguro que la memoria ha distorsionado la realidad, pero después de tanto tiempo los que por allí pasaron me perdonarán la licencia; lo recuerdo como un lugar con encanto, un buen plató de 'Cuéntame', cuidadosamente desordenado, con sillas destartaladas y mesas requemadas entre cerros de colillas que desbordaban ceniceros de cerámica, vasos con restos de cualquier bebida imaginable y teléfonos de cables retorcidos... Y papeles, muchos papeles, montañas de folios y cordilleras enteras de periódicos por todos lados. 
Posiblemente no era así, pero diría que las paredes tenían un tono marfil 'nicotina' y una densa cortina de humo abrazaba la luz de los fluorescentes. El ambiente estaba tan cargado a última hora de la tarde que costaba respirar sin un pitillo en la boca.  En aquella redacción de la calle Marqués de Mirasol aún usábamos un aparato llamado tipómetro -del que los periodistas más jóvenes posiblemente ni siquiera han oído hablar- con el que calculábamos las líneas que necesitábamos escribir para completar nuestra noticia en una maqueta que también diseñábamos sobre la hoja en blanco. 
No se trata de mitificar nada, entre otras cosas porque lo realmente valioso de aquella época -aunque entonces no lo sabíamos- era la edad que teníamos. Cualquier tiempo pasado fue distinto, ni mejor ni peor, era el que tocaba entonces; pero es cierto que aquél becario que fui tuvo la ocasión de tomar contacto por primera vez con ese lado bohemio y canalla del periodismo de provincias, ese que aún habitaba en la barra del bar de la esquina. Las noticias se pescaban al modo artesanal, con caña y anzuelo, nada de redes. 
Creo que fue entonces cuando descubrí que la vida era un titular a cuatro columnas en página impar o la tinta que impregnaba los dedos tras recorrer las páginas aún calientes de la primera edición recién parida en la rotativa. Me gustaría creer que algún influjo me quedó también del cuidado exquisito que le daban a la palabra gente como la admirada y llorada MAS (María Angeles Santos) y el respeto por el lenguaje con el que se envolvía en aquella redacción un periodismo pegado a la tierra.
Nunca vi mérito alguno en los que proclaman que 'nadie les ha regalado nada'. Presumo de lo contrario; la vida ha sido -está siendo, perdón- muy generosa conmigo. Mucho más que yo con ella, me temo. He recibido muchos regalos y seguramente no todos merecidos, ni valorados en su justa medida. Uno de los más importantes se lo debo a los que confiaron en aquel novato que, pasado el verano, se hizo cargo de los Deportes en la delegación de La Voz en Toledo. Todo lo que ha venido después tuvo su origen (gracias maestro Igrosso) en aquel 'regalo'. 
Me ofrecieron también la posibilidad de escribir mi propia columna de opinión; después de darle muchas vueltas, decidí llarmala 'De momento'. Entonces no lo sabía, pero imagino que algún resorte interno ya intuía que estaba llamado a instalarme en este territorio de una provisionalidad permanente del que nunca -al menos 'de momento'- me he decidido a salir. 
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Este mes de septiembre se cumplen 30 años desde que llegué a otra redacción, con balcones a Zocodover y entrada por Barrio Rey. 30 años, toda una vida, tal vez un breve suspiro, en todo caso el tiempo justo para proclamar con orgullo mi toledanismo. Sin rancias pretensiones ni alardes, sin exclusiones, sin disputas vecinales estériles ni pactos de sangre, sin necesidad de renunciar a mis raíces conquenses ni a la cuna castiza. Llegué tarde para ser TTV de nacimiento pero decidí serlo por convencimiento, aunque es posible que más de uno me cuestione los méritos para acceder a tal distinción. Los toledanos somos así, bolo
No caben tres décadas en unas lineas, ni lo pretendo. El Toledo es mi equipo y el Salto del Caballo es mi casa. Soy de Fede, del Greco, de Arfe, de la vuelta al Valle, de las carcamusas del Ludeña, las bombas del Trebol y los churros de Catalino. Y me duele el Tajo, ese trazo ondulado que dibujó en el mapa el camino que me trajo desde Talavera hasta Toledo; incluso si nunca mas volviera a ser un río, el Tajo siempre será mi río, aunque confieso que alguna vez he soñado con salir a navegar por las aguas caudalosas del Amazonas.
Septiembre siempre fue un mes especial por muchas razones, sobre todo por lo que implica de renovación, de cambio de ciclo, de inicio de curso, de nueva temporada, de retos para encarar el último tramo del año.... Tres décadas después, desde el otoño de la vida, produce cierto vértigo evocar aquel mes de septiembre, cuando todavía era primavera. Pero el becario que llevo dentro se afana en recordarme que la pasión no entiende de estaciones. Y el veterano que carga con la mochila de los años me mantiene en alerta para que no me pierda ni un detalle de los ocres y los rojos otoñales que vendrán a teñir los árboles con sus colores más hermosos. 
No vendría a cuento distraernos con la melancolía, ni dejar que el miedo o la resignación ganen la batalla más importante que nos queda por librar, la del día a día. Y al menos de momento, queda demasiado lejos el invierno como para empezar a planear ese tiempo en el que tal vez la vida nos regale la oportunidad de acurrucarnos frente a la chimenea junto al amor de verano que llegó para quedarse.



viernes, 14 de agosto de 2020

LIV: De los años increíbles y algunas certezas

Casi todo es diferente en 2020, pero ninguna pandemia logró jamás detener al calendario. Agosto ha llegado puntual -con sus calores sofocantes, sus tormentas y sus amores veraniegos- para brindarnos una nueva oportunidad de mantener esta saludable costumbre de ir apilando años. No es un detalle menor y supongo que esta cita bloguera anual debería reflejar el valor especial que esta vez tiene el acontecimiento, aunque tampoco podré dejar de pasarme -me temo- por ese territorio pantanoso de las reflexiones existenciales que acompañan siempre al cambio de dígito.
Si algo nos ha enseñado este tiempo de zozobra contenida es que el mundo -el propio y el resto- no se detiene aunque una avalancha lo ponga patas arriba. No podemos abrir un paréntesis en el que resguardarnos del aguacero, ni vendría a cuento dejar de mojarnos teniendo en cuenta que seguimos por aquí para contarlo. Tampoco vamos a agotar un tiempo muerto para diseñar en la pizarra la estrategia del próximo ataque estático. A estas alturas, no tendríamos que centrar nuestros mayores desvelos en elaborar una táctica para ganar el partido a cualquier precio, aunque ni el resultado nos da igual ni hay que descartar completamente que, además, hayamos venido a emborracharnos.
En eso que un amigo define como 'orografía de la edad', es importante asumir que el pico de la curva lo dejamos atrás hace ya un buen rato, sobre todo para evitar deslizarnos por la ladera de las lamentaciones o, peor aún, caer en las garras de la melancolía. 
Hace tiempo que transitamos por esa edad `consolidada´ que nos castiga con achaques variados, que vacía el depósito de la paciencia y descubre todo un catálogo de manías que hemos ido acumulando con los años. Pero esta desescalada que afrontamos sin libro de instrucciones ni hoja de ruta, además de inevitable, también nos permite apreciar paisajes, momentos, detalles y destellos vitales en los que antes apenas reparábamos. No se trata solo de aquéllas pequeñas cosas que Serrat hizo grandes, también podemos convertir la convulsión de los últimos meses en el mejor bálsamo contra la resignación. Porque a pesar de las circunstancias, o precisamente en estas circunstancias, tenemos nuevos argumentos para combatir las excusas y seguramente más motivos que nunca para dejar de darle tiempo al tiempo
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Mientras decido si algunas de las cosas vividas este 2020 han ocurrido realmente, me quedo con algunas que empiezo a dar por ciertas:
De un año a esta parte ha crecido la deuda de gratitud que mantengo con mis amigos y con la gente que me quiere. 
Para mis enemigos, si surgieran algún día, reservo un par de horas muertas. 
Los sueños siguen teniendo nombre de mujer y de los juegos de mesa me quedo con las damas, aunque no gane ni una partida. 
Estoy aprendiendo a decir adiós cada vez que llego a un lugar para no tener que despedirme cuando decido marcharme. 
Ya casi nunca escribo entre líneas pero estoy tratando de aprender a leer los silencios
Con pasión las cosas pueden salir mal, pero sin pasión nunca estarán bien. 
Cuando me pongo más moñas de la cuenta me tomo un par de cucharadas de Jarabe de palo. Mano de santo.











sábado, 1 de agosto de 2020

Julio

Antes de que agosto dicte sentencia, no me resisto a darle unas pinceladas al lienzo de este mes de julio que casi tenemos secando al sol y que ha venido a demostrarnos que la nueva normalidad queda lejos de la vieja realidad. Como suponíamos, los codazos no pueden llenar el espacio que ocupaban los abrazos ni las sonrisas han aprendido a sobrevivir bajo la mascarilla, pero también hemos constatado en julio que -sin llevarle la contraria al maestro Sabina- todavía quedan islas para naufragar y, en algunos casos, con vistas al mar y árboles junto a la playa
La realidad -la nueva también- la vamos construyendo a trompicones entre brotes y rebrotes, entre el miedo a los contagios y el anhelo por recuperar el terreno perdido en esa parcela de la independencia vital que nos permitía movernos, tocar y respirar sin complejos ni temores. Afrontamos la cruda normalidad con las cicatrices que este territorio inhóspito por el que transitamos nos ha dejado en la piel en forma de dudas existenciales. Y también con alguna certeza con la que tal vez algún día encontremos la manera de enfrentarnos.

Pero julio nos ha recordado además que ese tiempo que resbala por las paredes de cristal del reloj de arena también nos pertenece y, aunque el mundo se detenga hasta quedar amontonado e inerte, podemos darle la vuelta para que todo vuelva a empezar. 
Siempre queda la opción de dejar las cosas en el sitio que aparentemente le corresponden, o esperar una señal para hacer girar el reloj. Un buen amigo me cuenta emocionado que este mes de julio le ha dado la oportunidad de capturar uno de esos momentos que la vida te regala cuando no lo esperas, uno de esos instantes fugaces que quedan grabados para siempre en ese lugar en el que reposan los suspiros. Aunque todavía -dice- esté intentando averiguar si fue el comienzo de una historia que está por escribir o el desenlace de un sueño imposible. No me resistía a contarlo. 
El caso es que este mes de julio nos ha hecho aún más expertos en pandemias y nos ha cargado la mochila con viejos y nuevos temores. Pero también nos ha permitido fabricar recuerdos que forman ya parte de las provisiones de las que podremos echar mano para sobrellevar mejor el próximo confinamiento. 

domingo, 21 de junio de 2020

La nueva realidad que nos toca

Esto de la pandemia ha sido y es una gran putada, un cataclismo que ha puesto a prueba los cimientos del mundo que conocíamos, incluido nuestro mundo interior. Una convulsión sin precedentes que afrontamos como mejor sabemos, como buenamente podemos o como nos dejan, si es que nos dejan.
Una conmoción propia y ajena a la que podemos recurrir para un roto o un descosido. A la sombra de la pandemia podemos formular la más eufórica exaltación de la vida o caer desplomados por efecto del mazazo que nos propinó este tiempo de muerte, miedo y desolación. Podemos proclamar la admiración absoluta por la generosidad humana o dejarnos llevar por el desaliento más profundo a la vista de la miseria con la que el mismo genero humano responde a la tragedia.
Este tiempo de primavera confinada ha sido tan increíble y tan incierto que sirve para explicar una cosa y la contraria, empezando por lo más inexplicable. Nunca tuvimos al alcance excusa tan convincente ni argumento de más peso para cualquier cosa que se nos ocurra, para ponernos en marcha o quedarnos quietos, para dar la nota, lanzar las campanas al vuelo, decir lo que nos venga en gana, quedarnos callados o incluso, si procede, para perder la cabeza por un amor imposible.
En semejantes circunstancias tenemos permiso -aunque nadie nos lo haya concedido- para pasar de la ilusión al abatimiento sin pestañear, o para transitar de la melancolía al entusiasmo sin tocar el suelo.
Se han quedado muchas lágrimas congeladas en las mejillas y demasiados abrazos atrapados en los cajones como para exigirnos ahora coherencia en lo que pensamos o sentimos y no sería de extrañar que entremos en la 'nueva realidad' con el pie cambiado o, peor aún, que nos peguemos de morros contra ella.
Todo lo que el BOE no nos resuelva, tendremos que construirlo con nuestros propios medios, con nuestros miedos y prejuicios, nuestras pequeñas y grandes miserias y, a ser posible, con una pizca de sentido común que hayamos guardado en la despensa. En ese escenario tenemos que afrontar la parte que nos toca, sin que ni siquiera esté claro que nos toque. Y menos aún que estemos en condiciones de hacerlo.
Las emociones decidirán por nosotros y, a priori, no parece ese el mejor antídoto contra el fanatismo galopante, ni tampoco la mejor garantía para aislarnos del contagio de ese virus del maniqueismo que se extiende sin remedio ni vacuna que lo detenga. Los malos son malísimos y los buenos -los nuestros- son buenísimos. Los rojos salen a quemar iglesias y los fachas a matar abogados laboralistas en Atocha. A Fernando Simón se le adora o se le odia, le subimos a los altares o nos apuntamos al linchamiento de las doce menos cuarto. En la nueva realidad se impone el gatillo fácil y si sales de caza y no se te pone a tiro ni una torcaz, a ver quién se resiste a meterle un plomazo a la milana del Azarías.
Hubo domingos de pandemía no tan lejanos en los que cualquier realidad habría sido mejor que la que teníamos entonces. Tal vez deberíamos tenerlo en cuenta para ponernos a la tarea, aunque solo sea por aprender, entre todos, a desentrañar sonrisas por debajo de la mascarilla.