sábado, 25 de septiembre de 2021

YA NO: un soneto para ir tirando

Dos cuartetos y dos tercetos. Versos endecasílabos, rima asonante... Al poeta que nunca fui siempre le cautivó el soneto, más aún cuando te sumerges en los que escribieron ilustres de la talla de Lope, Lorca o Sabina.
Hace un mes y pico dejé en el cajón esto que surgió a la sombra de esa fecha del calendario en la que la acumulación de cumpleaños nos lanza hacia las reflexiones sobre el tiempo vivido y el que está por llegar. 
A veces ocurre, sin que necesariamente haya motivos especiales que lo justifiquen. Cosas de la edad, supongo. Esa edad que te permite ir desbrozando las malas hierbas, que le dan otro valor a los árboles y que poco a poco nos va liberando de complejos y pudores. Incluso para publicar en el blog las frivolidades y/o arrebatos que pudieran surgir. 
Con permiso.


YA  NO

Ya no soy el que fui ni lo pretendo,
ya no seré lo que no puede ser,
ya no quiero entender lo que no entiendo.
ya no tengo un minuto que perder.
 
Ya no escatimo el precio de un buen vino,
ya no me esconderé tras la ventana,
Ya no cambio destino por camino,
ya no dejo lo de hoy para mañana.
 
Ya no aspiro a cargarme de razón,
ya no acepto lecciones de cualquiera,
ya no pongo barrera al corazón.
 
Ya no compito en ninguna carrera,
ya no concibo vida sin pasión,
ya no soy yo si no es a mi manera.

jueves, 16 de septiembre de 2021

20 años de radio y algunos más

20 segundos de radio pueden ser una eternidad. 20 años de radio pueden pasar en un suspiro. Todo es relativo, incluso el tiempo, por más que sea uno de esos valores que podemos medir con absoluta precisión. Tal vez porque una cosa es medirlo y otra muy diferente controlarlo.  
En mi caso, la radio ha ocupado todos los tiempos que recuerdo. Desde la niñez hasta en el momento que escribo esto. Estaba en el desayuno con 'Los Porretas' y en las meriendas con doña Elena Francis. Mi abuelo me enseñó a guardar silencio para escuchar el 'parte' y antes incluso de asumir que nunca sería futbolista ya empuñaba el boli a modo de micro para cantar los goles al estilo de Héctor del Mar. Dormí con García, desperté con Iñaki y cuando no sabía que existía algo llamado zapping ya iba de un lado a otro del dial en busca de los Herrera, los Herrero o el maestro Luis del Olmo, que fue el gran innovador de los programas matinales y que habría inventado la radio en color de no haberse adelantado el tío de Gila
Mucho antes de intuir que un día podría contar yo mismo lo que pasaba en un Parlamento ya había descubierto que el verdadero Estado de la Nación era un espacio en el que los escaños los ocupaban genios de la altura de Tip y Coll, Mingote o Chumy Chumez;  disfruté con la sabiduría aguda de Doña María, con el seny del Señor Casamajor y con aquel vendaval de humor fresco e inteligente que trajeron los Gomaespuma. La radio es humor, información, fútbol, música, compañía y tantas otras cosas que nos conectan al mundo. Hemos caminado a su lado y nos hemos subido al carro de su capacidad de evolución. Ahora le pedimos a Alexa que nos cambie de emisora y asistimos a la revolución del podcast, pero algunos podemos rememorar otra revolución, la de la FM, que ocurrió hace ya un montón de años.
No se entienda el preámbulo como un canto a la nostalgia de los que estuvieron. Los nombres de ahora ocupan su espacio y mantienen vivo el vínculo. Compartí pupitre con un tal Alsina, mi añorado Esteban Pérez me abrió las puertas de Antena 3 en la calle Comercio y el gran Teo Díaz las de Radio Nacional en el Plaza de San Cristóbal. La radio formaba parte de mi vida mucho antes de imaginar que un día sería una forma de vida. Y desde luego ya estaba en la familia hace 20 años cuando no imaginaba que en Radio Castilla-La Mancha (CMM Radio) encontraría un espacio profesional extraordinario pero también una familia. Estamos de aniversario y procede celebrarlo. 
Hay deudas que no se pueden pagar -ni lo pretendo- con unas pocas líneas en el blog, pero también hay ocasiones que merecen una breve reflexión, un tributo sencillo aunque solo sea para dejar constancia de esas emociones que nos asaltan de vez en cuando y que le dan sentido a casi todo lo demás. 
Algo de eso debe haber -prohibido recurrir a la magia- para entender el efecto que me deja el aniversario de Radio Castilla-La Mancha (CMM) que ahora celebramos. 20 años de radio desde la radio. Inevitable rememorar el vértigo y la emoción de aquellos días de mayo de 2001 en los que apenas intuíamos que éramos partícipes de un acontecimiento histórico. 
Cuatro lustros después sabemos que, en efecto, la radio pública tenía mucho que decir, muchas cosas que contar, que tenía y tiene mucho que aportar. No seré yo el que aproveche el contexto olímpico para otorgar medallas y mucho menos para subirme a un podio que no me pertenece, pero es de justicia proclamar que una parte de lo que es esta Región lo es también por su Radio. Lo es -al menos en parte- porque esta Radio ha contado todos esos episodios de la historia regional que se iba construyendo desde la cercanía, desde el sentimiento de apego a las raíces y a sus gentes. No solo para que las conocieran sino para que las percibieran como propias. 
Pero como este es un blog personal no me resisto a dejarme llevar por esa otra dimensión que esta Radio ha tenido y tiene para este sempiterno aspirante a periodista. Haber hecho de todo en la Radio me lleva a pensar que -con aciertos y errores- seguramente algunas de esas cosas estuvieron bien hechas. Y en todo caso me queda el regusto de lo cotidiano, que en el caso de la radio nunca lo es, de la cita diaria con alguien que siempre está al otro lado.
Pero como no quiero apartarme de ese lado personal, debo aprovechar la ocasión para decir que en estos 20 años algo aprendí de todos los profesionales con los que he coincidido. Si, de todos, sin excepción; incluidos los que me ayudaron a entender lo que no quiero para la Radio. Pero las lecciones más valiosas han sido, sin duda, las que cada día me aportan los que nunca espiran a dar lecciones pero son un ejemplo en la manera de entender y practicar su profesión. Lecciones de radio y vida de los que no precisan ser citados para darse por aludidos por lo que digo.
Alguien me preguntó estos días con qué me quedaba de todo lo contado en estos 20 años. Y entre tantos informativos editados, crónicas, programas especiales, entrevistas y tantas horas de antena, posiblemente el momento más gratificante ocurrió un día cualquiera y a una hora cualquiera cuando en pleno boletín tuve la ocasión de contar una noticia de última hora. Eso es la radio, el momento, justo ese momento en el que tienes la oportunidad de contar algo que está ocurriendo.
20 años no es nada si la canta Gardel, pero no se puede 'volver' al lugar del que nunca te has ido.

viernes, 20 de agosto de 2021

LV: La Vida bajo el influjo del 5

Los del 66 andamos cumpliendo 55 y la cifra me parece una buena excusa para agarrarme a la tradición que me trae por el blog en estas fechas, básicamente con la intención de celebrar que seguimos sumando. Imagino que siempre hay un motivo, o unos cuantos, para tener un número favorito. El fútbol, como en tantas otras cosas, ha tenido una notable influencia en mi elección. Aunque primero sin pretenderlo, porque con el 5 a la espalda jugábamos los centrales de la época. La posición en el campo iba ligada al dorsal con el que saltabas al campo y, por supuesto, del 1 al 11. El 4 era para el ´libre', el 2 era lateral derecho, el 3 lateral izquierdo... El central marcaba al delantero centro, que siempre era el 9, los extremos iban con el 7 y el 11.... En fin, creo que los que vivimos desde dentro aquel fútbol de la regional madrileña de los 80, hemos conservado un cierto respeto por esa disciplina no escrita pero mayoritariamente asumida ligada a los números. 
Eran otros tiempos y otro fútbol. Los centrales no tenían que sacar el balón jugado sino mandarlo lo más lejos posible del área propia. El fútbol del que hablo no admitía demasiadas florituras y desde luego no se esperaban de los centrales, tipos tan duros como los Mikasa con los que se jugaba en los campos de tierra del Cotorruelo, del García de la Mata, Tajamar o El Pozo. Tipos rocosos llamados a hacer el trabajo sucio, dispuestos siempre al cuerpo a cuerpo, capaces de hacerse respetar y hasta de intimidar si llegaba el caso. Los centrales de los que hablo eran esos jugadores que tenían interiorizada una premisa básica: si pasa el balón no pasa el delantero. Pero quiero pensar que aquellos centrales que fuimos compartimos también una idea de sacrificio en favor del beneficio colectivo, del triunfo del equipo por encima del lucimiento personal. Aunque en el fondo todos soñábamos con ese instante de gloria que pocas veces correspondía al central; a todos nos habría gustado hacer el gol de Maceda en la Euro del 84 o el de Pujol en el Mundial de Sudáfrica. Por no citar -que no quiere uno herir sensibilidades- el de Sergio Ramos en el minuto 93 de Lisboa.
Es verdad que luego aparecieron centrales como Sanchís e incorporaron otros matices a la tarea, aunque tuvieron que pasar unos cuantos años para que un tal Zidane le diera una dimensión galáctica a ese dorsal. Y luego está el 5 argentino, que fue Redondo y que ahora es Busquets. Pero me refiero al otro, al genuino, al 5 de Goyo Benito. GoikoArteche o Super López.
El 5 nos eligió porque era el número que le tocaba al central, pero su influjo permaneció. Hace ya unos cuantos años -cuando aún teníamos edad para jugar en la Liga de Veteranos de Fútbol Sala- fue el elegido -sin dudarlo- para defender los colores del mejor equipo en el que uno podría haber soñado jugar, el de Radio Castilla-La Mancha. Un equipazo. 
No debería contarlo y sin embargo -que dijo el maestro Sabina- la otra circunstancia que me unió afectivamente al 5 fueron las notas, el expediente académico, . El 5 es el número que delimita la frontera entre el suspenso y el aprobado. Al igual que en el fútbol, en el terreno de juego de las aulas, el estudiante que fui tampoco daba para muchas florituras y el 5 (incluido el raspado) marcaba la diferencia entre el fracaso y el alivio, entre el verano de vacaciones o el verano de sacrificio. 
A estas alturas supongo que ya se pueden hacer ciertas confesiones, incluida esta que no deja precisamente en buen lugar el afán de superación o cualquier cualidad que pudiera acercarme a la excelencia estudiantil. Festejar el 5 en un examen no es precisamente una actitud ejemplar, pero de alguna manera te permite disfrutar mucho más cualquier nota que esté por encima del aprobado. Llevado a otro terreno, estaríamos en la eterna pugna entre el conformismo y la ambición; difíciles de medir e imposible administrar en su justa medida.
En fin, que lo dicho no es más que un adorno, un envoltorio que no le da más ni menos valor a lo que realmente importa, que seguimos cumpliendo y los 55 (LV) nos traerán, como cualquier otra edad, caricias y arañazos. Tampoco para esta etapa tenemos libro de instrucciones que nos garantice un buen manejo de este maravilloso regalo que es la vida (LV) entre otras cosas porque ya nos ha demostrado con creces su capacidad para sorprendernos, para escribir un giro inesperado en el guion y colocarnos en otro escenario. 
A estas alturas ya sabemos que no se ganan los partidos si nos dedicamos únicamente a dar patadas, pero que hay que saber defender el resultado para no perderlos. Y que en el amor no podemos conformarnos con el aprobado, hay que echar el resto para alcanzar el sobresaliente.
En todo caso, si para algo nos vale esta notable cantidad de experiencia acumulada es para saber que tenemos que aplicarnos en la tarea de sacarle todo el partido que podamos al tiempo que estemos por aquí.  El reto es vivir o, por lo menos, intentarlo. En ello estamos. 


miércoles, 16 de junio de 2021

Del Brujo

Hace ya unos días que pasó por Toledo y yo tenía algunas notas que me permito compartir. Ya me pareció deslumbrante cuando fue Búfalo, un personaje al que ni siquiera Paco Rabal eclipsaba totalmente. Rafael Álvarez, el Brujo, daba vida a un limpiabotas que ejercía de ángel de la guarda del maestro 'Juncal' en una de esas series de culto (1984) a la que todos deberíamos volver alguna vez. 
Incluso con una memoria como la mía, aún hoy podría elaborar una breve reseña con el argumento de aquella historia entrañable. Sin embargo, sales del Auditorio El Greco y resulta mucho más complicado explicar lo que ocurre en la hora y media que El Brujo emplea para poner en escena 'Dos tablas y una pasión'
elbrujo.es
Ni siquiera parece procedente recurrir al tópico para hablar de teatro en estado puro, porque lo suyo es otra cosa. Y tampoco podemos dar por buena su propia definición, aunque en varios momentos de la obra proclame que ese espectáculo al que estamos asistiendo es 'teatro moderno'. Demasiado abstracto o demasiado sencillo para quedarnos sin más con la explicación aunque lo proponga el mismísimo protagonista. 
Lo bueno del caso es que tampoco se hace imprescindible clasificar o definir ese despliegue de ingenio. El Brujo es, sin duda, un personaje singular, seguramente único y hasta insólito. Y lo suyo -por decirlo de alguna manera- es una explosión de genialidad delirante, pero sobre todo de genialidad. Solo así se entiende que ese tipo -al que han confundido con Einstein o Punset- sea capaz de transitar entre  siglos cual ágil saltimbanqui, con piruetas dialécticas de ida y vuelta para propiciar el encuentro con Santa Teresa o Cospedal, para evocar o provocar a Cervantes, a don Quijote o García-Page, para recitar a Calderón, desenmascarar a Shakespeare o proclamar su simonitis una vez que Fernando Simón empezó a hacer algún paréntesis en su presencia permanente en pantalla. 
El Brujo puede deambular -sin darse importancia- entre el barroco y lo que ha sucedido esta misma mañana con la sabiduría pícara del Lazarillo, descarnadamente sutil en sus reflexiones, con la dosis justa de acidez y con un sentido del humor afinado y atinado. Sublime, sin más. 
Ni me veo capaz de hacerlo ni parece oportuno meterse en sesudas disquisiciones sobre una obra de teatro como esta. No difiere mucho, ni falta que hace, de otras que han surgido de su desbordante creatividad, barnizada por la convulsión -propia y ajena- que ha dejado en el mundo este tiempo de pandemia, miedos y confinamiento. Tampoco es relevante. El Brujo puede perder el hilo o inventarse uno nuevo sobre la marcha. Y no importa si la improvisación es cierta o está meticulosamente preparada, el relato mantiene todo el encanto más allá de una coherencia que solo se explica por el influjo de ese teatro que destila ese tipo de los pelos alborotados que se mueve por el escenario como si jamás hubiera pisado cualquier otro lugar del mundo que no estuviera detrás de un telón. 
El teatro del Brujo es Teatro, con mayúsculas. En el Siglo de Oro y durante mucho tiempo se acuñó y se aplicó asiduamente una especie de sello de calidad. 'Es de Lope' se decía para distinguir a las mejores obras teatrales, aunque con el tiempo terminó extendiéndose a otras manifestaciones artísticas o culturales; cualquier espectáculo brillante pasó a entrar el en catálogo de algo bien hecho, a la altura de Lope de Vega, aunque nada tuviera que ver su creación o ejecución. Tal vez, con el tiempo, cuando salgamos una noche del teatro con una sensación similar a la que nos dejó Dos tablas y una pasión, tendremos que decir que la obra 'es del Brujo', aunque solo sea para rememorar esa hora y media de delirante genialidad con la que un día del mes de mayo de 2021 nos deslumbró en un escenario de Toledo un tal Rafael Álvarez.

viernes, 30 de abril de 2021

Nada

Nada, de Carmen Laforet, fue una de aquellas primeras novelas de juventud a las que te acercas por obligación y acaba convirtiéndose en uno de los motivos que te llevan a leer por devoción. Volvió a mis manos por casualidad hace unos días y creo que volveré a leerla, aunque nunca sabes si el reencuentro removerá o enturbiará el poso que dejó aquella obra en mi yo adolescente. Habrá que asumir el riesgo. 
Salvo que la relectura dicte otra cosa, guardo el recuerdo de la sencillez narrativa de una escritora muy joven. Con el tiempo valoras más las cosas sencillas y también el talento de los que saben contarlas. 
El título también era un buen escaparate para el relato de una realidad en la que aparentemente no ocurría 'nada' relevante, aunque en el fondo la historia tenía una fuerza enorme y era también el retrato de la resignación con la que se asumía la vida cotidiana en aquella España sombría de posguerra.  
En todo caso, la cuestión no es esa. El título de la novela es solo una excusa para transitar hacia una idea, seguramente ingenua, basada en una especie de anhelo por los 'días en blanco'. O dicho de otra manera, por el vano intento de emprender una rebelión contra la dictadura del acontecimiento. La sucesión de tareas -las que tenemos de verdad y las otras- ocupan nuestro tiempo, invaden el territorio de los tiempos muertos y hasta se cuelan en los sueños. 

Asumo sin complejos que incumpliré cualquier propósito que me plantee al respecto, pero reconozcamos que no estaría tan mal un día para no hacer nada, en el buen sentido de la expresión. Estaría bien -supongo- un día en el que nos dediquemos solamente a pasar el día. Un día para aprender a disfrutar del aburrimiento, para bostezar a pulmón abierto, para sacar a la pereza de la lista de pecados capitales. Un día para destrozar el sofá sin compasión y, a ser posible, con la complicidad de esa persona con la que no solo te apetece hacer planes sino también borrarlos de la agenda.
Un día que no pase a la historia, que no nos deje motivos grandiosos para recordarlo toda la vida ni razones para tratar de olvidarlo. Un día sin nada que explicar y sin explicaciones que pedir. Un día sin decisiones vitales que tomar, en el que lo más importante sea elegir entre el blanco o el tinto.
Un día de esos que nunca se dan, salvo que un día se demuestre lo contrario. Sin actividades extraescolares ni una final de la Champions que nos ponga de los nervios. Un día del que no esperemos nada y en el que el mundo no espere nada de nosotros. Un día sin fuegos de artificio y en el que -incluso si el enemigo se pone a tiro- solo disparemos balas de fogueo. Un día sin una ínsula que gobernar, sin ejercer de héroe o de villano, sin una escoba que vender ni una cana que echar al aire. 
Un día sin nada que escribir en el blog ni paisajes bucólicos que exhibir en instagram.
Un día sin nada que decir, de esos que no nos dicen nada. 
Un día sin coronas ni cadenas
Un día para no tener envidia de los que nunca hacen nada. 
Un día de esos que pasan sin pena ni gloria y tampoco pasa nada.

  

viernes, 2 de abril de 2021

Contarlo para vivir

Punto y aparte. Pasamos al párrafo siguiente y nos adentramos en un nuevo capítulo de esta historia basada en hechos supuestamente reales. Se fue marzo con la estela de recuerdos que nos devuelven al punto de partida de este episodio vital que aún cuesta creer. Pero sí, parece que podemos dar por cierto que seguimos en ruta, que no es poca cosa teniendo en cuenta que la vida se empeña en recordarnos que corremos el riesgo de derrapar en cada curva sin que necesariamente sea consecuencia del exceso de velocidad o de una conducción temeraria. 
Vivimos para contarlo, mientras nos se demuestro lo contrario. Y no se me ocurre mejor motivo para hacerle caso a una amiga que me dice que tenemos que seguir escribiendo. Entiendo que para ella también ha tenido algo de terapéutico en un momento especialmente dramático. 
Amanecer, Olías del Rey
Nunca he tenido muy claro si escribimos por placer o por necesidad. Tanto da. Tampoco puedo afirmar que esto de escribir sea una búsqueda, al menos no podría explicar qué pretende uno encontrar en el proceso. Parece claro, en todo caso, que es una fórmula -imperfecta desde luego- para expresar emociones o para camuflarlas, según el caso, aunque eso implica ponerlas al alcance de cualquiera y dejarlas al albur de su entendimiento o sensibilidad que posiblemente poco tiene que ver con la que uno trataba transmitir. 
Es posible que sea solo un pasatiempo, un puzzle o un tetris en el que movemos y giramos las piezas para tratar de encajar unas con otras. Escribir es un juego, de palabras por supuesto, que nos reta a experimentar con ellas, a convertirlas en besos o en puñales, en caricias o arañazos, en destellos, sombras, blancos, grises... Buscamos acomodo para las palabras en un crucigrama, en la estrofa de una canción, en un verso suelto, en un pliego de descargo, en una carta de amor... 
Escribimos porque un día tropezamos con una frase y arrancamos con ella una sonrisa o una lágrima. Escribimos porque le hemos cogido el gusto a esto de retorcer renglones sin tener que dar cuenta de ello a nadie. Escribimos porque el blog nos llama de cuando en vez y es posible que algún día incluso se nos ocurra algo nuevo que aportar. Mientras tanto seguimos en la rotonda, dándole vueltas al mismo asunto sin que tenga mayor sentido encontrar la salida adecuada. 
Escribimos porque no queremos perder el hilo del relato o porque tal vez, si perseveramos en el intento, es posible que lo encontremos por fin algún día. Escribimos porque toca, porque siempre sale el sol y en Viernes Santo reina la pasión. Escribimos para contarlo. O tal vez sea -amiga Alicia- que lo contamos para vivir, para sentirnos vivos.

domingo, 14 de febrero de 2021

14-F, ese dilema

San Valentín se nos viene encima, ajeno a pandemias y dispuesto a desafiar a los temporales que el amor desencadena. Y aunque el origen de este blog fuera una carta de amor, surge una vez más el dilema. Nunca sabes si procede o no dejarse caer por un recurso temático que, en buena medida, puede devenir en campo de minas, a base de deambular entre palabras y expresiones capaces de hacer saltar por los aires el discurso más sentido. 
Es evidente, además, que poco o nada puede uno aportar a la cuestión amorosa, al menos desde el punto de vista teórico. O visto de otra manera, lo que uno pudiera decir sobre el amor ya está dicho y seguro que con más tino, 
Pero también dijo Aute que todas las canciones hablan del amor y parece inevitable dejarse arrastrar una vez más por ese influjo del 14 F que nos invita a celebrar o a ignorar -según el caso- tan simbólica fecha. Ni supimos ni queremos resistirnos -al menos no del todo- a dejar que aflore ese lado 'moña' que llevamos dentro, aún a riesgo de volver a lugares comunes, a evocaciones que ya surgieron por estas fechas y en estas tierras de presunta fertilidad creativa vinculada a los caprichos del tal Cupido. 
San Valentín no puede ser la excusa para volver a ocuparnos del amor, pero tampoco debiera convertirse en el pretexto para dejar de hacerlo. Al fin y al cabo estas licencias blogueras solo son una maniobra de distracción, un brindis al sol y a la luna llena, un postureo inocente para emociones confinadas, un marcapasos literario para corazones inquietos. 
Lo que cuenta -también en San Valentín- es lo que nunca diremos, lo que solo se entiende en ese lenguaje de la complicidad compartida, esa frase que queda escrita para siempre en un susurro.