Sigo acumulando páginas en blanco en el diario de la pandemia que nunca escribí. Reservo un capítulo final para tratar de demostrar que esta realidad que nos arrolla ha ocurrido de verdad. Con el tiempo, supongo, llegaremos a desprendernos de esta sensación de incredulidad que nos invade. Y hasta puede que seamos capaces de poner en perspectiva lo sucedido sin la presión de este desasosiego individual y colectivo que nos ha dejado tambaleando encima del ring, tratando de encajar el golpe y agarrándonos a las cuerdas para no caer.
Pero ahora no es el momento, incluso asumiendo que mañana será tarde para hacerlo. Estamos en ese punto de las cosas -de la vida digo- en el que es demasiado pronto para hacer balance y muy tarde para empezar de cero.
Acudí por este territorio bloguero en domingos de pandemia en busca de un refugio en el que protegerme del miedo y la tristeza. Desde esta trinchera libré feroz batalla contra molinos gigantescos y, como siempre, terminé por hacer ondear la bandera blanca. A veces la única victoria posible es una retirada, aunque sea a destiempo.
En las paginas en blanco de este diario quedan las palabras que nunca encontré para describir la generosidad infinita de unos y esas otras que debería usar para omitir, con todo lujo de detalles, el relato de la mezquindad absoluta de otros. Desde que el mundo es mundo -tal vez antes- los episodios más trágicos siempre han sacado de las entrañas de la gente lo mejor y lo peor del género humano.
No sé si avanzamos en la desescalada o nos hemos lanzado a tumba abierta hacia el descalabro. Nadie lo sabe, aunque todos afirmen saberlo. Los apóstoles de la certeza y la verdad absoluta se abren paso a dentelladas frente a los devotos de la duda, a los que me sumo sin el entusiasmo que debiera y solo en momentos de cordura transitoria.
En las páginas en blanco de este diario quedan en cuarentena los secretos y los pecados inconfesables propios del confinamiento, amontonados con otros que nunca vinieron a cuento. Es posible que también se narren entre líneas las consecuencias de esas decisiones excepcionales y extraordinarias que cobran todo el sentido en este contexto excepcional y extraordinario. Aunque nunca se sabe, a veces se decreta el estado de alarma en tu vida y te quedas en la puerta esperando una señal.
miércoles, 27 de mayo de 2020
domingo, 3 de mayo de 2020
Dilemas dominicales en tiempos de pandemia
Los domingos de pandemia se clavan en el ánimo como los kilómetros en las piernas de los ciclistas en una etapa de montaña. Cuando se supone que ya has superado la parte más dura del reccorrido, el hombre del mazo (el amigo Escribano sabe lo que digo) llega en una tachuela de tercera y te dice que la próxima pedalada será la última. Pero levantas como puedes la mirada y, de reojo, alcanzas a ver la próxima curva, que se convierte en el único objetivo, porque al llegar allí -aunque ahora no lo parezca- sabes que seguirás pedaleando.
Desde la curva de un domingo de pandemia del mes de mayo crees atisbar a lo lejos la cima del puerto y, si consigues echar la vista al otro lado, puedes apreciar el zigzag de asfalto que se enrosca entre los árboles; el camino que ya has dejado atrás te ayuda a entender mejor lo dura que ha sido la escalada para llegar hasta aquí. Y aunque sea imposible disfrutar del paisaje sabes -o pretendes convencerte de ello- que merecerá la pena el esfuerzo cuando logres cruzar la línea de meta.
Los domingos de pandemía tienen un sabor ácido -a veces agrio- como el de esos partidos que fueron manjar exquisito y que los canales de deportes nos sirven enlatados estos días. La competición dominical ahora es otra y lo de jugar siempre en casa no te da ninguna ventaja cuando lo haces a puerta cerrada. En todo caso, hay momentos como este en los que puede venir bien este afán que siempre tuvo uno por aplicarse en defensa, por no descuidar ni un segundo la marca, sobre todo si el adversario es peligroso y escurridizo. Solo si la cosa se pone muy fea habrá que tirar del manual que escribieron los centrales de antaño, ese que proclama en el primer capítulo que "si pasa el balón no pasa el atacante".
Los domingos de pandemia te ponen a prueba con dilemas como el del juego limpio o los tres puntos, más asumible ahora que tenemos el VAR en cuarentena. Aunque hay otros dilemas que resultan más difíciles de solventar porque tratan de hacerte elegir entre la lejía y el alcohol, el yin y el yang, el blanco y el negro o entre la gimnasia y la magnesia... Dilemas que pretenden hacerte escoger entre el gol de Señor a Malta, el de Iniesta en Sudáfrica y el de Ramos en el minuto 93 de Lisboa. Dilemas que te invitan a decidir entre lanzarte a escribir una carta de amor o echarte en los brazos del desamor.
No esta nada claro si hay dilemas que nunca deberías de hacerte un domingo de pandemia o si -por el contrario- nunca deberías dejar de hacértelos si la vida te pone en estado de confinamiento.
Los domingos de pandemia tienen sus cosas. Hasta tratan de hacerte creer que convivir con nuestros miedos y fantasmas forma parte de una nueva rutina. Nos ponen a prueba con dilemas y desafíos para los que no tenemos respuesta y menos aún si pretendemos que sea la respuesta adecuada.
Hay domingos de mayo y pandemia que entienden a su manera lo del día de la madre y, si se empeñan, pueden enredarse y enredarnos en nostalgias que no alivian los teléfonos ni las redes. Hay dilemas que ya están resueltos antes incluso de plantearse. Los paseos y carreras al sol alivian confinamientos pero no pueden llenar los abrazos ahora vacíos.
Desde la curva de un domingo de pandemia del mes de mayo crees atisbar a lo lejos la cima del puerto y, si consigues echar la vista al otro lado, puedes apreciar el zigzag de asfalto que se enrosca entre los árboles; el camino que ya has dejado atrás te ayuda a entender mejor lo dura que ha sido la escalada para llegar hasta aquí. Y aunque sea imposible disfrutar del paisaje sabes -o pretendes convencerte de ello- que merecerá la pena el esfuerzo cuando logres cruzar la línea de meta.
Los domingos de pandemía tienen un sabor ácido -a veces agrio- como el de esos partidos que fueron manjar exquisito y que los canales de deportes nos sirven enlatados estos días. La competición dominical ahora es otra y lo de jugar siempre en casa no te da ninguna ventaja cuando lo haces a puerta cerrada. En todo caso, hay momentos como este en los que puede venir bien este afán que siempre tuvo uno por aplicarse en defensa, por no descuidar ni un segundo la marca, sobre todo si el adversario es peligroso y escurridizo. Solo si la cosa se pone muy fea habrá que tirar del manual que escribieron los centrales de antaño, ese que proclama en el primer capítulo que "si pasa el balón no pasa el atacante".
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No esta nada claro si hay dilemas que nunca deberías de hacerte un domingo de pandemia o si -por el contrario- nunca deberías dejar de hacértelos si la vida te pone en estado de confinamiento.
Los domingos de pandemia tienen sus cosas. Hasta tratan de hacerte creer que convivir con nuestros miedos y fantasmas forma parte de una nueva rutina. Nos ponen a prueba con dilemas y desafíos para los que no tenemos respuesta y menos aún si pretendemos que sea la respuesta adecuada.
Hay domingos de mayo y pandemia que entienden a su manera lo del día de la madre y, si se empeñan, pueden enredarse y enredarnos en nostalgias que no alivian los teléfonos ni las redes. Hay dilemas que ya están resueltos antes incluso de plantearse. Los paseos y carreras al sol alivian confinamientos pero no pueden llenar los abrazos ahora vacíos.
domingo, 26 de abril de 2020
Sonetos dominicales en tiempos de pandemia
Escribimos sin querer la historia de otro domingo de pandemia. El relato inverosímil de estos días en los que todo es lo que parece, aunque todo nos parezca mentira.
En las conversaciones intrascendentes de un domingo de pandemia se nos vienen a la mente imágenes que nos acercan al precipicio de las emociones contenidas pero irresistibles. Me habla una amiga del 'efecto montaña rusa' en el que transitamos, con subidas y bajadas vertiginosas a través de un estado anímico convulso y agitado. Supongo que ella también anhela el momento de cambiar la montaña rusa por el tiovivo.
Los expertos en virus, pandemias y cuarentenas -es decir todo el mundo- no descansan los domingos y hoy también nos ilustran con las recetas sobre lo que tenemos que hacer parea salir de esta, lo que no deberíamos haber hecho jamás y, sobre todo, nos ofrecen un completo catálogo de personajes -buenos, malos y peores- para hacernos más asequible la inevitable y necesaria búsqueda de los culpables.
Necesitamos héroes a los que aplaudir y villanos a los que pegar con la cacerola en la cabeza. Sin matices para lo bueno y sin perdón para los malvados; esos que se afanan por hacer aún más trágica la tragedia. Juzgamos, sentenciamos y ejecutamos por la vía rápida, sin miramientos. Después del linchamiento, eso sí, nos lavamos bien las manos con agua y jabón para desinfectar conciencias.
Los domingos de pandemia nos aplicamos -aunque solo a ratos- a la tarea de resistir. Porque es lo que toca, porque no queda otra, para que no se diga, porque es lo que se espera de nosotros, porque estamos mal pero menos mal que estamos.
Estos domingos cautivos de abril nos sitúan a tiro de semana de un domingo de mayo en el que tal vez tengamos más cerca la vuelta a esa normalidad que añoramos. Tiempo tendremos para lamentar después que muchas cosas ya nunca serán normales.
Estos domingos de primavera confinada y pandemia se sirven templados y desprenden un aroma entre dramático y surrealista. Tal vez algún día tendremos que asomarnos por este desván en el que vamos acumulando ideas desordenadas y pensamientos desaliñados para asegurarnos de que hubo domingos como este.
Solo en este contexto se explica la osadía de colocarnos el disfraz de poeta (con perdón) para arrancarle una rima consonante con traje de soneto a este domingo de pandemia.
En las conversaciones intrascendentes de un domingo de pandemia se nos vienen a la mente imágenes que nos acercan al precipicio de las emociones contenidas pero irresistibles. Me habla una amiga del 'efecto montaña rusa' en el que transitamos, con subidas y bajadas vertiginosas a través de un estado anímico convulso y agitado. Supongo que ella también anhela el momento de cambiar la montaña rusa por el tiovivo.
Los expertos en virus, pandemias y cuarentenas -es decir todo el mundo- no descansan los domingos y hoy también nos ilustran con las recetas sobre lo que tenemos que hacer parea salir de esta, lo que no deberíamos haber hecho jamás y, sobre todo, nos ofrecen un completo catálogo de personajes -buenos, malos y peores- para hacernos más asequible la inevitable y necesaria búsqueda de los culpables.
Necesitamos héroes a los que aplaudir y villanos a los que pegar con la cacerola en la cabeza. Sin matices para lo bueno y sin perdón para los malvados; esos que se afanan por hacer aún más trágica la tragedia. Juzgamos, sentenciamos y ejecutamos por la vía rápida, sin miramientos. Después del linchamiento, eso sí, nos lavamos bien las manos con agua y jabón para desinfectar conciencias.
Los domingos de pandemia nos aplicamos -aunque solo a ratos- a la tarea de resistir. Porque es lo que toca, porque no queda otra, para que no se diga, porque es lo que se espera de nosotros, porque estamos mal pero menos mal que estamos.
Estos domingos cautivos de abril nos sitúan a tiro de semana de un domingo de mayo en el que tal vez tengamos más cerca la vuelta a esa normalidad que añoramos. Tiempo tendremos para lamentar después que muchas cosas ya nunca serán normales.
Estos domingos de primavera confinada y pandemia se sirven templados y desprenden un aroma entre dramático y surrealista. Tal vez algún día tendremos que asomarnos por este desván en el que vamos acumulando ideas desordenadas y pensamientos desaliñados para asegurarnos de que hubo domingos como este.
Solo en este contexto se explica la osadía de colocarnos el disfraz de poeta (con perdón) para arrancarle una rima consonante con traje de soneto a este domingo de pandemia.
- SONETO PARA UN DOMINGO DE PANDEMIA
- Esta vida entre muros confinada,
- esta pandemia de dolor y pena,
- este abrazo que guarda cuarentena,
- esta muerte que no respeta nada.
- Este miedo clavado en la mirada,
- estos besos que cumplen su condena,
- esta soledad que todo lo llena,
- esta falsa moral desinfectada.
- Este adiós que no admite despedida,
- este aliento colgado en los balcones,
- este virus que al corazón embrida.
- Con esta primavera hecha jirones,
- con esta libertad desguarnecida,
- no se gana esta guerra por cojones.
domingo, 12 de abril de 2020
Latidos dominicales en tiempos de pandemia
Lo bueno de este domingo es que ya han pasado siete días desde el anterior y que solo nos falta una semana para el siguiente.
Lo bueno de este domingo es que seguimos por aquí para contarlo y que hemos asumido el reto de volver por este rincón bloguero para recordar que vuelve a ser domingo y que seguramente, si nos lo proponemos, podremos rescatar algún pequeño tesoro entre los restos de este naufragio.
Lo bueno de este domingo es que amanece, aunque incluso eso ahora nos parezca poco y que la lluvia se ha saltado el confinamiento, como tratando de brindar un aplauso especial a la gente del campo.
Lo bueno de este domingo es que, entre domingo y domingo, hemos acumulado cierto grado de experiencia en el tránsito por este territorio inhóspito en el que nos hemos metido sin querer. Nos hemos acostumbrado a escucharlas y ya no nos asustan tanto las balas que no dejan de silbar junto al oído. Y estamos aprendiendo a desinfectar nuestro entendimiento ante tanto experto epidemiólogo que nos ilustra con su sabiduría de barra de bar, trasladada ahora a las redes.
Lo bueno de este domingo -aunque no tengo tan claro que esto sea bueno- es que, poco a poco, estamos asumiendo que podemos sentirnos tristes a ratos sin que necesariamente tengamos que sentirnos culpables por ello. Sin que tengamos la sensación de estar robando una porción de tristeza que, en justicia, le corresponde a esas otras tragedias y situaciones angustiosas que ya todos conocemos.
Lo bueno de este domingo es que abril avanza entre las sombras y dicen que le estamos retorciendo el brazo a la puta curva esa.
Lo bueno de un domingo como este, aunque no parezca un domingo, es que desde la ventana podemos ver que los árboles siguen ahí afuera y que incluso alguno de ellos, cansado de esperar, se ha pasado por casa en busca de un abrazo.
Lo bueno de este domingo es que hoy también Aute ha resucitado, aunque solo sea para recordarnos lo "terriblemente absurdo que es estar vivo... sin tu latido'"
Lo bueno de este domingo es que seguimos por aquí para contarlo y que hemos asumido el reto de volver por este rincón bloguero para recordar que vuelve a ser domingo y que seguramente, si nos lo proponemos, podremos rescatar algún pequeño tesoro entre los restos de este naufragio.
Lo bueno de este domingo es que amanece, aunque incluso eso ahora nos parezca poco y que la lluvia se ha saltado el confinamiento, como tratando de brindar un aplauso especial a la gente del campo.
Lo bueno de este domingo es que, entre domingo y domingo, hemos acumulado cierto grado de experiencia en el tránsito por este territorio inhóspito en el que nos hemos metido sin querer. Nos hemos acostumbrado a escucharlas y ya no nos asustan tanto las balas que no dejan de silbar junto al oído. Y estamos aprendiendo a desinfectar nuestro entendimiento ante tanto experto epidemiólogo que nos ilustra con su sabiduría de barra de bar, trasladada ahora a las redes.
Lo bueno de este domingo -aunque no tengo tan claro que esto sea bueno- es que, poco a poco, estamos asumiendo que podemos sentirnos tristes a ratos sin que necesariamente tengamos que sentirnos culpables por ello. Sin que tengamos la sensación de estar robando una porción de tristeza que, en justicia, le corresponde a esas otras tragedias y situaciones angustiosas que ya todos conocemos.
Lo bueno de este domingo es que abril avanza entre las sombras y dicen que le estamos retorciendo el brazo a la puta curva esa.
Lo bueno de un domingo como este, aunque no parezca un domingo, es que desde la ventana podemos ver que los árboles siguen ahí afuera y que incluso alguno de ellos, cansado de esperar, se ha pasado por casa en busca de un abrazo.
Lo bueno de este domingo es que hoy también Aute ha resucitado, aunque solo sea para recordarnos lo "terriblemente absurdo que es estar vivo... sin tu latido'"
domingo, 5 de abril de 2020
Retos dominicales en tiempos de pandemia
Cuando la vida era normal, llegados a estos primeros días del mes de abril ya teníamos bastante asumido que muchos de los retos que nos marcamos al comienzo de año empezaban a agolparse en el cajón de los asuntos pendientes.
A decir verdad, esta vez las cosas iban bastante encarriladas. Cuando retiras la candidatura al título de mejor padre del mundo, de hijo ideal, de vecino perfecto, marido más fiel o la de mejor amigo del hombre las cosas son más llevaderas. Disminuye la presión cuando los propósitos son más realistas, cuando renuncias expresamente a tratar de volver a tener 25 años, incluso en los días en los que te sientes insultantemente joven; cuando ya no aspiras a llegar a marte en una nave espacial y te conformas con seguir dando una vuelta por la luna de vez en cuando; cuando asumes que no vas a poder atacar al pelotón en plena escalada al Tourmalet, pero mantienes el pulso con la estática del salón para mejorar el tiempo de ayer.
Pero en tiempos de pandemia, los retos cambian y el cuarto domingo en estado de alarma te planteas, por ejemplo, encontrar la manera de volver a asomarte por esta ventana bloguera. Escribir siempre fue una terapia, pero en estas noches de insomnio y pesadilla todos los intentos terminaron estrellándose contra los muros de la tristeza y el miedo.
Seguramente porque resulta imposible transitar con cierto tino por la maraña de sentimientos, propios e inducidos, que nos inundan y nos desbordan. Nos arrastra una catarata de emociones -contenidas o incontenibles- que nos mantiene en estado de congoja permanente.
Y en ese estado, las ideas y las palabras con las que tratamos de contarlo deambulan por cada frase de la misma manera que nuestros cuerpos se mueven como sombras asustadas por las calles desiertas. El miedo lo impregna todo y no hay manera de explicar lo inexplicable, no podemos sofocar los efectos de este mal sueño por más que tratemos de alcanzar el siguiente punto y aparte pensando que doblaremos la esquina y nos toparemos con la algarabía de una plaza repleta de vida.
En estas condiciones tampoco parece probable armar un discurso medianamente coherente. Ni siquiera lo pretendo. Todos hemos tenido miedo y hemos estado tristes muchas veces, pero no habíamos experimentado este miedo colectivo, esta tristeza viral y vital que compartimos ahora. No sabíamos que no somos invencibles aunque estuviéramos convencidos de ello.
El reto dominical consiste en desbrozar esta enorme selva de rabia, incertidumbre e impotencia en la que nos sentimos atrapados para que se abran paso en este paisaje tenebroso la solidaridad y la esperanza.
Para lograrlo, además habrá que dejar a un lado la pandemia de estupidez y mezquindaz que se propaga por tierra, mar y redes, porque desgraciadamente contra ciertas miserias humanas no se me ocurre más vacuna que la indiferencia.
Incluso será necesario asumir un reto dentro del reto: el compromiso de asomarnos por esta ventana el próximo domingo, cuando tengamos más argumentos para aferrarnos a la ilusión y al optimismo. Tal vez entonces podamos proclamar que el aplauso tiene cada tarde más sentido y que uno solo de los abrazos que estamos almacenando estos días es razón suficiente para mantenernos firmes en la batalla contra el miedo y la tristeza.
A decir verdad, esta vez las cosas iban bastante encarriladas. Cuando retiras la candidatura al título de mejor padre del mundo, de hijo ideal, de vecino perfecto, marido más fiel o la de mejor amigo del hombre las cosas son más llevaderas. Disminuye la presión cuando los propósitos son más realistas, cuando renuncias expresamente a tratar de volver a tener 25 años, incluso en los días en los que te sientes insultantemente joven; cuando ya no aspiras a llegar a marte en una nave espacial y te conformas con seguir dando una vuelta por la luna de vez en cuando; cuando asumes que no vas a poder atacar al pelotón en plena escalada al Tourmalet, pero mantienes el pulso con la estática del salón para mejorar el tiempo de ayer.
Pero en tiempos de pandemia, los retos cambian y el cuarto domingo en estado de alarma te planteas, por ejemplo, encontrar la manera de volver a asomarte por esta ventana bloguera. Escribir siempre fue una terapia, pero en estas noches de insomnio y pesadilla todos los intentos terminaron estrellándose contra los muros de la tristeza y el miedo.
Seguramente porque resulta imposible transitar con cierto tino por la maraña de sentimientos, propios e inducidos, que nos inundan y nos desbordan. Nos arrastra una catarata de emociones -contenidas o incontenibles- que nos mantiene en estado de congoja permanente.
Y en ese estado, las ideas y las palabras con las que tratamos de contarlo deambulan por cada frase de la misma manera que nuestros cuerpos se mueven como sombras asustadas por las calles desiertas. El miedo lo impregna todo y no hay manera de explicar lo inexplicable, no podemos sofocar los efectos de este mal sueño por más que tratemos de alcanzar el siguiente punto y aparte pensando que doblaremos la esquina y nos toparemos con la algarabía de una plaza repleta de vida.
En estas condiciones tampoco parece probable armar un discurso medianamente coherente. Ni siquiera lo pretendo. Todos hemos tenido miedo y hemos estado tristes muchas veces, pero no habíamos experimentado este miedo colectivo, esta tristeza viral y vital que compartimos ahora. No sabíamos que no somos invencibles aunque estuviéramos convencidos de ello.
El reto dominical consiste en desbrozar esta enorme selva de rabia, incertidumbre e impotencia en la que nos sentimos atrapados para que se abran paso en este paisaje tenebroso la solidaridad y la esperanza.
Para lograrlo, además habrá que dejar a un lado la pandemia de estupidez y mezquindaz que se propaga por tierra, mar y redes, porque desgraciadamente contra ciertas miserias humanas no se me ocurre más vacuna que la indiferencia.
Incluso será necesario asumir un reto dentro del reto: el compromiso de asomarnos por esta ventana el próximo domingo, cuando tengamos más argumentos para aferrarnos a la ilusión y al optimismo. Tal vez entonces podamos proclamar que el aplauso tiene cada tarde más sentido y que uno solo de los abrazos que estamos almacenando estos días es razón suficiente para mantenernos firmes en la batalla contra el miedo y la tristeza.
jueves, 13 de febrero de 2020
14-F, entre razones y excusas
El 14-F ya se dejó caer por aquí otros años. Como en ocasiones precedentes, intuyo que no es la causa sino la excusa. Un motivo tan adecuado o tan absurdo como cualquier otro para volver a un asunto del que en realidad nunca nos vamos.
El amor está en el origen que inspiró la carta a Julia y abrió las puertas de este espacio para el desahogo o la melancolía dosificada. Desde entonces ha sido el tema más recurrente, posiblemente el único permanente. Según el momento, podríamos ponerle a la elección un barniz de sensibilidad romántica o acudir a una explicación mucho más pragmática; el amor como recurso fácil, como maniobra de distracción frente a otros asuntos más mundanos y menos poéticos, de esos que te llevan por terrenos pantanosos en los que corres serio riesgo de ser engullido por las arenas movedizas del qué dirán.
Al fin y al cabo, la temática amorosa es tan explorada y tan extensa como desconocida y desconcertante, tan apasionada como incomprensible. El amor y la forma de expresarlo admite todos los aderezos, según los gustos y costumbres, según los caprichos propios y ajenos, según los dictados del destino o el desatino, según los paisajes interiores o exteriores, según los abismos o espejismos por los que deambulemos.
Tal vez por eso, tampoco hay normas ni recetas que garanticen el acierto con el menú que se sirve el Día de los Enamorados. Es bien sencillo errar, por exceso o por defecto, con la celebración de la jornada, suponiendo que hubiera algo que celebrar. El romanticismo impostado de unos es tan poco recomendable como el afán de otros por marcar distancias con el calendario, el empeño por no hacer la más mínima concesión a Cupido.
El 14 de febrero no debería ser, por si mismo, una razón para manifestar un sentimiento que se supone existe con la misma intensidad e idéntico valor el resto del año, pero tal vez sea un buen pretexto para hacerlo. Y en todo caso no parece muy adecuado que sea la excusa para dejar de hacerlo si acaso surgiera el impulso sincero de manifestar tal cosa, aunque sea un vano intento de compensar los silencios de todos los días que no se dedican -ni dedicamos- a los enamorados.
Tal vez por eso, sin que sirva de precedente ni que pueda tacharse de autoplagio, me permito rescatar una reflexión surgida en estos terrenos blogueros al calor de estas mismas fechas hace dos o tres años: "La cuestión amorosa es tan amplia como la tipología de las relaciones de pareja, sin que necesariamente coincidan ambas circunstancias. El amor, si acaso existiera, debería darnos las claves para manejarnos con cierta destreza, pero la guía práctica -pendiente de elaborar- para sobrevivir a San Valentín tendría que calibrar el tratamiento que a cada caso convenga".
En cualquier caso, y aún sabiendo que volveremos a equivocarnos, conviene perseverar en el intento para no privarnos de un vértigo emocional irresistible, de esas sensaciones que nos recuerdan que estamos vivos mientras transitamos por la finísima línea que separa el éxito del fracaso.
El amor está en el origen que inspiró la carta a Julia y abrió las puertas de este espacio para el desahogo o la melancolía dosificada. Desde entonces ha sido el tema más recurrente, posiblemente el único permanente. Según el momento, podríamos ponerle a la elección un barniz de sensibilidad romántica o acudir a una explicación mucho más pragmática; el amor como recurso fácil, como maniobra de distracción frente a otros asuntos más mundanos y menos poéticos, de esos que te llevan por terrenos pantanosos en los que corres serio riesgo de ser engullido por las arenas movedizas del qué dirán.
Al fin y al cabo, la temática amorosa es tan explorada y tan extensa como desconocida y desconcertante, tan apasionada como incomprensible. El amor y la forma de expresarlo admite todos los aderezos, según los gustos y costumbres, según los caprichos propios y ajenos, según los dictados del destino o el desatino, según los paisajes interiores o exteriores, según los abismos o espejismos por los que deambulemos.
Tal vez por eso, tampoco hay normas ni recetas que garanticen el acierto con el menú que se sirve el Día de los Enamorados. Es bien sencillo errar, por exceso o por defecto, con la celebración de la jornada, suponiendo que hubiera algo que celebrar. El romanticismo impostado de unos es tan poco recomendable como el afán de otros por marcar distancias con el calendario, el empeño por no hacer la más mínima concesión a Cupido.
El 14 de febrero no debería ser, por si mismo, una razón para manifestar un sentimiento que se supone existe con la misma intensidad e idéntico valor el resto del año, pero tal vez sea un buen pretexto para hacerlo. Y en todo caso no parece muy adecuado que sea la excusa para dejar de hacerlo si acaso surgiera el impulso sincero de manifestar tal cosa, aunque sea un vano intento de compensar los silencios de todos los días que no se dedican -ni dedicamos- a los enamorados.
Tal vez por eso, sin que sirva de precedente ni que pueda tacharse de autoplagio, me permito rescatar una reflexión surgida en estos terrenos blogueros al calor de estas mismas fechas hace dos o tres años: "La cuestión amorosa es tan amplia como la tipología de las relaciones de pareja, sin que necesariamente coincidan ambas circunstancias. El amor, si acaso existiera, debería darnos las claves para manejarnos con cierta destreza, pero la guía práctica -pendiente de elaborar- para sobrevivir a San Valentín tendría que calibrar el tratamiento que a cada caso convenga".
En cualquier caso, y aún sabiendo que volveremos a equivocarnos, conviene perseverar en el intento para no privarnos de un vértigo emocional irresistible, de esas sensaciones que nos recuerdan que estamos vivos mientras transitamos por la finísima línea que separa el éxito del fracaso.
lunes, 6 de enero de 2020
Años 20
Si no fuera porque uno es de letras, podría dejarme llevar por la inercia de los números para pensar que acabamos de estrenar un año redondo. Estamos, en efecto, ante una de esas cifras de las que imponen ciclos, de las que nos invitan a ir más allá del resultado que pudiera depararnos la disección de un 2019 al que tenemos aún sobre la mesa de autopsias.
Porque el balance del año recién terminado se adereza esta vez con un caldo que el tiempo va cociendo a fuego lento y, casi sin querer, nos adentramos por ese terreno pantanoso de la memoria selectiva o caprichosa. Pones el pie en 2020 y algún resorte invisible te desplaza hacia atrás en el tiempo para reparar, aunque sea por un momento, en lo diferente que era el mundo en general y nuestro mundo en particular hace 10 años.
Y aunque sea por un momento nos vemos recorriendo ese sendero sinuoso que discurre por acontecimientos que se quedaron marcados en la hoja de ruta, entre las cosas que hemos hecho y las que dejamos de hacer en este tiempo, las idas y venidas, los tropiezos, las remontadas, los fracasos, los sueños cumplidos y los que dejamos a medias; esa senda en la que conviven sombras y luces con los rescoldos de los amores y desamores que se fueron, los que aspiran a quedarse y los que nunca llegaron.
En fin, sin darnos cuenta, nos descubrimos ante el espejo con cara de panoli, hurgando en ese cajón en el que se han ido acumulando recuerdos y nostalgias, como tratando de desentrañar o desenterrar todas esas cosas que caben en una década, las que no caben en una vida entera y otras que apenas duran un segundo pero se quedan archivadas para siempre en algún lugar remoto que se esconde entre el alma y las vísceras.
No sé si me explico. Espero que no.
Los que consumimos una buena ración del siglo XX sabemos, o deberíamos saber, que ya no tenemos edad para andar preocupándonos por la edad que tenemos. Y menos aún para fijarnos en el debate sobre la fecha exacta en la que entramos oficialmente en la nueva década. Proclamo solemnemente inaugurados los años 20, que no es poca cosa teniendo en cuenta que hubo un tiempo en el que nos parecía un horizonte lejano cruzar la frontera del milenio.
El almanaque nos brinda un buen argumento, o al menos una excusa, para no detenernos demasiado esta vez en el catálogo de esos buenos propósitos que ligamos al año en curso recién inaugurado. Pero a la vista de los giros inesperados que el guión nos tenía reservados en estos dos últimos lustros tampoco parece que tenga mucho sentido empeñarnos en colocar un destino fijo en el navegador. Sobre todo, sabiendo como sabemos, de nuestra natural tendencia a salirnos de la ruta marcada, a perdernos de todas todas. En todo caso, si a pesar de todo hemos encontrado la manera de llegar hasta aquí, tal vez no sea un mal punto de partida perseverar en el empeño de seguir haciendo camino.
Porque el balance del año recién terminado se adereza esta vez con un caldo que el tiempo va cociendo a fuego lento y, casi sin querer, nos adentramos por ese terreno pantanoso de la memoria selectiva o caprichosa. Pones el pie en 2020 y algún resorte invisible te desplaza hacia atrás en el tiempo para reparar, aunque sea por un momento, en lo diferente que era el mundo en general y nuestro mundo en particular hace 10 años.
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En fin, sin darnos cuenta, nos descubrimos ante el espejo con cara de panoli, hurgando en ese cajón en el que se han ido acumulando recuerdos y nostalgias, como tratando de desentrañar o desenterrar todas esas cosas que caben en una década, las que no caben en una vida entera y otras que apenas duran un segundo pero se quedan archivadas para siempre en algún lugar remoto que se esconde entre el alma y las vísceras.
No sé si me explico. Espero que no.
Los que consumimos una buena ración del siglo XX sabemos, o deberíamos saber, que ya no tenemos edad para andar preocupándonos por la edad que tenemos. Y menos aún para fijarnos en el debate sobre la fecha exacta en la que entramos oficialmente en la nueva década. Proclamo solemnemente inaugurados los años 20, que no es poca cosa teniendo en cuenta que hubo un tiempo en el que nos parecía un horizonte lejano cruzar la frontera del milenio.
El almanaque nos brinda un buen argumento, o al menos una excusa, para no detenernos demasiado esta vez en el catálogo de esos buenos propósitos que ligamos al año en curso recién inaugurado. Pero a la vista de los giros inesperados que el guión nos tenía reservados en estos dos últimos lustros tampoco parece que tenga mucho sentido empeñarnos en colocar un destino fijo en el navegador. Sobre todo, sabiendo como sabemos, de nuestra natural tendencia a salirnos de la ruta marcada, a perdernos de todas todas. En todo caso, si a pesar de todo hemos encontrado la manera de llegar hasta aquí, tal vez no sea un mal punto de partida perseverar en el empeño de seguir haciendo camino.
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